En ese instante, el dolor la doblegó y con las manos muy tensas sobre la mesa de la cocina pudo sostener el cuerpo que ya no sentía nada, porque todo le estaba sucediendo en la cabeza. Pasaba -y no lo sabía ella ni lo sabía nadie- que en la pared de un vaso arterial que llega al cerebro se le había formado una burbuja que se llama  saco aneurismático y la presión de la sangre impulsada desde el corazón y oxigenada en los pulmones le había roto la pared de la arteria.
Una fisura de tal vez un milímetro, incluso menos quizás, era todo el origen de este dolor que fue como una larga punzada ardiente, como si se ensañaran sobre ese universo microscópico del cerebro mil cuchillos a la vez. Quién sabe. Nadie sabe.
Así la encontró María Cristina, la hija. Y Ponciano, el esposo, también la encontró así cuando salió de la ducha a mil y a mil llegó a la cocina en donde ya se había vuelto trágico un viernes -el viernes 7 de octubre de este 2005- que no había ni siquiera despuntado, que todavía ni siquiera se había puesto blanco ni mucho menos azul, porque apenas iban a ser las cinco de la mañana.
Lo único que alcanzaron a oírle a María Victoria Morales, 52 años, profesora de lengua castellana, fue un desgarrado y muy entrecortado "no me puedo mover", que era evidente. Estaba ahí, rígida, con una expresión de dolor muy profundo en la que también había un atisbo de asombro, más dramático que el que ya tenían su esposo y su hija cuando llegaron a la cocina.
Ni ella -doblegada y que ya no emitía ningún ruido-, ni ella ni ellos sabían que el accidente cerebral como el que le estaba ocurriendo era el motivo de la rigidez inverosímil de su cuerpo, que se había vuelto muchas veces más pesado. La ruptura de aquella arteria en aquel punto ínfimo del insondable cerebro le había formado un hematoma que ya cubría una parte minúscula de la masa encefálica y toda esa calamidad le había bloqueado en segundos la neurona motora superior.
De ahí su peso. De ahí la dificultad de Ponciano para llevarla, inconsciente, hasta una silla de la sala mientras se preguntaban qué hacer y llamaban médicos y pedían ambulancia. Y los tres -Daniel, el hijo ya se había sumado a la angustia del apartamento 601 de este edificio en el occidente de Medellín- trataban de entender lo que no entenderían sino mucho después y eso que aún después les cae como en cascada la inexplicable fatalidad que los agobia con esa sucesión de preguntas de por qué, por qué.
Llegó el médico, entró el enfermero, parqueó la ambulancia. La bajaron hasta el primer piso sentada en una silla porque la camilla no cabía en el ascensor, qué desespero; no cabe en el ascensor, qué angustia; no cupo en el ascensor. Del edificio con porteros somnolientos y con algunos vecinos sobresaltados por los ruidos del drama, de allí, al área de emergencia de la Clínica Las Américas hubo nada más que cinco minutos de calles recién llovidas y vacías, aunque les parecieron treinta minutos, aunque les parecieron dos siglos, antes de llegar y antes que se la llevaran por esa puerta batiente que se traga a los pacientes urgentes hacia las radiografías y hacia los quirófanos y hacia los médicos internistas, mientras las incertidumbres quedan impotentes y postradas en estas hileras de asientos de cuero falso, bañadas por una luz de neón que es helada y envueltas en un silencio espeso de preguntas que no se hacen, de respuestas que no se dan.
La próxima vez que la vieron fue como ocho horas después. María Victoria -Mavi- no era entonces la mamá ¿habrá que decir todera?, la mamá todera que desde las cuatro y media de la mañana revolcaba como un ventarrón el aire del apartamento al ir, entrar, abrir, venir, cerrar, hablar, poner, despertar, sonreír, prender, cerrar, preguntar, guardar, instruir, apagar, regañar, hacer, servir, responder, sacar, bajar, tender, quitar, abrir. Lavar y aplanchar.
Había dejado de ser todo eso y también había dejado de ser la esposa decisiva que impulsó casi con obstinación la idea del cambio de casa hasta convencerlos a todos; vender este apartamento, cómo les parece, y pasarnos a vivir por los lados del estadio que es más fresco, que es más amplio, que queda más cerca de todo y hay más gente y más bulla que es lo que me gusta, ¿cierto María Cristina?, a María Cristina también, y a ustedes dos, a los hombres, también les va a gustar más, seguro.
Los había convencido, como siempre; hágase tu santa voluntad, como siempre, y como vencedora airosa de la idea del cambio de apartamento habían encontrado comprador y acordado los términos, incluidos todos los sellos notariales y como se llame eso de la escritura de compraventa; fotocopia autenticada de la cédula aquí está, avalúo catastral téngalo; ¿impuestos de timbre?, impuestos de timbre pagados, y etcétera, etcétera, etcétera, para con todo listo como estaba firmar el negocio al medio día de hoy, de este viernes desdichado en el que todo quedó patas arriba, porque María Victoria no.
María Victoria ahora no eso; no aquello tampoco de mamá pendiente también del rumbo del estudio de octavo año de Daniel; no vigilante, no ayudante, no supervisora de tareas, de ejercicios, de exámenes futuros; no confidente, no cómplice de María Cristina en la empinada cuesta de su vida y de su estudio universitario de administración turística. Nada de eso ahora. No eso ni profesora de idiomas de alumnos con dificultades de aprendizaje de quienes rindió ante las directivas del colegio un arduo informe aquel día, tres días antes de que el saco aneurismático le explotara en su cerebro; aquel día cuando le sobrevino un intempestivo y demoledor dolor de cabeza que no le duró mucho, pero que fue intenso y que, sin que ella lo supiera nunca ni lo sospechara nadie siquiera, era un aviso rotundo de que la pared de una de sus arterias cerebrales estaba creciendo y eso afectaba los nervios y eso producía ese dolor en la cabeza que no duró mucho, pero qué dolor.
Tres días después -en la madrugada del viernes después-, estaba en la cocina de su apartamento cuando reapareció el horror y la doblegó. Y ocho horas más tarde, María Victoria Morales está en coma, con pronóstico oscuro, en una sala de cuidados intensivos. Es ahora eso -una paciente en estado de coma, con pronóstico oscuro, recluida en una sala de cuidados intensivos-y nada más que eso, incertidumbre, desolación e incertidumbre, y un arsenal de recuerdos de toda la vida como los que tiene Ponciano, Ponciano Castro, su esposo desde hace 26 años, quien la conoció en la biblioteca de la Universidad Bolivariana cuando él buscaba textos para desatrasarse de clases perdidas y ella, toda querida, le ayudaba a encontrarlos porque conocía bien la biblioteca, porque allí trabajaba.
Ponciano perdía clases de ingeniería mecánica, de la que era alumno, porque era también futbolista. Profesional. Entonces tenía que entrenarse y viajar, entrenarse, viajar y jugar por la punta izquierda del Medellín, del Millonarios, del Pereira, de la selección Colombia, ahí va Ponciano Castro, veloz, elude a uno, gambetea a otro, le hace daños a la defensa contraria, llega hasta la raya, mete el centro. Así que tenía que estudiar a destiempo y ahí estuvo María Victoria para ayudarle, para sonreírle, para enamorarse, para enamorarla, para casarse, para cazarla.
Y para acompañarla ahora en el trance jamás pensado de saberla en coma y de verla cruzada por cables y tubos y agujas en una cama coronada por dos pantallas que emiten señales azules, amarillas, rojas, verdes. Un artefacto que parece una consola emite un ultrasonido que manda una señal a la arteria de la ruptura para medir la presión y la velocidad de la sangre en el cerebro. Está conectada a una ecografía transcraneal para chequear sin pestañeos si el vaso del cerebro tiene vaso espasmo; uno de los monitores muestra la frecuencia cardiaca, otro canal permite ver la presión venosa central y aquel otro, la oximetría del pulso para saber cómo está el oxígeno en la sangre. Tiene un tubo orotraqueal por el que se le facilita la entrada de oxígeno y de gases para el intercambio gaseoso pulmonar; una sonda que va a la vejiga; tiene una sonda gástrica para alimentarla, bolsas de infusión, bolsitas de infusión en donde le ponen las drogas que se le aplican por las venas; un catéter por debajo de la piel que conecta con el sistema venoso central que va a la vena cava que queda a la entrada del corazón. Y un catéter que va en un brazo por dentro de la piel hasta la arteria y mide siempre la presión arterial.
Esa urdimbre de aparatos, algunos de los cuales suenan intermitentes o seguidos, algunos otros mudos, eso hace una sala de cuidados intensivos, más la mirada sin descanso de un cúmulo de enfermeras que entra y sale, de médicos internistas que van y vienen y revisan y chequean, de neurólogos y de cardiólogos que leen las claves obtenidas a través de la tecnología, la asimilan al conocimiento del que se han nutrido toda la vida y después la humanizan para decírselas cuando llegan, como llegan Ponciano, María Cristina y Daniel a preguntarle, doctor Lalinde, qué, cómo está, qué sigue, puedo entrar, le duele, qué, qué, qué.
Porque lo que más hay son preguntas. De ellas están pobladas las horas lentas de esta familia cuyo corazón está en coma. De ellas -de preguntas- que no obtienen respuestas está lleno el tiempo de las salas de espera alumbradas por la luz helada del neón que ya conté y cubiertas con el bullicio del sonido insólito de un televisor distante y de los susurros de los vecinos de espera que también esperan que el destino les diga que no era cierta la pesadilla que padecen. 
Respuestas, pocas. No hay respuestas arriesgadas ni pronósticos alentadores de parte de un cuerpo médico que no puede afligir con anticipación, pero tampoco esperanzar de manera prematura. Por eso son escuetos. O pedagógicos, si se les pide, cuando señalan en un encefalograma dónde el vaso, dónde la arteria, cómo el hematoma, pero es que los dolientes de un entierro sin cadáver agradecen las explicaciones, claro que sí, aunque no las entiendan por la angustia y porque lo que están esperando son respuestas concretas a los infinitos por qué, por qué, por qué.
¿Y Dios? Dios tampoco responde. Pero le llega el turno de las preguntas, a la manera de cada uno, en la dimensión de la convicción de cada uno, de las íntimas plegarias que hace cada uno de los tres familiares de María Victoria, que se turnan para entrar a verla todos los días a donde se le brinda el cuidado intensivo de una paciente en coma. Y la ven, atiborrada de tubos y de sondas. La ven que de pronto abre los ojos o hace un movimiento sin coordinación pero movimiento al fin, lo que es una novedad que es una esperanza, aunque para los médicos sea un mero reflejo salido de un cerebro que por ahora no está en funcionamiento.
Y el ahora va para largo. En el mientras tanto, la vida sigue rauda. Al colegio, Daniel tiene que ir y va; en la universidad, a María Cristina le esperan exámenes, y se los hacen; en el Metro de Medellín está la oficina de ingeniero de Ponciano, y acude. Hay que mercar y van los tres; hay que pagar recibos, mandar a lavar la ropa, acostarse, levantarse. Seguir. Volver al orden roto sin la irremplazable, remendado con lágrimas y tejido con la expectativa de no saber por cuánto tiempo, de no precisar hasta cuándo esta sensación de vacío. 
En el caso de María Victoria Morales Estrada, 52 años, profesora de lengua castellana, esposa de Ponciano Castro, mamá de María Cristina y de Daniel, el pronóstico es que estará en estado en coma quién sabe cuánto, veinte días, quizás un mes, quién sabe, antes de conocer las consecuencias que le dejará lo que se sabe que le pasó en la madrugada de aquel viernes de octubre: la arteria cerebral, la burbuja, el dolor que fue como una larga punzada ardiente, el aneurisma, la ambulancia, la hospitalización, los catéter, las sondas, el ultrasonido, el vaso cerebral, la tristeza, las preguntas, la incertidumbre.
La perplejidad de la vida suspendida.

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