Empecé otro partido”, contestó Sócrates.  

El termómetro marcaba 14 grados centígrados aquella noche de martes en la sede del canal TV Cultura, en São Paulo, y el futbolista que asombró al mundo a punta de taquitos en España 82 soltaba humaradas con aires de desafío. Amigos suyos y comentaristas deportivos —como él durante sus últimos años— podían leer el humo de su cigarrillo como si fuera la burbuja de un cómic: “Sí, fumo unos días después de regatear la muerte, ¿a quién le importa?”.

El exfutbolista brasileño solo trataba de responder a la pregunta que le había hecho SoHo aquel día de noviembre. ¿Si todo esto fuera un juego, en qué minuto del partido estaría usted?

Era claro: estaba en la prórroga.

En los meses anteriores, el crack había sido ingresado dos veces al hospital muy grave. Los médicos decían entonces que había estado a punto de morir por hemorragias en el estómago y en el esófago a causa de una “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado”. Él mismo admitía la explicación callejera: el alcohol.

El pasado 4 de diciembre, un par de semanas después de nuestro encuentro, murió a los 57 años el gran Sócrates: ese brasileño que inmortalizó como nadie en la cancha los puntos más extremos del cuerpo: el tacón y la cabeza. Una ironía, pues “extremista” era como lo llamaban los militares de principios de los años ochenta. 

Líder del Corinthians, el equipo con más afición en São Paulo (unos treinta millones de hinchas), Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira ayudó a pensar lo impensable durante una dictadura militar que duró dos décadas en Brasil. ‘Magrão’, como le gustaba ser llamado (algo como ‘Flacuchentón’), lideró el movimiento que llevó a aquel equipo a hacer solo lo que decidiera la mayoría del grupo: la concentración antes de los partidos, los pagos extras por las victorias, las rutas para tomar en los viajes largos… todo se decidía una vez a la semana a través de algo más que pintoresco en el Brasil de entonces: el voto.

En un clásico, el equipo de Sócrates causó revuelo al entrar a la cancha con una pancarta en la que se leía “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Era la llamada Democracia Corinthiana, donde el voto era igualitario: la opinión de un suplente valía igual que la del entrenador o la del presidente.

Valía igual, incluso, que la de Sócrates, estrella de la mejor selección de aquellos tiempos. Sí, Brasil tenía la mejor selección del mundo, así la irrespetuosa Italia de Paolo Rossi la derrotara 3 a 2 en los cuartos de final del Mundial de España 82. Para muchos aficionados brasileños es la derrota más dura de la historia; más, incluso, que el inolvidable Maracanazo del 50. 

 “Es difícil decir en qué influyó la Democracia Corinthiana para acabar con la dictadura. Lo cierto es que hablábamos de usar el voto en el fútbol, un terreno con un alcance popular inmenso. Y eso es muchísimo en Brasil”, dijo Sócrates antes de apagar el cigarrillo y entrar al estudio para grabar uno de sus últimos capítulos de Cartão verde (programa deportivo cuyo nombre en español sería Tarjeta verde).

En 1984, la presión en las calles por el fin de la dictadura que había empezado en 1964 era tremenda. Una sola protesta —hasta hoy la manifestación pública más grande de la historia de Brasil— reunió en São Paulo a un millón y medio de personas. Vestido de amarillo, el pueblo pedía en abril de aquel año “elecciones directas ya”. Las caras de ese movimiento eran artistas y deportistas pensantes y fácilmente reconocibles por las masas: Chico Buarque, Gilberto Gil, Sócrates...

Luchando contra su timidez natural, en uno de esos mítines agarró el micrófono y prometió que si una ley del Congreso aprobaba la elección popular de presidente, él se quedaba a jugar en Brasil y no aceptaba ninguna de las ofertas de varios equipos extranjeros que intentaban ficharlo desde 1982.

Para suerte de la Fiorentina, el Congreso no aprobó la ley. Sócrates se fue a taconear a Italia, más como una forma de protesta que por dinero o fama, mientras los militares gobernaban un último año (dejaron el poder en 1985). 

En Europa, su vida de futbolista tampoco fue común y corriente.

“Los presidentes de los equipos italianos ya eran entonces unos fachos. Y yo quería saber cómo funcionaban los sindicatos de izquierda y todo eso”, contó el padre de seis hijos (el último bautizado Fidel), antes de sentarse finalmente en el estudio con sus tres compañeros. 

Su entrenador en la ‘Fiore’, Giancarlo de Sista, cuenta haberle preguntado a Sócrates si no le atormentaban las críticas que le hacían los diarios deportivos italianos. “No sé, solo leo la parte de política”, le contestó el jugador.

Sócrates medía un metro con 93 centímetros y sus pies eran talla 37. Era contradictorio hasta en su físico y no le hacía falta la coherencia para ser un genio. Al revés: sus contradicciones y la manera como las explicaba, más que su desempeño en la cancha, lo elevaron a la categoría de mito en Brasil.

En el libro que escribió sobre la Democracia Corinthiana, Sócrates criticó a la prensa deportiva en general. Le molestaba que los grandes medios de Brasil solo hubieran alabado el sistema de voto en un club después del fin de la dictadura. “Separo la página de deportes y se la doy a los demás. Me parece demasiado superficial”, escribió el Doutor o Doctor, apodo que se ganó por haberse graduado de Medicina. Sin embargo, años después de tildar de frívolos a los periodistas deportivos, hizo parte de esa prensa que despreciaba.

Pero su contradicción más clara no tiene que ver con el fútbol, sino con su enfermedad. Él no era un Garrincha (genial analfabeto que se bebió toda su fama sin darse cuenta de lo que pasaba); cuando Sócrates hablaba de “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado” entendía cada palabra. Siempre supo los riesgos de jugar con el alcohol.

 “¿Entonces por qué lo permitió?”, le pregunté aquel martes. Su mujer, Katia, que estaba a algunos metros de distancia, se acercó. Ella tampoco lo comprendía y le interesaba la respuesta. Sócrates respiró profundo y miró a los ojos para contestar, algo raro en él. “Son los conflictos internos que uno tiene. No sabría explicarlo”, dijo, como quien admite que se hace la misma pregunta todos los días.

Es difícil apuntar cuándo se le salió de las manos la relación con la bebida. Es cierto que entre los “derechos básicos” de los jugadores defendidos por Sócrates durante la Democracia Corinthiana estaba el de beberse una cervejinha después del entrenamiento “sin ocultarlo de los reporteros”. De hecho, posaba para la prensa con vasos llenos y vacíos. “Mejor eso que beber muchísimo más a escondidas en la casa”, explicaba, exhibiendo unas estadísticas que probaban que el equipo había mejorado con tragos y sin concentración. 

Él mismo nunca negó algunas anécdotas sobre el tema. Mazinho, compañero y amigo que lo acompañó hasta su último día, cuenta que una vez quería comprar un apartamento que pertenecía a Sócrates en Ribeirão Preto, ciudad en el interior del estado de São Paulo donde el Doutor había empezado a jugar. Este puso precio al inmueble y Mazinho se percató de que los ahorros no le alcanzaban.

“Mira, Magrão, al final no tengo lo que vale tu apartamento”, dijo Mazinho. “Oye, eres mi amigo, te lo vendo por el dinero que tengas, pero con una condición —contestó Sócrates—: me pagarás la diferencia en cervezas… en cualquier bar, de aquí en adelante, siempre pagarás tú por mis cervezas”. Y así Sócrates se ‘bebió’ parte del inmueble durante años.

Cuando dejó el hospital por última vez, claudicante, la balaca en su cabeza parecía sostener los cabellos de un viejito. La enfermedad le había comido 30 kilos. Mucho para cualquiera, más para alguien apodado Magrão. 

En sus últimos días, Sócrates llevaba siempre balacas con eslóganes que lo hicieron famoso en los ochenta. “No al racismo” fue la más conocida. Usaba solamente las de color blanco. Tenía unas diez en su armario, contó su mujer. El hecho de comunicarse a través de las cintas para el pelo tenía una razón: Sócrates nunca usó la boca a la misma velocidad de los charlatanes de Maradona o de Romario (hoy un diputado federal despistado sin un técnico a quien criticar). Lo suyo era tener ideas y dejarlas caer cuando hacía falta.

En una semifinal del Campeonato Paulista de 1983, el Corinthians enfrentaba a su archirrival, el Palmeiras. Partido en el estadio de Morumbi. Lleno total. Tan lleno estaba que los trancones atraparon el bus que llevaba al Timão, apodo del Corinthians. Sócrates se percató de que el equipo no llegaría a tiempo y, en un hecho inédito, instó a sus compañeros a bajarse y caminar unas cuadras hasta la cancha. De paso calentaron en el camino y recibieron el apoyo de los hinchas enloquecidos, que no podían creer lo que veían. “Ganamos ese partido antes de llegar al estadio”, solía decir Sócrates.

En otra ocasión, durante un encuentro en una de esas canchas terribles del interior de Brasil, Sócrates no podía jugar por la cantidad de patadas que le pegaba un defensa contrario. Molesto, se acercó a la línea lateral del campo y, junto a las gradas, apuntó con el dedo al incómodo defensor que estaba a menos de dos metros. La escena llamó la atención de todo el estadio, que dejó de seguir la pelota. Minutos después, el entrenador del equipo rival se sintió obligado a sacar al jugador que había sido humillado por el Doutor.

En sus últimos días de comentarista, pocas cosas molestaban más a Sócrates que las encuestas con dos alternativas que tiene el programa Cartão verde. “Para él, nada podía ser tan simple como para resumirse en dos respuestas”, declaró su colega Vladir Lemos días después de su muerte. “Él parecía a veces incómodo con la fama de ser un jugador mítico. Quería que las personas lo escucharan, que se acordaran más de él por lo que hacía fuera de la cancha, que se convirtieran en mejores ciudadanos”, completó otro compañero, Vitor Birner. 

Sócrates era también un provocador. Durante los programas, defendía la tesis de que los equipos debían tener simplemente a los mejores. No importaba si los mediocampistas Zico y Falcão, por ejemplo, estuvieran de lateral y de delantero respectivamente.

No era un tipo de chistes o sonrisas fáciles, pero le gustaba la ironía y reírse de sí mismo. Antes de entrar al estudio donde me recibió, una maquilladora intentó ocultar parte de las arrugas que lo hacían parecer de 80 años y no de 57: “Me van a dejar igualito a Raí”, bromeó. Su hermano Raí, centrocampista de la selección brasileña de la Copa del Mundo del 94, tiene fama de galán y de buen chico en Brasil. La antítesis de Sócrates. 

El tema inicial del programa ese día era “Neymar o Messi”. O, mejor dicho, ¿cuándo Neymar será Messi? A Sócrates le molestaba la pregunta. Defendía sencillamente que el chico de 19 años debía quedarse en Brasil hasta el Mundial del que será anfitrión en 2014. “Ser el mejor del mundo es una felicidad relativa. Importa más estar contento y Neymar no será más feliz en ningún lugar que acá”, decía el Doutor. 

La relación de Sócrates con la medicina dio origen a una de sus historias más legendarias. Era su primer entrenamiento en el Botafogo de Ribeirão Preto, el equipo donde empezó. Sócrates entró desde el banco y, al final del partido, el zaguero titular se le acercó. Quería saber dónde trabajaba, qué hacía aparte del fútbol. El joven le comentó que estudiaba Medicina y el defensa contestó: “Una lástima: si usted fuera pobre sería el mejor futbolista del mundo”. 

Su jugada característica, el taconazo, resultó de la conexión de un físico que no era de atleta —siempre dijo que nunca lo fue— con una cabeza que tampoco era de un deportista corriente. La conjunción entre su altura y su piecito ponía en el campo a un tipo como mínimo raro. “Era muy lento y no podía equilibrarme bien —contaba—. Los taquitos eran una forma de darle velocidad a mi juego”. Hizo pases de gol imposibles con el taco, con este se inventó también regates mágicos y, como si fuera poco, hasta cobraba penales de taquito en entrenamientos y partidos amistosos. Ya retirado, mostraba orgulloso un callo que tenía en la parte posterior del pie.

Pero increíblemente su penalti más famoso no lo cobró de tacón. Ni le dio la gloria. Todo lo contrario. Brasil definía por penaltis contra Francia el paso a la semifinal de México 86. Dicen que no tomó impulso suficiente, que no cobró con seriedad, que pateó sin ganas. Sócrates falló y la selección se quedó sin Mundial. Y, aunque Zico había perdido otro penal en el tiempo regular, muchos acusaron al Doutor de la eliminación, otra vez en cuartos. Él quedó muy molesto. Repitió hasta su muerte que ya había pateado así, “sin espacio”, y le había salido bien.

Solía decir que el fútbol le había permitido ver dos mundos: el de la pobreza extrema y el del lujo. Él nunca fue pobre. Vivió sus últimos días en un condominio de mansiones a 30 kilómetros del centro de São Paulo. Solía escribir sus columnas bebiendo vino y fumando, siempre con música sofisticada (hizo canciones y escribió obras teatrales, pero no tuvo éxito).

Se casó en enero de 2011 y el primer viaje con su última compañera fue a Cuba, en agosto. Se publicó incluso que una cerveza cubana había sido la causa de la enfermedad. Él lo negaba. “He visto cosas cambiando para mejor en Cuba. Creo que se están haciendo las cosas bien”, decía ya después de la grabación del programa, con otro cigarrillo entre los dientes, antes de confesarse admirador de otro lento e inteligente en la cancha, el Pibe Valderrama, y de la selección colombiana que este capitaneó en los noventa.

Sócrates era el indiscutible fiscal moral del Mundial de Brasil 2014. Cuando dejó el hospital tras su primer ingreso, dijo que su plan era visitar las doce sedes de los partidos. Quería criticar, sin que esto significara echarle en cara los errores al gobierno de Dilma Rousseff, de quien era abiertamente seguidor. “Seguro vamos a tener problemas. No sé si podremos albergar a tanta gente”, dijo a SoHo, para luego rematar: “El gobierno está haciendo lo que era tarea de inversionistas privados. Si no hubiera intervenido, habría sido mucho peor”.

En sus últimos días, docenas de periodistas buscaron la versión de Sócrates sobre su resurrección. “No tengo adicción, pero sí me gustaba chupar”, repetía acerca del tema más incómodo. Murió algunas horas antes de que el Corinthians se hiciera pentacampeão brasileño. Fue como si Pelé muriera en la final de un Mundial con Brasil en el campo. 

A uno de los cien elegidos por la Fifa como uno de los jugadores inolvidables del siglo XX lo enterraron a las cinco y media de la tarde de aquel domingo, cuando terminaba el primer tiempo del partido. Miles de hinchas corinthianos dejaron de ver el juego para despedir en vivo con canciones al ídolo, el primer futbolista de la selección del 82 en morirse. En las páginas de internet, centenares de mensajes hablaban de él y docenas recordaban el hecho que llevaba la palabra ‘Brasileiro’ en el nombre. Alababan primero al ciudadano, después al futbolista, como si fuera posible separar los dos del Sócrates soñador que los unía: ese que creía tanto en la utopía que se volvió la imagen de ella en Brasil. Un hincha anónimo escribió en la web sobre este Sócrates: “Lástima que te fuiste tan pronto. Ya nunca podremos ganarle a Italia en 1982”.

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