AQUÍ ME VEIS, con mis Lucky Strike y mi botella de vino. Pensaréis que estoy acabado, pero ¿cuántas veces me habéis dado por muerto y he resucitado? Mi reino no es de este mundo. Mi reino es el de las pesadillas, vuestras pesadillas, y allí no tenéis escapatoria. Vivo dentro de vosotros, así que soy vosotros. Si me teméis, es porque os teméis a vosotros mismos.
Es cierto que mi memoria ya no es la de antes. Ya ni siquiera recuerdo muy bien por qué empecé a matar. Recuerdo a una chica rubita que se llamaba Tina. Recuerdo a una niña vestida con una falda con peto. Recuerdo una oreja cortada. Podría tomar algunas notas... Mejor dicho, podría grabar algunas palabras en la madera de esta mesa. Palabras como Tina, peto, oreja. Así, seguro que esos recuerdos nunca huirían de mí.
¿Qué otras palabras podría grabar? La palabra terror, por ejemplo. No habrá tantos que hayan visto de cerca tantas miradas de terror. Si me dijeran que describiera esa mirada, diría súplica, impotencia, dolor, desesperación, trascendencia... Pero sobre todo diría pureza y consuelo. No hay nada más puro que el terror absoluto ni nada que consuele más a quien lo inspira. En el interior de todo ser humano vive alguien como yo, un monstruo deseoso de consolarse con el descubrimiento de esa pureza desolada. Que muy pocos se atrevan a dar ese paso no quiere decir nada. Búscate a ti mismo, dicen que dicen los sabios, pero ninguno de vosotros se ha atrevido jamás a buscarse de verdad, a buscar dentro de sí a esa criatura que es como yo y que secretamente pugna por materializarse tal como es: perfecta en su depravación, con todos los rasgos del horror. ¿Queréis saber la razón por la que os empeñáis en reprimirme? Os lo diré: porque os tenéis miedo, porque reprimiéndome a mí creéis estar reprimiéndoos a vosotros mismos.
Tendréis que reconocer que lo mío es crear y que eso me acerca a vuestros dioses. Donde antes no había nada, ahora, aunque solo sea por unos instantes, hay todo eso. En esos ojos en los que antes solo había la mirada anodina de una mujer satisfecha con su insignificante vida de clase media, sus pequeños amoríos, sus preocupaciones minúsculas, ahora hay un tesoro de emociones intensas, últimas, inequívocas, grandiosas en la inminencia de la muerte. 
¿He hablado de esa chica rubita que se llamaba Tina? Me acuerdo muy bien de ella, de su expresión inocente, de su piel tersa, de sus muslos compactos, de la bonita figura que se adivinaba a través de la camisa de rayas. ¡Qué buen trabajo hice con ella! La esperé primero en un extremo del patio, le hice sentir mi presencia, la aterroricé con el viejo truco de cortarme un dedo y hacer que brotara mi sangre viscosa. Se echó a correr pero no tenía dónde ir porque, fuera donde fuera, allí estaba yo esperándola. No podía escapar, pero tampoco buscar refugio en el interior de la casa. Cuando logró entrar, le arranqué las vísceras, la sostuve en el aire, la arrastré por paredes y techo mientras se desangraba como un animal degollado... Su muerte fue una obra de arte. ¿Era consciente Tina de que, al morir así, se estaba redimiendo de la miserable pequeñez de su existencia anterior? ¿Se daba cuenta de que por una vez estaba colaborando en algo grande, mucho más grande de lo que su limitada imaginación habría podido llegar a concebir?
Recuerdo más vagamente a la niña de la falda con el peto... ¿Quién era? ¿Cómo se llamaba? ¿De qué manera facilité su integración en lo absoluto? Y esa oreja cortada... ¿era de un hombre o una mujer, ¿de una persona de raza blanca o negra? Aquí me veis, con mis Lucky Strike y mi botella de vino y la certeza de que todos esos recuerdos van poco a poco desdibujándose. ¿Qué otras inscripciones tendría que hacer en la madera para retenerlos? ¿Cuántos detalles tendría que escribir para asegurarme de que esos recuerdos me seguirán acompañando hasta el final?
El fuego, el dolor físico, la muerte no son para tanto. Lo peor es esto, la vejez. Lo peor son todas estas horas que, entre vaso de vino y vaso de vino, entre cigarrillo y cigarrillo, se consumen en este inútil combate contra el olvido. A mi edad, ya nada me entretiene. Nunca me ha gustado leer, nunca me han divertido la televisión o la música, jamás he sido capaz de aguantar más de diez minutos viendo un espectáculo deportivo. Lo único que aliviaba mis largas horas de soledad eran los recuerdos, y cada vez me quedan menos y son más confusos. ¿Qué había pensado que tenía que hacer para preservarlos? Ah, sí, grabar sobre el tablero de madera algunas palabras clave. Palabras como Tina, peto, oreja...
¿Oreja? ¿Por qué tendría que recordar algo referente a una oreja? Y peto... ¿Qué demonios es un peto? Menos mal que la palabra Tina aún sigue teniendo algún significado. Era de noche. Tina llevaba puesta una camisa de hombre. Una camisa blanca con rayas muy finas. En algún momento aparecí ante ella y levanté los brazos, que crecían y crecían sin parar y conferían a mi silueta un aspecto monstruoso. Ella echó a correr. La seguí. ¿Y después? ¿Después qué? Empecemos otra vez. Era de noche. Tina. Camisa. Aquí me veis, con mis Lucky Strike y mi botella de vino, tratando de recordar la muerte de una chica de la que ya ni siquiera en Springwood se acuerdan... ¿Por qué yo, un ser sobrenatural que nunca ha estado sujeto a ninguna de las leyes de la física o la biología, tendría que sucumbir ante algo tan intrascendente como un simple recuerdo? ¿Cómo puede ser que alguien capaz de viajar entre las diferentes dimensiones de la existencia carezca de la modesta y elemental habilidad de los humanos de regresar al pasado a través de la memoria?
Otra vez. Tina. Era rubia. ¿Rubia? Llevaba puesta una camisa. Una camisa de hombre. Una camisa blanca con rayas muy finas. ¿Con rayas? La acorralé. Para asustarla me corté un dedo. ¿Qué dedo? El meñique. De repente, estamos ya dentro de casa y le he clavado mis cuchillas dejando cuatro regueros de sangre. Había un chico con ella. Un chico en ropa interior que gritaba su nombre... ¿Su nombre? Sí, claro, Tina. Gritaba: ¡Tina, Tina! Y a mí él no podía verme mientras yo la zarandeaba en el aire y la estrellaba contra las paredes y el techo, y luego, ya completamente envuelta en sangre, la dejaba caer a peso muerto sobre la cama...
Antes se me ha ocurrido una idea para retener estos recuerdos. Se me ha ocurrido que podría grabar algunas palabras en la superficie de la madera. Palabras como Tina. Aquí me veis, con mis Lucky Strike y mi botella de vino y mis trucos para retener los recuerdos. ¿Había otras palabras o era solo esa, Tina? Y si había otras palabras, ¿cuáles eran? Me aferro a esa última palabra, Tina, y a ese último recuerdo. Era rubia. Era guapa. Llevaba puesta una camisa. ¿Qué tipo de camisa? ¿De qué color? Aquí me veis, con mis Lucky Strike y mi..., y cada vez tengo menos claro lo que significan la palabra color y la palabra camisa y la palabra Lucky y la palabra Strike y la palabra recuerdo y la palabra palabra...

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