Podría haber sido él por la túnica que llevaba, por las sandalias a pesar del frío, por el pelo sobre los hombros, la barba, pero sobre todo, por su actitud indiferente ante las miradas curiosas de quienes pensaron, pensamos, que se trataba de un loco más. De no haber perdido yo mi fe hace ya mucho tiempo, hubiera dudado y tal vez me habría acercado, con respeto, y pensando en el tan anunciado momento de su resurrección me habría hincado ante él y, como buen colombiano, le hubiera pedido un favor.

O de no haber hecho todo esto, al menos le habría comprado la vitrola.

Un tiempo después, unas dos o tres veces más, me pareció haber visto a ese Jesucristo, o tal vez a otro, bajarse de un bus en la avenida Séptima o caminar bajo la lluvia, y sin paraguas, en una de las trescientas sesenta y cuatro tardes que llueve al año en Bogotá.

Ahora, un sábado por la mañana, voy a visitarlo en un laberinto del sur de la ciudad, a un lugar donde el tiempo se bifurca y retrocede más de dos mil años en la historia de la humanidad. Otra parte del tiempo se queda conmigo, frente a un letrero multicolor, donde leo, pasmado: "Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal". En la puerta amplia y abierta me encuentro al de la vitrola, al del bus o al de la lluvia bogotana. Da igual si es uno o son tres porque adentro hay más, todos como él, como el Jesucristo que nos pintaron desde la niñez, aunque yo nunca pude imaginarme a un Jesucristo sonriente y de brazos abiertos, amable y prudente como este que me invita a seguir, a pesar de haber visto, muy seguramente, al diablo que baila dentro de mí. Caigo en cuenta de cerrar la boca para entrar con aparente naturalidad.

Entre cantos y olor a palosanto, cruzo un garaje que han convertido en capilla, lleno de hombres, mujeres y niños. Son como cincuenta, o tal vez un poco más. Los hombres, iguales al que me recibió, a los que ya he mencionado tanto y no quisiera volver a nombrar; ellas, como dicen que eran las mujeres en la época de Jesús. Así se habrán vestido María, Ana, Magdalena, con esas túnicas y mantos, sus caras de pieles pálidas como las que pintaba Leonardo y las miradas puestas en un punto que no admite exactitud. Y los niños, palmotean y cantan, con vestiditos largos, rosa y azul, como el del Divino Niño, como tendría que haberse vestido para una fiesta el Niño Jesús.

Pero mi paso por esa sala es rápido, sigo al guía sin preguntarle a dónde me lleva. Yo habría querido que el monstruo que me posee me hubiera prestado al menos cien de sus mil ojos para ver lo que sucedía a mi alrededor, pero más tarde iba a regresar. Más tarde, porque por un instante un destello místico me encandila: ¿A dónde me lleva mi guía , ¿qué es esa luz al final del corredor , ¿quién es el señor con el que voy a verme
, ¿por qué es tan denso el aire que respiro? Paso junto a una pequeña cocina donde varias Marías, Anas, Magdalenas, tal vez Saras, preparan algo que me huele a esos potajes con los que se "alimentan" los vegetarianos. Mi nariz se arruga; está acostumbrada al delicioso aroma que revienta del aceite cuando se le arroja una empanada o un chicharrón, pero las palabras de mi guía desvanecen ese olor a crudo y con la amabilidad de siempre, abre una puerta.

Lo que veo es como La última cena, de Leonardo, pero en Latinoamérica, en un cuarto, sin ventanas, de dos por dos, con un computador prendido y un ventilador ensordecedor. Un hombre de unos treinta y tres años me habla desde la esquina, saluda cordial, ofrece sillas, ordena apagar el ventilador porque el ruido estorba para oír y hablar. No tiene acento colombiano, pero tiene autoridad en la voz. ¿Tendré que describirlo una vez más? Viste túnica, tiene el pelo muy largo, la barba también, sandalias pero con medias, igual a mi guía, igual a los que dejé afuera, solo que él tiene aspecto de jefe, de líder, de pastor; además, a cada lado lo acompaña un grupo de hombres, sentados como quien espera pacientemente un turno, como si fueran los doce apóstoles esperando a que su maestro les reparta el pan. Y entre ellos, para alegría de Dan Brown, hay una mujer.

Parece rescatada de la Antigüedad, o hecha de cera, pero se mueve para mostrar que vive. Luego vuelve a su milenaria quietud. Los otros hombres también permanecen callados, y sólo habla el del centro, con acento peruano. Habla en nombre de la Congregación Israelita, a la que pertenecen, efectivamente fundada en Perú, por el maestro Ezequiel. Me lo señala en una foto en la pared. Yo veo a un barbudo más, solo que más viejo y canoso, pero sus méritos habrá tenido para que lo sigan, desde 1968, más de veinte mil, según dicen. Pero, ¿son judíos, entonces? No, no lo son, el del medio me dice que son israelitas por adopción. Y entonces, ¿son circuncidados? Sí y no, el del medio me dice que solo son circuncidados de espíritu, y yo asumo que allá abajo todo sigue intacto. En Colombia existen desde 1989, tienen reconocimiento jurídico, su congregación está dividida en dos cuerpos, uno administrativo y otro eclesiástico, pero no se ponen de acuerdo para decir cuántos como ellos hay en el país. Que mil, que dos mil, que tres, llegan a calcular seis mil, están carnetizados, pero tampoco hay acuerdo sobre el número de carnés.

A estas alturas yo todavía no entiendo muy bien por qué emulan a Cristo en su vestir, en sus barbas y en el pelo, entonces me explican que el mismo Cristo fue posterior a sus costumbres porque ellos, la Congregación, se guía por los textos del Antiguo Testamento, más viejos que el mismo Moisés. Y estas costumbres van más allá de las túnicas y las melenas, porque en el aspecto religioso todo lo que practican es tomado, al pie de la letra, de la palabra de Dios manifiesta en las Sagradas Escrituras. Pero, ¿no es eso, o algo parecido, lo que predica la Iglesia católica, apostólica y romana? ¡No!, y hasta los que habían permanecido callados hablan para marcar, con indignación, sus diferencias con la iglesia de Roma. Que esos cambiaron las reglas, que esos abusan económicamente de los feligreses, que dónde se ha visto un cura pobre, que no siguen las Escrituras, que se inventaron el cuento de la Navidad, que se han inventado santos y santas y beatos y papas y locos para adorar, cuando los Mandamientos lo tienen muy claro: adorarás solo a tu Dios, nada de cultos a imágenes, que para eso bajó Moisés iracundo, a acabar con cuanta figurita estuvieran idolatrando los de aquí abajo. Resumiendo: para la Congregación no hay santos ni estampas, ni niños milagrosos, ni apariciones en las paredes húmedas de los barrios pobres. Solo existe Dios, y, si acaso, su hijo. Y ¿la Virgen? Que la respetan y nada más. El líder insiste: es que lo cambiaron todo, y comienza a citar de memoria a Zacarías, a Jeremías, a Deuteronomio, a Malaquías, versículo a versículo, para mostrar que Dios dijo cosas muy diferentes, entre ellas, que los sacerdotes sí se pueden casar, pues la continencia es un don exclusivo de Dios, que el día de descanso no es el domingo sino el sábado, y por eso la Congregación se toma ese día para estar con su Dios, y también se casan como cualquier mortal que tenga instintos, sentido común y buen gusto.

Poco a poco voy quedando atrapado en los tiempos bíblicos. Además, me parece que deben prender otra vez el ventilador. Solamente entra aire por debajo de la puerta, impregnado a palosanto, y tanta túnica en el cuarto aumenta la sensación de sofoco. Ah, ¿y las túnicas? Con un versículo, el líder me señala que fue un invento del mismo Dios para vestir a los hombres y las mujeres. Es verdad, me lo muestra, ahí está escrito. Y ¿el pelo? Con otro versículo me confirma otra orden de Dios: quien lo siga no debe pasar navaja ni tijeras por la barba o por el pelo. Ahí también está escrito. Pero, ¿se visten así todos los días? No, solo los sábados. Y ¿el que yo vi vendiendo la vitrola? Si alguno quiere ponerse la túnica todos los días lo puede hacer. O a lo mejor era sábado el día en que lo vi. En eso pienso cuando ocurre un pequeño milagro: la puerta se abre y entran dos mujeres ofreciendo jugo de maracuyá.

No me tomo el jugo sino un poquito de aire, para preguntar: ¿qué más hay escrito? Uno de los que no había hablado me cuenta de las ofrendas y cita el Pentecostés para hablarme de los días santos del sacrificio. Tienen, a varias horas de Bogotá, una sede en la montaña donde sacrifican animales: cabras, corderos, becerros. Y el animalito se prepara así: se unge con aceite de oliva, se degüella, se desangra, se le quita el pelo, se le sacan los intestinos, se adereza, se le echa sal y más aceite de oliva y se lleva al altar de leña donde el fuego lo consume hasta quedar calcinado. La descripción, la falta de aire y la pestilencia del palosanto hacen que el estómago me reclame. ¿No se los comen? No, entre coros y salmos esperan que el fuego los vuelva cenizas para que se cumpla el holocausto.

Afuera, en el garaje, no paran de cantar. Cantan al son de una guitarra eléctrica, un sintetizador y panderetas. Seguramente los usan porque en las Escrituras no hay alusión alguna a la orquestación. Pero antes, ¿dijo holocausto? Sí, también está escrito. Echando números, cada dos mil años ha habido un juicio de Dios, en el que Él se ha cargado a buena parte de la humanidad. De Adán a Noé pasaron dos mil años, y de Noé a Loth otros dos mil. Las cuentas dan, entonces, para que ahora, por estas fechas, vuelva Dios con su furia y acabe con todo. El líder me aclara que con todo no, que el juicio que viene será el tercero y hay una posibilidad de salvación. Se salvarán los que cumplan la ley de Dios. Hay, entonces, una oportunidad para arrepentirse porque en el cuarto juicio Dios no va a tener compasión. La oportunidad es ahora. O nunca. Afuera cantan felices los que se van a salvar. La única mujer en el cuarto por fin habla, y con una voz que no corresponde a su apariencia celestial, me dice: "La conciencia acusa". Yo me siento descubierto, ella ve que en el próximo holocausto yo no me voy a salvar, que la pereza y otros pecados habitan en mí. Tal vez tiene razón, pero si mi mano tiembla ligeramente, si sudo, palidezco o respiro con dificultad, no es por culpa de mis deslices ni por miedo al Juicio Final. Simplemente, mi alma y mi cuerpo piden a gritos que prendan, de una vez por todas, ese puto ventilador.

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