La tumba de un hombre es un buen punto de partida. La del gran periodista Al Aronowitz, en Elizabeth, Nueva Jersey, cerrada frente a sus tres hijos el pasado lunes 1° de agosto de este 2005, tiene que ser, por lo menos, el origen de cinco verdades: la biografía de cualquier hombre es una montaña rusa, no siempre al más talentoso le va mejor en la vida, debemos confiar en aquellos a quienes los poderosos de turno no les pasan al teléfono, tenemos la responsabilidad de criticar (así nos marginen, así sonemos fuera de lugar) los peligrosos deslices de nuestras sociedades, y escribir es sobre todo una terapia, una manera de fingir que podemos atrapar la experiencia de vivir en el mundo. ¿A qué viene todo esto? A que la prensa no ha dejado pasar de largo la muerte de Aronowitz, no, incluso ha reseñado con admiración su carrera accidentada, pero yo, por culpa de algunos e-mails que me crucé con él durante un tiempo, llevo varias semanas sintiendo que debo hacerle este homenaje.
Se llamaba Alfred Gilbert Aronowitz. Nació el domingo 20 de mayo de 1928 en Bordentown, Nueva Jersey, en una casa habitada por tres hermanas maternales. Creció bajo los gritos contenidos de dos padres que en verdad lo querían. Y quiso ser escritor para ser idéntico a su mejor amigo del colegio. Desde que se graduó cum laude de la Escuela Rutgers de Periodismo, en 1950, se descubrió felizmente atrapado en el oficio del reportero. Y antes de convertirse en el primer gran cronista del rock, autor de importantes textos para el New York Post, editó periódicos locales, redactó secciones deportivas, cubrió reinados de belleza y reveló noticias policiales de última hora. A finales de los cincuentas, gracias a una serie de doce artículos sobre Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs (fue amigo personal de los dos primeros), se hizo conocido en los frágiles círculos intelectuales como el brazo periodístico, el hombre invisible del movimiento beat.
Dijo alguna vez: "Los sesentas no habrían sido lo mismo sin mí". Y no solo se refería al día de 1964 en el que, junto con Bob Dylan, les enseñó a los Beatles a fumar marihuana. Quería decir que sus artículos brillantes, sus consejos oportunos, sus gestiones amistosas algo tuvieron que ver con las carreras de gente como Mick Jagger, Jimi Hendrix o Janis Joplin. Jamás tuvo dinero. Nunca negó que desde que murió su esposa, en 1972, perdió la cordura, se dejó llevar por el atajo de la cocaína, se fue detrás de las mujeres equivocadas. Pero, convencido de que su verdadera desgracia fueron los egos ajenos, en uno de los e-mails que me respondió (eran mensajes de diez párrafos: escribir lo salvaba de sí mismo) se definió como "un hombre sentenciado a 30 años de cárcel por un crimen que no cometió": un viejo en crisis al que los editores, los colegas y los amigos le dieron la espalda cuando se dieron cuenta de que se llevaba todos los créditos.
La envidia de los otros estuvo a punto de matarlo. El cáncer lo persiguió desde el hígado hasta la garganta. Pero, a mediados de los noventas, una operación a corazón abierto, la llegada redentora de internet (en donde hasta mayo publicó en su propio website lo que le dio la gana, sin censuras ni editores) y la seguridad de que da lo mismo si nos leen dos o mil personas, le dieron diez años más de vida. Pasó de ser el malogrado padre del periodismo en primera persona, a ser el más eminente nombre de esa lista negra en la que terminan quienes son siempre fieles a sí mismos. Dios quiera que haya muerto en paz. Pues, aunque su generación lo haya enterrado vivo, aunque aún no estudien su obra en las universidades, en un tiempo quedará claro que no se calló las verdades que los demás callaron. Y muy pronto, en su tumba, dejará de ser aquel hombre invisible.

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