Fue un domingo de primavera, y yo tenía esa edad incierta que en los varones son los 15 años. Mi hermano me propuso ir a la cancha y yo dudé. No era habitual que dudase. Ir a la cancha me apasionaba, como hoy me sigue apasionando. Pero el partido era especial. Jugaban River Plate e Independiente, en el Monumental de Núñez. Y mi hermano se ofrecía a llevarme como hincha de River que era. Pero para mí era un dilema doliente, porque yo era... ¿qué era?

A esa altura de mi vida yo no sabía lo que era. Hacía cinco años que íbamos con mi hermano a ver a River, su cuadro. Un River que salía campeón, un River que daba vueltas olímpicas. Y de tanto ver a River me sabía los cantitos y las formaciones. Gritaba sus goles. Me alegraba cuando perdía Boca Juniors.

Pero Independiente me quedaba todavía ahí, como un carbón frío atravesado en la garganta. Porque yo había sido de Independiente. Mucho de Independiente. Todo de Independiente. Como me había enseñado mi padre. Durante años me habían acunado sus gritos y sus Copas. Hasta que el 78 se los había llevado, a papá, a mi infancia, a mi equipo, en un vendaval que me había dejado el alma hecha un páramo. Era como si papá e Independiente se hubieran ido juntos bajo tierra. O al cielo, bueno, como decían los grandes para que no llorara. Ahí empezó mi hermano y River, todas las semanas, con todos sus goles y todas sus fiestas. Y yo, solo, a la deriva, perdí el rastro de para dónde quedaba Avellaneda.

A mi hermano le dije que sí, y allá nos fuimos. Y como si fuese una sentencia irrevocable, como si se tratara de un destino sin fisuras que me susurraba "hiciste bien", River se puso en ventaja, frente a un Independiente que no jugaba a nada. Pero cuando los hinchas de River gritaron el gol yo me quedé parado y quieto. Me había puesto triste.

De repente se nubló con unos nubarrones gruesos como montañas. Al rato empezaron los truenos, y antes de que terminase el primer tiempo caía un diluvio descomunal. A mi alrededor los hinchas de River buscaban refugio en los accesos techados, y mi hermano me llevó a la rastra. El resto del primer tiempo no quise ni mirarlo. Después del descanso los controles abrieron los accesos a la platea lateral, y mi hermano me llevó para ese lado.

Creo que fue ahí donde empezó. Me asomé a la platea desierta y miré a mi izquierda. La popular de River había quedado vacía, porque la hinchada se había acomodado un piso más abajo, en la platea techada. Miré a mi derecha. Los hinchas de Independiente se habían quedado bajo el aguacero, y gritaban y saltaban como si nada. Ni siquiera habían guardado los bombos. Miré hacia arriba. El cielo se cruzaba de relámpagos, y los truenos sonaban como cañonazos. Salí del resguardo del acceso.

Mi hermano me llamó, pero ya no podía darme vuelta. Empecé a bajar los escalones de la platea deshabitada. Me saqué un buzo empapado. Recién entonces miré la remera que tenía puesta. Tal vez porque sí, o tal vez porque nada, o tal vez porque todo, era roja. Me la saqué. Estaba aterido de frío y de otra cosa que no sé que era, pero que no era frío. Apreté la remera en un puño. Era vieja. Estaba descolorida. Pero así mojada se veía hermosa. Roja como la sangre. La levanté sobre la cabeza y la empecé a girar como un molino. Moví las piernas. Miré a mi alrededor. Estaba solo en una extensión de quinientas plateas blancas. Pero allá, empapados bajo el aguacero, estaban los hinchas de Independiente. Y saltaban. Y yo también saltaba. Y con cada salto volvía un paso y otro paso a mi lugar, a mi casa, a ese rojo sangre del trapo y la bandera.

No fue el único milagro de esa tarde. Porque en un córner saltó solo Claudio Marangoni y lo empató. Abajo, de sobrepique, a la izquierda del arquero. Y al ratito... al ratito la agarró Jorge Burruchaga. En tres cuartos de cancha, apenas a la izquierda. Adelantó un poco una bola que así, empapada, debía pesar como una piedra. Se agazapó como seguro que hace el diablo cuando acecha un alma perdida. El título de El Gráfico dijo, el martes por la noche: "Burruchaga tiró un misil". Yo juro que fue así. Un misil que se metió en el ángulo izquierdo de un arquero que no habría llegado ni aunque le hubieran avisado la semana anterior mediante carta certificada.

Han pasado más de 25 años. Pero si cierro los ojos vuelvo a ver las gotitas de agua que se soltaron de la red cuando las sacudió el bombazo de Burruchaga. Esas gotitas cayendo al pasto. Y mis gritos hasta quedarme mudo. Y yo para siempre en mi sitio. Más allá de las fáciles tentaciones de los hermanos grandes y los equipos infalibles. Para siempre Rojo. Para siempre Independiente.

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