Thomas Lynch, un poeta y "director funerario" norteamericano, cuenta en uno de sus libros la fascinación que despertaba entre sus compañeros de escuela el oficio tétrico y solemne de su padre, el compasivo oficio de amortajar y hacer que los cadáveres parezcan personas confiables y tranquilas, cuerpos con un aplomo digno de quienes están a punto de enfrentar una entrevista profesional. Sus compañeros suplicaban por los detalles y el pequeño iniciado abría las puertas chirriantes de su cava: "…nos sentábamos en corrillo a mirar la anatomía de Gray y la patología de Bell —que mi padre había adquirido en la escuela mortuoria— y nos estremecíamos con las imágenes de desfiguraciones, enfermedades y muerte, de la misma manera que nos sucedería después con la pornografía".

En un laboratorio del Tecnológico de Antioquia me encuentro con unos cuarenta jóvenes que han decidido convertir el guiño de curiosidad que entregan los muertos en riguroso desvelo de estudiantes. Luego de cuatro semestres en formol recibirán su cartón como técnicos profesionales en tanatopraxia y se encargarán de una rutina que une las finuras del cirujano con las ligerezas del carnicero. Oficio funesto, lo llaman algunos apelando a lo literal. Germán Antía, el decano del programa, me recibe con una gracia negra que hace sonreír a su rebaño mortuorio de batas blancas: "Nos encanta que venga por aquí, bienvenido a nuestro sarcófago". Me divierto con su juego draculesco, cuando levante las sábanas de las camillas abultadas, como si fuera un mago, comenzarán mis escalofríos.

Con una voz modulada en exceso, sacada con pinzas, Germán Antía comienza a mostrar su entusiasmo natural por los muertos. Primero me habla del cuerpo de Lenín como la única escultura que sobrevivió al descalabro comunista, de Perón y su reciente problema de hongos, de lo bien conservada que está Evita. Me cuenta que hace poco en Argentina exhibió un cadáver en una playa y la gente hacía fila para ver el muñeco en la arena. Se le nota una sincera emoción por la materia prima de su trabajo, como puede verse en los entomólogos y sus mariposas en alfileres o en los botánicos y el orden de sus herbarios. Muy pronto me cuenta sus historias como un integrante más del grupo de niños que zumbaban detrás de los libros del padre de Thomas Lynch. Las casas viejas de las morgues fueron una debilidad de sus años mozos, las rondaba en compañía de sus primas buscando una rendija que sirviera de ojo mágico. Más tarde lo sedujo esa especie de voracidad que muestran los estudiantes barbones en la Lección de anatomía de Rembrandt, como asaltados por un milagro, y por los caminos de la epidemiología, la salud pública y la biología llegó hasta sus dóciles pacientes.

El programa de tanatopraxia surgió como una inquietud del gremio de los empresarios fúnebres en Medellín, una oportunidad para pulir a los prácticos encargados de pulir los estragos definitivos. Hombres diestros acostumbrados a tutearse con la muerte, pero algo toscos a la hora de ofrecer las pompas fúnebres, expresión que obliga a una majestad distinta a la del simple sepulturero. Hace tres años que en Medellín se gradúan cada semestre un promedio de cincuenta técnicos profesionales para atender todos los rincones de la ultratumba.

Según la cartilla promocional del programa, las posibilidades laborales son variadas; además, los datos empíricos demuestran que trabajo nunca ha de faltar. Las funerarias y las morgues serán la oficina obligada. Podrán dar tratamiento a cuerpos fallecidos, preparar cadáveres para repatriación, embalsamar, asistir a autoridades judiciales en las tareas de exhumación. Eso para quienes deseen tratar con los muertos, cerrarles la boca, drenarlos, llenar sus últimas planillas, hacerles el nudo de la corbata. Los alumnos cansados de enfrentar ojos distraídos y doblar manos frías sobre el pecho podrán dedicarse a administrar las funerarias o atender el duelo de los familiares del recién amortajado.

Por eso, deben acompañar sus prácticas sobre el terreno, sus tranquilas operaciones con la suerte ya echada, sus recorridos de anatomía y sus inventarios patológicos con clases de matemáticas, informática básica, protocolo fúnebre, mercadeo de servicios y administración general. No debe ser fácil tragarse una lección de emprendimiento veinte minutos después de tronchar algunas costillas, utilizar una pequeña segueta y pensar con los guantes todavía puestos en los versos de Séneca: post mortem nihil est.

Es normal que los primíparos lleguen con el aire ansioso de los buitres, animados por una curiosidad adolescente, pidiendo a gritos el rito iniciático que les enfríe la sangre y les temple los huesos. Pero deberán esperar un semestre largo antes de entrar a las morgues y buscar las arterias mayores con sus manos. Las prácticas son obligatorias y entregan el 50 por ciento de la nota en una de las materias centrales del programa.

La primera excursión a los territorios de neón en Medicina Legal será una simple observación, el segundo viaje incluye las inyecciones de drenado y las tareas de asistente en las necropsias. "Ya le decimos al estudiante, bueno, ensúciese y trabaje", son las palabras de uno de los profesores, desprevenido, sin ánimos de provocarme escalofríos. Luego será hora de sacar el pincel, de delinear y componer las facciones. Insisten en que su ejercicio tiene tanto de ciencia como de arte y tal vez digan orgullosos al final de las arduas jornadas: "Viste cómo me quedó el mío, impecable, como descansando. Da hasta pesar cremarlo".

Parece difícil de creer, pero muy pocos estudiantes abandonan el programa luego de esos primeros encuentros, la curiosidad se convierte en un saber exclusivo y un valor probado, una pequeña arrogancia por cruzar la puerta que todos esquivamos y desdeñar las supersticiones y las pesadillas.

Los estudiantes fúnebres me dicen que algunos jóvenes de los otros programas los miran con recelo y que no falta la mueca de repugnancia en la cafetería: "No, yo no como al lado de estos toca muertos". También son tildados de arrogantes y de posar de médicos con sus libros de anatomía. Tal vez sea justo que cobren su rutina espeluznante con aires de suficiencia. En últimas es a ellos a quienes conviene la frase de Virgilio a Dante frente a la aventura del infierno: "Es necesario aquí dejar todo recelo; toda cobardía es necesario que aquí muera. Hemos venido al lugar donde te dije habías de ver la gente adolorida…". Razón de sobra para sacar pecho frente a los estudiantes de archivos, electrónica o gestión financiera.

Cuando pregunto por las materias y los exámenes que provocan desvelos me plantan delante de un quiz de anatomía. El decano ha descubierto uno de los cuerpos del laboratorio: lo miro de reojo, enfrentando sus pies húmedos, sus uñas negras, esquivando su cara para evitar los caprichos que guarda la memoria. Me dicen que tiene dos años y medio de acompañarlos y que es necesario regarlo todos los días con aguasal, como si fuera un enfermo deshidratado. Para el examen, el cuerpo al que le han retirado la piel y la grasa, estará lleno de alfileres como un pequeño paisaje con banderitas, los estudiantes deberán identificar los accidentes geográficos. El último quiz de anatomía lo ganó apenas el 25 por ciento, todavía hay ensenadas desconocidas y afluentes por explorar.

Una conversación entre un hombre y una mujer, estudiantes de tercer semestre, resulta reveladora. Ella, que ya trabaja en una funeraria arreglando clientes, le reprocha a su compañero, empleado de una morgue local, los cortes rústicos que se ejecutan en sus predios: "No, es que ustedes a veces sí son muy carniceros, uno recibe unos cuerpos que no, mijo". Él acepta sus culpas y elogia el pulso y el cuidado de costureras finas de las mujeres del curso, incluso se atreve a describirme el coco perfecto que logran sacar sus compañeras de la tapa de un cráneo. Les sugiero que no hablemos de semejantes delicadezas y pregunto por las amplias mayorías femeninas en los salones de tanatopraxia.

Me cuentan que al momento de abrir el programa se esperaba la inscripción de personas mayores, sobre todo hombres que ya tenían una vinculación con el oficio fúnebre y querían capacitarse. Sin embargo, llegaron treinta y seis mujeres jóvenes y cuatro hombres, apenas uno mayor de treinta años. Todavía hoy, las mujeres forman una clara mayoría entre los osados que piensan en los cadáveres y se atreven a decir: "Eso es lo mío". Esa mayoría me hace pensar en las monjas de los antiguos leprocomios y en las enfermeras voluntarias. Como si la vocación femenina tuviera un componente de compasión que les hace más fácil inclinarse y pasarles una última mano a los desastres.

Algunos de los inscritos hablan del impulso que significó una experiencia traumática con el cuerpo de un familiar asesinado, y profesores y alumnos coinciden en que la epidemia de violencia en los años 90 en Medellín casi obligó a la creación de una escuela mortuoria. Cerca de siete mil personas asesinadas en un año imponían obligaciones prácticas y familiaridades con los cuerpos tirados en las calles. Con algo de cinismo hay que decir que la ciudad era un territorio fértil para el estudio de la tanatopraxia. Ahora, los estudiantes hablan de su trabajo como un conjuro contra el odio y el dolor, un oficio necesario sobre todo para buscar la tranquilidad de los vivos.

Un profesor del programa de tanatopraxia me dice que todos los cuerpos son distintos, que la anatomía interna, como las facciones y la personalidad, entrega pequeñas sorpresas.

Particularidades y recodos. Con esas diferencias se intenta inculcarles a los alumnos el respeto por los cuerpos, esos tesoros maltrechos tan distintos a una simple cáscara. Al final de mi visita a la escuela mortuoria uno de los profesores me invita con insistencia a una necroscopia, me asegura que eso cambiará mi vida, que será una experiencia increíble.

Por un momento me siento acosado por el director de una especie de logia, uno que pretende compartir sus iluminaciones. Tal vez cambien el simple cartón por una tonsura. Salgo convencido de que además de mostrar el camino más fácil para romper el esternón, ese brujo entusiasta intentará convencer a sus alumnos de las palabras clementes de Thomas Lynch: "Los cuerpos de los recién muertos no son desechos ni restos, como tampoco son íconos o esencia pura. Son más bien, niños cambiados por otro, seres en una incubadora, polluelos saliendo del cascarón hacia una nueva realidad… Es sabio tratar esas cosas nuevas con ternura, con cuidado y con honor". Tiene cuatro semestres para lograrlo.

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