Aleida Moreno les ha entregado lápices y hojas en blanco a los muchachos, para que representen, a través de dibujos sucesivos, su pasado, su presente y su futuro. Varios de los primeros bocetos que hicieron los improvisados pintores contienen armas: sierras eléctricas, fusiles, granadas. Los segundos coinciden en la presencia de la familia: niños, mujeres embarazadas, reuniones de cumpleaños. La interpretación del porvenir —en la cual están sumergidos en este momento— también revela ciertos elementos comunes: algunos jóvenes se ven a sí mismos como policías de tránsito; otros, como técnicos de computadores; los de más allá, como dueños de sus propias granjas.

Mientras deambula por los angostos corredores que hay entre los dibujantes, Aleida Moreno permanece en silencio. A veces encorva su cuerpo de un metro con ochenta y cinco centímetros para apreciar mejor los bosquejos. Pero en seguida reanuda su caminata por el salón, con su cadencia felina. Arquea las cejas, toma notas en una pequeña libreta. De repente se detiene en seco frente a una silla y le arrebata la hoja de las manos a uno de los muchachos.

—¡Esta es la actitud que necesitamos! —exclama, levantando el papel para que los demás lo vean mejor. En el centro de la página, debajo de un sol de trazos rústicos, hay dos niñas sonrientes jugando a la golosa.

Aleida opina que al grupo le favorece contar con participantes como John Jáiler Mena, que se imaginan un futuro en el cual aparece el sol. Esta tarde, a propósito, el sol de Quibdó pareciera exhalar candela viva. Se estima que la temperatura es de unos treinta y nueve grados centígrados a la sombra.

Estos jóvenes, que en promedio tienen entre veinticinco y treinta años, son ex militantes de la guerrilla de las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y de los grupos ilegales de extrema derecha (Autodefensas Unidas de Colombia). Aleida Moreno es una de las doscientas catorce tutoras —psicólogas o trabajadoras sociales— nombradas por el gobierno, a través de la Alta Consejería para la Reintegración, con el fin de acompañar el proceso de reinserción de los desmovilizados a la sociedad civil.

Su trabajo consiste en supervisar la evolución de los trescientos ochenta y dos excombatientes del departamento del Chocó. Ella los incita a capacitarse para el empleo lícito, les insiste en la necesidad de aprender cultura ciudadana, los ayuda a subsanar las secuelas psicológicas de la guerra y los instruye en el respeto de las leyes. Además, los visita en sus casas para saber cómo se portan en el ámbito familiar: entrevista a sus parientes, inspecciona sus alcobas, habla con sus vecinos. Y está pendiente de que cada uno de ellos invierta de la mejor manera posible los trescientos cincuenta y ocho mil pesos que les concede el gobierno todos los meses, como recompensa por haber abandonado las armas.

La reunión transcurre en el caluroso edificio donde funciona la oficina de Aleida, en pleno centro de Quibdó. Los dieciocho desmovilizados que han venido esta tarde de sábado se encuentran apretujados en un estrecho salón con vista hacia la calle. Algunos se abanican con sus cachuchas o con hojas de cuaderno. Un chico que está recostado contra la puerta —camisa abierta en el pecho y crucifijo enorme colgado en el cuello— afirma que el bochorno es presagio de lluvia.

Aleida invita a los muchachos a desarrollar habilidades laborales que les permitan ser autosuficientes, ya que no podrán subsistir toda la vida gracias a la ayuda económica que les da el gobierno. En Colombia —dice, mientras anota algo en su libreta— hay demasiada gente pobre que procura ganarse el sustento por las vías legales. A ellos, agrega, no hay que enviarles el mensaje de que les va mejor si se incorporan a un grupo insurgente y luego se desmovilizan.

—No queremos que para hacer la paz se nos llene el país de holgazanes— afirma de manera tajante.

Los reinsertados empiezan a rendir cuentas sobre su adiestramiento en actividades como la informática, el diseño de joyas, la cría de peces y el montaje de refrigeradores. En sus discursos, cargados de frases contra la guerra, los jóvenes dicen ser conscientes de que al capacitarse contribuyen a mejorar los ingresos de sus familias. Algunos sueñan con ser biólogos o ingenieros, pero no dan señales de que vayan a estudiar esas profesiones en el tiempo que les resta de vida. Casi todos se deciden por oficios prácticos: pintura de brocha gorda, ebanistería, reparación de electrodomésticos. Esto se debe —explicará Aleida más tarde— a que los desmovilizados del Chocó, en su gran mayoría, o son analfabetos o no pasaron de la escuela primaria. Como, además, tienen en promedio cuatro hijos, prefieren carreras cortas que les garanticen resultados más rápidos.

Ahora, bajo las primeras sombras de la noche, el techo de zinc se estremece con un alboroto de desastre. Llueve como si se fuera a acabar la Creación: con truenos que aturden y relámpagos frenéticos que zigzaguean frente a las ventanas. En el interior del país la lluvia suele ser menuda y cansina, pero acá, en la Costa Pacífica, es un torrente embravecido que pareciera empeñado en desgarrar la tierra.

Poco a poco la oscuridad se va adueñando del salón. Sin embargo, todavía es posible ver el sol que pintó John Jáiler Mena al comenzar la tarde.

***

Aleida Moreno anda en una motocicleta de ciento veinticinco caballos de fuerza. Ese es —dice— el único vehículo que le permite acceder a cualquier lugar, ya que Quibdó tan solo tiene pavimentados el cincuenta por ciento de su centro y el diez por ciento de su periferia. Además, muchos de los excombatientes viven en los extramuros, en trochas inclinadas que, debido a los aguaceros diarios, permanecen convertidas en pantanos. Para entrevistarlos en sus casas, Aleida debe parquear la moto en un sitio cercano y caminar. En este momento —lunes por la mañana— se dispone a conversar con Heliodoro Molina, desertor de las Farc. Molina, de treinta y dos años, maneja una microempresa de reciclaje: compra botellas y tarros viejos, los lava y después los revende. En cada unidad de las cuatro mil que mantiene en su depósito, se gana alrededor de ciento cincuenta pesos.

El sábado por la tarde, un poco antes de la reunión general, Aleida había visitado a Feliciano Rodríguez y a José Egidio Valoy. Ambos se retiraron de las Auc: el primero, en el sur de Bolívar, y el segundo, en el Chocó. Tanto Rodríguez, de treinta y cinco años, como Valoy, de veintiséis, han engendrado hijos con cuatro mujeres distintas. La compañera de Rodríguez está recién parida y la de Valoy —que aún no ha cumplido dieciséis años— carga un embarazo de cinco meses. En esta región los chicos empiezan su vida sexual entre los trece y los catorce años, y tienen la enjundia reproductora de los curíes. Según datos de la Diócesis de Quibdó, sesenta y cinco de cada cien madres chocoanas están solas, o bien porque no se casaron, o bien porque no convivieron con sus hombres, o bien porque se separaron muy pronto. A casi todas, como cabezas de sus núcleos familiares, les toca soportar solas el peso de las obligaciones del hogar, con los exiguos ingresos que les proporcionan los oficios domésticos. En las márgenes de los ríos, en los solares yermos, en los moteles, en los malecones, contra las paredillas, frente a los zaguanes de las casas solitarias, sobre las camas de los ausentes, dondequiera que haya un par de metros de espacio disponibles, los enamorados son capaces de improvisar su propio Paraíso. Llevan el amor a flor de piel y lo ejercen sin rodeos. Es común que el resultado de tanta calentura sea un hijo. Un hijo que, con frecuencia, viene al mundo cuando ya su padre es un fantasma lejano, alguien que se fue a probar suerte en el lugar más remoto, en otros lechos de paso, en otros crepúsculos, y solo dejó una picazón en el cuerpo y un poco de humo en la memoria. Así que no es extraño que en muchas casas haya batallones de hermanos medios, cada uno con su propio apellido paterno. O sin él.

Aleida Moreno también es madre soltera. En 1988, cuando tenía veintisiete años, dio a luz a su hijo Carlos Alberto. Criarlo sola —aclara— no ha sido una calamidad. Por el contrario, le ha servido para encontrar, en su interior, ciertas reservas de coraje y liderazgo que, en circunstancias venturosas, tal vez no habrían florecido. Luego afirma con orgullo que las mujeres chocoanas, como las matronas bantúes de sus ancestros africanos, son capaces de alzar en andas el cántaro más pesado con la misma mano con la que dan su caricia más gloriosa. Están hechas para resistir y mimar. Quizá piensan que el gozo de amar, aunque efímero, compensa con creces las dolencias que vienen después, cuando el compañero se marcha y a ellas les toca echarse al hombro toda la carga.

Aleida estima que el hecho de no haber sido aplastada por las penurias económicas, como les ha ocurrido a casi todas las madres solteras chocoanas, se debe a que ella estudió dos profesiones —Trabajo Social y Derecho— que le permitieron mejorar su estatus en el mercado laboral. Si fuera iletrada, añade, en este momento sería sirvienta. Pero, además, ella creció en un hogar estable. Mal que bien, advierte, ha tenido oportunidades, lo cual no es común en el Chocó, y menos cuando se trata de mujeres. Este es aún —recuerda— el departamento más pobre y atrasado de Colombia. Solo el veintitrés por ciento de sus cuatrocientos setenta mil moradores cuenta con servicio de agua potable, pese a vivir cerca de varios ríos caudalosos e importantes. La desocupación es altísima, pues prácticamente el Estado es el único empleador. La tasa de mortalidad infantil es de noventa y cuatro por cada mil. En marzo de 2007, por cierto, el país se conmovió con la noticia de que en el Bajo Atrato chocoano habían muerto diecisiete niños durante el último mes, a causa de una desnutrición severa. Algunas personas suponen que tanto abandono oficial, en una zona donde el noventa por ciento de la gente es negra, obedece a prejuicios raciales. También se menciona, entre las causas de la pobreza, la corrupción sistemática de los políticos locales. Como si fuera poco, los grupos armados al margen de la ley, que se disputan las rutas de la coca en la región y que atosigan a los mineros dueños del oro con impuestos ilegales, han martirizado a la población civil.

Muchos de los atropellos fueron cometidos, precisamente, por los tipos que ahora se rehabilitan bajo la tutela de Aleida Moreno. Pero —se pregunta ella— ¿qué opción distinta de la guerra tenían los muchachos? Algunos se alistaron en los frentes de la guerrilla o en los bloques de los paramilitares, simplemente para asegurar la comida de cada día. Otros, para ayudar a sus familias con el sueldo que se ganaban en esas tropas ilegales. Están los que confiesan haberse aferrado a los fusiles con la intención de granjearse el respeto social que nadie les concedía mientras eran ciudadanos correctos y paseaban su desventura por las calles. La constante en la mayoría de los casos —explica Aleida— es que antes de ser verdugos, fueron víctimas. Crecieron sin el amparo del padre y sin educación, descalzos, a veces desnudos, expuestos a las enfermedades propias de su entorno malsano, hacinados —con un montón de hermanos medios— en ranchos míseros que se desmoronaban cuando había ventarrones y se inundaban cuando arreciaban las lluvias. Aleida compara el conflicto colombiano con un parásito intestinal que se enquista donde están los desechos, y allí, cebado por la miseria, se fortalece. Casi todos los excombatientes mencionan la desesperación como la causa principal de su vinculación a los grupos al margen de la ley. La forma de reclutamiento, por lo general, fue la misma: alguien que los conocía y que ya pertenecía a la banda se les acercó para hablarles de las supuestas ventajas de empuñar las armas y adentrarse en el monte.

—A uno no le quedaba más remedio que irse con esa gente —había dicho Didier Chaverra, desmovilizado de las Auc, en la reunión del sábado por la tarde.

Ahora, mientras recuesta la motocicleta contra un poste, Aleida Moreno repite que no se debe desconocer la relación causa-efecto entre la pobreza extrema de ciertos muchachos y su incorporación a las filas de paramilitares y guerrilleros. Para comprobarlo —dice— basta ver las condiciones paupérrimas en que viven los participantes que ella atiende. Sin embargo —agrega, agitando su índice derecho—, existen otras motivaciones. Hay casos en los cuales el muchacho se enrola al grupo con un propósito estrictamente vengativo: una vez adentro, puede ejecutar al hombre que le había asesinado a un ser querido. A veces, lo que se busca es protección contra la sentencia de muerte proferida por el bando contrario. Así, quienes se saben acosados por los guerrilleros van a parar a las toldas de las autodefensas, y viceversa. En muchas regiones los jóvenes prefieren correr el peligro de morir armados como actores del conflicto que exponerse, inermes, como parte de la población civil. Según sus cálculos, si ellos no van a la guerra, de todos modos la guerra vendrá hacia ellos tarde o temprano. Entonces, es mejor que los encuentre con el fusil en el hombro.

Casi todos admiten que fueron conscientes, desde el principio, de lo que implicaba pertenecer a la guerrilla o a las autodefensas. Al fin y al cabo, crecieron en medio del fuego cruzado, se toparon muchas veces con militantes de ambos bandos, oyeron historias sobre la vida en la selva. Incluso, vieron asesinatos en la calle, a plena luz del sol. Al convivir permanentemente con el conflicto, lo incorporaron a su realidad. La guerra estaba ahí, frente a sus narices, y había que tenerla en cuenta cada día. Existía la posibilidad de que esa guerra los matara o los dejara huérfanos, claro, pero también podía ofrecerles empleo. Algunos reconocen que, antes de empuñar las armas, se plantearon esta deducción macabra: con ellos o sin ellos, la matazón seguiría. Era un problema antiquísimo que venía desde la época de los abuelos y no iba a terminarse ahora, solo porque ellos cerraran los ojos y se pusieran a rezar en la misa.

El sábado por la tarde, un poco después de la reunión, varios desmovilizados comentaban que no conocen a ningún chocoano que haya estado en el conflicto por convicciones políticas. Allí se pelea —insistían— por dinero, por miedo o por odio. En muchas zonas olvidadas del país, los grupos al margen de la ley, bien sean de izquierda o de derecha, constituyen, en la práctica, repúblicas alternativas, con su sistema de normas y con sus métodos de producción. Su soberanía depende del dominio territorial, de su capacidad de intimidación y de la influencia que ejerzan sobre la economía del área: el número de combatientes, los informantes clandestinos, los encargados de cobrar las extorsiones, los centinelas de los cultivos ilícitos, los guardianes de los secuestrados, los raspachines de las matas de coca. Estas labores, aunque tenebrosas, mantienen a bastantes personas ocupadas y son remuneradas. Ni quienes las llevan a cabo, ni sus familias, se atormentan con consideraciones morales. Se trata de imponerse por la fuerza, como en la jungla, para salvar el pellejo propio.

Ahora, mientras sube a pie la cuesta donde se encuentra la casa de Heliodoro Molina, Aleida Moreno dice que los grupos armados ilegales, al generar ocupación en zonas socialmente deprimidas, cosechan ciertas simpatías que se traducen en fortalecimiento bélico. Para combatir esa mentalidad mercenaria —afirma— el gobierno tiene que darle a la gente oportunidades de educación y empleo lícito. Luego señala que los noticieros deberían dedicarle menos tiempo al inventario de los cadáveres y más a las raíces del conflicto. Es muy difícil que quienes solo han visto el país contado por la televisión, confíen en los reinsertados y entiendan el valor de establecer la paz con ellos. Quizá, con algo de razón, les parece injusto que haya tantos ciudadanos de bien desamparados, mientras los que alguna vez protagonizaron la guerra reciben una ayuda mensual del gobierno. Sin embargo —advierte—, la retribución económica de los excombatientes deja de parecer onerosa cuando se la compara con los beneficios que se derivan del desarme: se trata de quitarle hombres a la guerra para devolvérselos a sus familias y a la sociedad. Este proceso, según reporta la Alta Consejería Para la Reintegración, es menos costoso que cualquier operativo militar. Además, lo que cada desmovilizado recibe al año —unos 4.3 millones de pesos— no es ni la mitad de los 9.8 millones que el Estado colombiano invierte en el mantenimiento de cada recluso.

***

El chaparrón de este sábado por la noche no cesa. Tres de los reinsertados se han retirado del salón de reuniones y se han venido a armar un corrillo en la oficina de Aleida Moreno. El tema es la dificultad de su retorno a la vida civil. Herminsul Montaño, excombatiente de las Auc, les tiene miedo a los familiares de las personas asesinadas por su grupo. Gilberto Hinestroza, ex integrante de las Farc, advierte que un desmovilizado deja muchos odios a sus espaldas, tanto en el bando contrario como en el propio. Libson Palomeque, también desmovilizado de las Auc, se asusta cuando se encuentra con desconocidos en las calles, pues piensa que alguno de esos hombres anónimos podría ser un vengador dispuesto a matarlo. Después del temor —reconocen los tres—, la principal secuela es el estigma social.

—A uno le queda una cruz pintada en la frente —dice Palomeque.

Si les resultaba casi imposible conseguir un buen trabajo antes de alzarse en armas, peor es ahora, en su condición de ex mercenarios. Además están los traumas psicológicos. Herminsul Montaño recuerda a un compañero que dormía con el fusil a un lado del catre, y a veces se despertaba de madrugada y empezaba a disparar en forma indiscriminada. También menciona el caso de un ex militante de las Auc que intentó suicidarse el mismo día que su bloque en pleno se desmovilizó, porque creía que a partir de ese momento, ya desarmado, sería un blanco fácil para sus enemigos.

La primera fase de la reintegración a la sociedad —dirá Aleida más tarde— se caracteriza por la angustia. Hay que manejar, según sus palabras, muchos duelos internos, pérdidas dolorosas que atormentan la psiquis. Una noche, cuando ya contaba con la confianza de los reinsertados, Aleida les propuso un ejercicio para desahogarse: debían confesar sus culpas en voz alta. Así mismo, tenían que dibujar en un papel todos aquellos símbolos de su periodo en el monte —los apodos con los que eran conocidos en sus grupos, los uniformes de campaña— y luego prenderles fuego hasta convertirlos en una manotada de cenizas. Un chico reveló entonces, con la voz quebrada por el llanto, que había matado a uno de sus compañeros con un tiro de gracia en la nuca, por negarse a cumplir una orden del jefe. Otro narró cómo en cierta ocasión torturó a un par de ancianos indefensos en una vereda, solo porque eran padres de un muchacho apostado en las filas contrarias. Algunos señalaron que no estaban preparados para hablar de lo que hicieron durante su militancia. Aleida les respondió que el reconocimiento de los errores es necesario para proteger el proceso y merecer el perdón del país.

Ahora, Herminsul Montaño, Gilberto Hinestroza y Libson Palomeque coinciden en que la admisión de las culpas, aunque indispensable, aumenta su vulnerabilidad. Si ellos sobreviven —observa Montaño— será posible seguir hablando de paz, pero si son ultimados, habrá combatientes que no verán las suficientes garantías para deponer las armas y reincorporarse a la población civil. Después de unos segundos en silencio, sin embargo, considera conveniente aceptar que en la guerra se cometen excesos. El más común es la soberbia. Cuando los miembros de su grupo bajaban de las montañas a los pueblos pisando duro con sus botas pantaneras, cuando exhibían en las cantinas su autoridad reciente, cuando determinaban a qué horas debían acostarse los ciudadanos, cuando decidían quién moría y quién vivía, cuando conquistaban a las mujeres más bonitas, sentían que el mundo se ponía a sus pies. Muchos, mareados por el poder, se fueron volviendo cada vez más abusivos.

—El tiempo que estuvimos allá con esa gente —dice Libson Palomeque— fue un tiempo perdido.

Luego cuenta que en cierta ocasión, mientras montaba guardia a las afueras de un bar donde se encontraba uno de sus jefes —un bar ubicado en un pueblo remoto cuyo nombre prefiere omitir— se tropezó por casualidad con una señora que era vecina suya en Quibdó. La mujer le informó que los hijos de él estaban anémicos y andaban sin zapatos. El mayor —le dijo— tenía salidos los huesos de las rodillas y de los codos. Palomeque se sintió miserable. ¿Qué hacía allí, mientras su familia sufría, cuidando a un extraño que se divertía a cuerpo de rey? En seguida tomó la decisión de retirarse del conflicto. Cuando finalmente volvió a su casa, descubrió que el desastre era peor de lo que imaginaba: además de la enfermedad de los hijos, además de la ruina material, había otro problema: durante su ausencia, su esposa se había convertido en "una mujer de la vida mala". En este punto, llora. Dice que morirá solo. Sus compañeros le aconsejan cuadrarse con una buena muchacha y empezar de cero con ella. Pero su respuesta es tajante:

—Cuando a uno lo pica una culebra, se asusta hasta con una lombriz.

Hinestroza y Montaño estiman, a propósito, que la primera víctima del guerrillero o del paramilitar es su propia familia. El costo de socorrerla con el dinero que se gana en el conflicto es alejarse de ella y, con frecuencia, perderla. Muchas mujeres de excombatientes —contará Aleida más tarde— se aburren de esperar y se marchan de la casa. Se sabe de desmovilizados que, al regresar, se enteran de que sus esposas tuvieron hijos con otros tipos. Algunos las perdonan y vuelven con ellas, tras arrebatárselas al amante sustituto. Los demás prefieren buscar una nueva compañera. A Aleida le impresiona ver cómo, en tales casos, estos hombres, que sobrevivieron a los horrores de la guerra, se derrumban. Su decepción amorosa sería un detalle pintoresco si no implicara, de paso, el recrudecimiento de los infortunios de siempre: aumentan los hijos desperdigados, crece la miseria. El carrusel retorna entonces a su punto de partida y, en el nuevo giro, encuentra más inconformidad, más violencia. Por eso, varios chocoanos conocedores de su realidad, como el abogado Ferney Mosquera y la socióloga Marina Rentería, piensan que cualquier programa de desarme se quedará corto mientras la calidad de vida en la región sea pésima.

Libson Palomeque insiste en que está arrepentido. No solo porque perdió a su mujer: también porque fue utilizado en una guerra ajena en la que otros cargaban con el botín, mientras los combatientes sin mando, que le ponían el pecho a las balas, regaban la tierra con su sangre y la de sus víctimas, a cambio de migajas. En esta apreciación, advierte, lo acompañan todos los desmovilizados que él conoce. Herminsul Montaño, quien interviene a continuación, señala que en el campo de batalla también existen privilegios. Unos nacen para ser carnada y los otros para manejar el anzuelo, dice, en su lengua coloquial. Los comandantes llevan las riendas del negocio, viven a su aire. Los peones corren los mayores riesgos, soportan las prohibiciones. Luego están las crueldades, el dolor, los ríos convertidos en vertederos de cadáveres, los pueblos inhóspitos como si hubieran sido desmantelados por la peor peste, los cuerpos desmembrados por sierras eléctricas, el ataque a los civiles con tanques de gas, el secuestro, la orfandad, los niños en el conflicto como verdugos y como mártires, las masacres selectivas, la intimidación, el vandalismo, la anarquía, el pánico colectivo. La zozobra los alcanza cuando descubren que quienes caen no solo son los otros, como creyeron al principio. En la piel de ellos, los duros de la historia, también entra el plomo, y bastante. Por lo general mueren jóvenes, reventados con métodos tan bárbaros como los que ellos mismos despliegan contra sus enemigos. Y se pudren a la intemperie como la carroña, en cualquier breña del camino. ¿Alguien los extraña, entonces? Si acaso, sus familias, porque los grupos a los cuales pertenecen pueden arreglárselas con los nuevos muchachos que incorporan a sus filas, para perpetrar la siguiente carnicería. Montaño concluye que exponer la vida en esa forma es lo más estúpido del mundo.

De ideales —agrega Gilberto Hinestroza, el menos locuaz de los tres— ni hablar. El paramilitar se llena la boca diciendo que defiende al ganadero, pero lo extorsiona con impuestos. El guerrillero se da golpes de pecho en nombre de la revolución, pero hostiga a los chicos que usan aretes y llevan el pelo largo. La gran paradoja es que, a pesar de su cacareada rivalidad, terminan pareciéndose, y no solo en los uniformes de campaña. Unos y otros imparten órdenes de destierro. Unos y otros establecen regímenes de terror en sus territorios. Unos y otros se creen con el derecho de "borrar" a quienes, según su criterio arbitrario, son "una escoria" de la sociedad: los homosexuales, las prostitutas, los drogadictos. Para mucha gente —afirma Hinestroza— la guerra es un buen negocio. No para los milicianos segundones como ellos, que un día se internaron en el monte por física hambre, y otro día salieron de allí con las manos vacías, las botas untadas de barro y una cruz pintada en la frente.

—Yo quisiera borrar todo lo que pasó —dice Palomeque.

—Y yo quisiera —tercia Montaño— que los pelaítos de mi barrio me miraran sin miedo.

En algún lugar difícil de precisar en esta noche oscura y tórrida, cantan las cigarras. Por fin ha escampado. De pronto, Montaño mira a Hinestroza y le dice que dos años atrás no hubieran podido estar juntos, como hoy. Seguramente se habrían embestido a balazos aunque no mediara, entre ellos, ningún motivo legítimo de enemistad. En cambio ahora no solo conversan, sino que además se emborrachan juntos, como lo harán luego en el barrio Los Ángeles, donde se realizará un baile de chirimía.

***

A las siete y media de la mañana del domingo, algunas calles permanecen encharcadas debido al diluvio que cayó por la madrugada. Muy pronto los pozos serán achicados por el sol, que ya a esta hora incendia el horizonte. Después vendrá otra vez la lluvia a convertir en fango lo que entonces será barro seco. Y así hasta el infinito, en un círculo vicioso que a los quibdoseños no les sorprende. En este momento Aleida se desplaza en un bus hacia el municipio de Istmina —ubicado a setenta y cinco kilómetros de distancia —donde se reunirá con varios reinsertados. La acompaña su asistente, la abogada Leidy Ordóñez. Al costado izquierdo de la avenida se divisa el barrio Medrano, uno de los más pobres de la ciudad. Las casas, de tablones rústicos, están encaramadas sobre estacas altas enterradas en los cenagales que se han ido formando con el agua desbordada del río Atrato. Aleida calcula que el treinta por ciento de los chocoanos vive, de manera infrahumana, en ese tipo de construcciones palafíticas.

—Muchos de los pelaos chocoanos que se meten en la guerrilla o en las Auc salen de casas como esas —dice.

Aunque todavía es temprano, en ciertos sectores del costado derecho hay varias esquinas invadidas por avalanchas de niños que juegan fútbol y conversan a gritos. Están descamisados, o en calzoncillos, o descalzos, creciendo como pueden entre el lodo, sin ley ni gobierno. Dentro de pocos años, muchos de ellos empezarán a reproducirse con el mismo ímpetu de sus padres. Después se volverán trotamundos y dejarán a sus mujeres solas. Algunos elegirán el camino de la guerra y quizá un día se verán obligados a matar al compañero con el que ahora festejan un gol. Al aire libre, el muchacho de hoy se convertirá en el muchacho de mañana, y durante el interludio, mientras cambia de rostro, se acostumbrará a ver en las calles la multiplicación desmedida de la vida y la muerte.

La imagen que queda en la memoria cuando el bus sale de Quibdó, es la de una casa de paredes desconchadas en cuya terraza hay una cuerda para tender ropa. La única prenda que está colgada allí, meciéndose al compás del viento como en señal de adiós, es una camiseta blanca que tiene el rostro de un político estampado en el pecho, un detalle del azar tan irónico como perturbador.

Ahora son las diez de la mañana y ya Aleida se encuentra reunida con los reinsertados de Istmina, en un salón del colegio Andrés Bello. El pueblo está de fiesta, en honor a la Virgen de las Mercedes. Hay, entre otros eventos, desfile de lanchas en el río San Juan y concurso de peinados afrocolombianos en la plazoleta de la Alcaldía Municipal. Por todas partes se sienten los acordes de la chirimía, ese instrumento de viento que en el Chocó preside las celebraciones. Más tarde habrá un multitudinario "baile de pellejos", nombre gráfico con el que se conoce una danza voluptuosa en la que hombres y mujeres juntan sus cuerpos con cierta desfachatez, anticipando los goces del amor y glorificando la fertilidad.

El grupo que animará la fiesta ensaya en el patio del colegio Andrés Bello. Al fondo se ve a Aleida conversando con los desmovilizados. Leidy Ordóñez, su asistente, se ha venido para acá, atraída por la música. Además de los intérpretes, hay seis parejas de danzantes. Cuando el clarinete aúlla y el tambor brama, comienza la función. Las muchachas sacuden las caderas con el frenesí del oleaje marino, y los muchachos se van detrás, arrastrados por la corriente, ávidos de ser engullidos por las entrañas del maremoto. En el Chocó las mujeres son la semilla y la zafra, el nacimiento y la desembocadura. Cuando en la danza los machos se dejan remolcar por las ancas de sus hembras, no están simplemente mendigando, por el amor de Dios, una generosa cópula. También están escudriñando la raíz primigenia. Meterse en la falda de la mujer es regresar, por fin, a su vientre, es volver a la única tierra segura que, a la hora de la verdad, conocen. Todo lo demás es incierto y a menudo terrible. Quizá por eso Aleida había dicho, durante el viaje, que si pusieran a un hombre en su cargo tal vez no produciría entre los reinsertados la misma confianza que ella genera.

Leidy Ordóñez advierte que, en el fondo, muchos de los combatientes que se desmovilizaron lo hicieron porque necesitaban aproximarse de nuevo a las caderas de las mujeres. Viendo cómo las negras de esta danza menean sus espléndidos nalgatorios, se entiende por qué hay gente que las considera más poderosas que todas las guerras juntas. Lamentablemente, en las selvas y montañas del Chocó quedan centenares de hombres armados, que se niegan, por ahora, a oír el llamado de la chirimía.

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