North Bergen, New Jersey
23 de enero
Hoy es mi cumpleaños. Llegué a los 86. Larry y Gordon pasaron por mi cuarto. Me dieron una palmada en la espalda y después de estar una hora en silencio, se largaron. Desde que me caí por las escaleras, camino muy poco, apenas me levanto de la cama para ir al baño. Otras veces me asomo por la ventana, pero ya casi no lo hago. La última vez me tocó presenciar un espectáculo inmundo. Dos adolescentes se besaban. Sus labios parecían babosas. Corrí la cortina cuando ella empezó a lamerle la oreja al otro simio. A mediodía le di unos billetes a Kumar, el pakistaní que limpia los corredores, para que me comprara langostinos picantes y chop suey en Rainbow, el restaurante chino de la esquina. Desde que tengo memoria, he celebrado mi cumpleaños con la misma comida. Mis hermanas la odiaban. Siempre que acabo de comer, lavo los cubiertos y los guardo en el cajón de mi mesa de noche. Así puedo llevar la cuenta de los años que llevo aquí. Con el de hoy sumo nueve cuchillos de plástico. El mensaje que me salió en la galleta de la fortuna me hizo reír. Hace meses que no me reía. Decía: “El camino es largo y la dicha no tiene fin”. Cuánto daría por haber muerto joven, pero no, aquí estoy, entre orines, pedos con olor a coliflor, muelas podridas y el perfume barato de Rachel y Mina, que no dejan de sonreírme en la cafetería. A veces me dan ganas de torcerles la tráquea, pero ya no tengo ánimos ni para cagar.

17 de febrero
Ayer me acordé de cuando trabajaba vendiendo zapatos en Winemucca. Debía tener 35. No fue una mala época. Por un tiempo dejé de ir de un lado a otro y conseguí algo de estabilidad. Años antes pasé meses horribles, llegué incluso a vivir de las monedas que olvidaban los jugadores en las máquinas de póker de Reno. El administrador de Monica’s nos obligaba a llevar saco y corbata. Así se llamaba el almacén de zapatos. Ya nadie se viste de saco y corbata para atender en los almacenes, es una pena. Con mi primer sueldo compré una corbata vinotinto, otra gris perla y unas mancornas doradas con una diminuta piedra negra incrustada. El reflejo de las luces de la tienda sobre ellas me hacía sentir eufórico ante mis clientes. Sabía que no paraban de mirar mis muñecas cuando los ayudaba a calzarse. Me habría gustado acostarme con la señora Patrick. Cada vez que iba a la tienda mi corazón se revolcaba como un sapo en las manos de un niño. Tenía un gusto exquisito para los tacones, se llevaba hasta cuatro pares en un solo día. Me preguntaba: ¿Qué tal me quedan, se ven bien cuando camino? Y entonces empezaba a contonearse de un lado para otro. Su culo parecía una campana; iba de aquí para allá. La preciosa señora Patrick, con sus hombros llenos de pecas y su pelo rojo. No sé qué le pasó. Alguien me dijo que una tarde simplemente desapareció. Cuando salió de su casa, le dijo a su esposo: “Martin, voy a comprar unas sandalias, se acerca el verano”. Eso fue todo. Un compañero la vio por última vez en un parqueadero. Me dolió un poco no poderla atender una vez más, pero así es la vida.

5 de abril
No deja de llover. En las noticias dijeron que lloverá hasta mayo. Odio al tipo que da la previsión del tiempo. Es un mamarracho que no deja de parpadear. No entiendo quién lo puso allí. Si por mí fuera, hace rato habría desaparecido. Anoche soñé con él. Me miraba y chillaba como una hiena. Después le salían plumas negras de la frente. Desperté lavado en sudor. Sudé tanto como la noche que corrí tres kilómetros para huir de un detective que me descubrió en Fort Collins.

12 de abril
Llueve. Llueve. Llueve.
Una canción me alegra por unos minutos. La pusieron en la radio. Es un himno de mi juventud: Highway To Hell de AC/DC.

25 de junio
Hace un buen tiempo no escribía en este cuaderno. No estaba de ánimo. Desde hace semanas me levanto y me acuesto deprimido. Creo que todo tiene que ver con la tarde en que me estaba cortando las uñas. Como mis ojos ya casi no sirven, me rajé el índice de la mano derecha con las tijeras. Empezó a salir mucha sangre y me aterró. Sí, la sangre me aterró. Me aterraron las sábanas manchadas y mi camisa llena de gotas rojas. Es terrible volverse viejo. Ojalá pudiera matarme. Mis órganos piden compasión y mi respuesta es seguir vivo. Soy un desalmado.

4 de julio
Todos están en la terraza viendo los fuegos artificiales. Desde el techo se alcanza a ver Manhattan. Nunca me ha gustado Nueva York. Antes de llegar a este moridero, viví un tiempo en esa puerca ciudad. Trabajé vendiendo películas pornográficas Royal Sin, en la octava avenida, cerca del Port Authority. Era eso o vender maní en la calle. Un día llegó un loco y se puso la máscara que yo llevaba de joven y empezó a masturbarse en un corredor. Los otros vendedores lo sacaron a la calle y lo agarraron a patadas. Antes de que se fuera cojeando lo escupí. Me quedé con la máscara. La tengo debajo de mi colchón.

15 de julio
Otra vez pasó por aquí el enfermero que le ayudaba al doctor Loomis en el centro psiquiátrico donde estuve recluido. Cada tres meses viene a visitar al hombre que cuidaba el jardín de sus padres. Se llama Warren y es un negro que debió ser gigante. Ahora apenas si puede tragar la papilla que nos dan. No entiendo cómo no me reconoce. He pasado dos veces frente a él para ir a la sala de televisión y siempre me saluda educadamente como si yo fuera un veterano de la guerra o algo así. En Toledo, el pueblo de Florida donde pasé unos años limpiando piscinas, me crucé de frente con el doctor Louis en un Walmart. Estaba con su mujer, otra anciana con una piel de lagarto. Me señaló con el dedo y trató de decirme algo, pero antes de abrir la boca se le olvidó. El pobre hombre debía tener alzhéimer. Les ayudé a meter los paquetes en la camioneta y les di mi bendición. Habría sido agradable hablar con Loomis de los viejos tiempos. Tratar de explicarle una vez más que no sé muy bien qué pasó cuando tenía 6 años y por qué vomito si veo un paquete de dulces.

3 de agosto
Me volví a cagar en los pantalones. Siento mucha pena por la muchacha que tiene que limpiarme. Es una dominicana de ojos grandes que no se merece este infierno. Podría liberarla de su sufrimiento aunque hace muchos años no le hago ese favor a nadie. La última vez que lo hice fue en Búfalo. Era un canadiense. Un muchacho rubio con los brazos llenos de piquetes de aguja que me pidió dinero para desayunar. Lo llevé hasta el cuarto donde vivía con la excusa de darle algo de comer. Después tuve que limpiar el baño con lejía, y durante varias madrugadas salí a botar bolsas de basura a descampados a las afueras de la ciudad. Regresaba exhausto de mis caminatas nocturnas, con las rodillas adoloridas. Ese día me di cuenta de que me estaba volviendo viejo y lo mejor era parar. Aunque quizá ayude a Jenny. Así se llama la dominicana. Voy a pensarlo. Tengo mucho tiempo para pensar.

22 de agosto
Rachel y Mina no dejan de invitarme a jugar cartas con ellas. Ya les he dicho que no me gusta, que detesto los juegos de mesa. Voy a hablar con el director. Debería prohibirles que se maquillaran de esa forma tan escandalosa. Por dios, tienen 80 años. Anoche a Rachel se le desprendió una de sus pestañas postizas durante la cena. Pasó toda la noche con esa cosa medio colgándole y nadie fue capaz de decirle nada. La pestaña estuvo a punto de caer en la sopa. Fue un espectáculo horrible.

31 de octubre
Llegó la hora de acabar con Rachel y Mina. No las soporto.

1 de noviembre
Ayer, cuando aparecí por la cafetería con el caminador que me dejó Warren y uno de mis cuchillos en la mano, todo el mundo empezó a reír y después aplaudieron. Me han roto el corazón. Por fortuna llevaba la máscara puesta y nadie vio mis ojos encharcados. El camino al infierno es largo y la dicha no tiene fin.

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