La vida no había sido fácil para la familia Robles.

Blancanieves arrastraba la desgracia desde la temprana edad de quince años, a la muerte de su madre, con el odio de su madrastra. Y los refugios a las intemperies del destino no la habían vuelto más afortunada a la hora de iniciar una relación estable con el príncipe Robles.

La prolongada convivencia de Blancanieves con los siete enanos había desatado en el pueblo una serie de habladurías que tardaban en diluirse.
En los primeros meses, embriagado de amor, el príncipe no reparó en el pasado de Blancanieves. Pero con la saciedad de los sentidos y el asomar de la rutina, los diálogos derivaron hacia penosas recapitulaciones.

La joven primero intentó responder con calma. Pero al ver que su marido no hacía más que enfurecerse, estalló en lágrimas. Al príncipe esto le pareció una confesión de culpa.

Blancanieves siguió clamando inocencia, hasta que Adalberto, poseído por una súbita lujuria, resignó sus demandas.

El sexo y el amor no eran para ella asuntos plácidos: su desdicha había comenzado cuando su padre se enamoró, por lujuria, de su madrastra.
Siete veces la interrogó el príncipe, furibundo, extralimitado; hasta que Blancanieves le sugirió concurrir juntos a un mago que leía el pasado y el futuro, sin revelar sus identidades. El mago confirmó, tal como el príncipe había comprobado, y como Blancanieves aseveraba, que la joven se había casado virgen. Que de la cuna al ataúd, y del ataúd a la cama nupcial, ningún otro cuerpo había yacido sobre el de Blancanieves más que el cuerpo del príncipe.

Por un tiempo pareció Adalberto aplacarse, pero a los pocos meses evocó otro actor de aquel drama: el cazador al que la reina-madrastra había ordenado ultimar a la joven.

—¿Por qué te perdonó? — cuestionó Adalberto.

—Se apiadó de mí —respondió Blancanieves, esta vez temiendo el temporal desde el inicio—. Yo era muy joven.

—Sí, muy joven —gritó el príncipe—, muy joven y muy puta… ¡Consiguió el corazón y el hígado de un cervatillo…! Pero yo sé bien lo que significa eso, que te desvirgó… ¡y de la peor manera!

—¡No! ¡No! —gritó Blancanieves—. Yo llegué pura a ti. Ese hombre solo me perdonó…

— "Ese hombre", ¿así lo llamas? "Ese hombre". ¿Qué le diste a cambio de que te perdonara la vida? ¡Tenías quince años, tu madrastra te envidiaba por tu belleza! ¡El cazador por fuerza debió pedirte tus primicias a cambio de tu vida!

—¡Te lo juro! —lloró Blancanieves—. ¡Solo se apiadó de mí!

—¡Pero no de tu virginidad!?

De haber tenido hijos, ella lo hubiera jurado por sus hijos. Pero ahora no tuvo más remedio que arrodillarse e intentar calmarlo como había creído entender.

Arribaron a un remanso de calma cuando Blancanieves quedó embarazada. La primera niña reconcilió al príncipe con su esposa. No era pasión, pero ambos profesaban por la primogénita un amor paternal que los unía. El príncipe quiso de inmediato asegurar la sucesión con un hijo varón.
Aliviada de haber encontrado en la maternidad un antídoto a los arranques enfermizos de Adalberto, Blancanieves recurrió a las artes de las mujeres para quedar embarazada a repetición.

El príncipe comenzó a alejarse del hogar, al punto de dormir en otros sitios para no soportar el castigo de amanecer en familia.

Si llegaba al mediodía, aprovechaba que los niños se hallaban con nodrizas e institutrices y se arrojaba a dormir, como si no hubiera dormido la noche anterior. No hablaba con su esposa. Cuando ella le preguntaba qué le pasaba, él respondía que se encontraba perfectamente hasta que Blancanieves lo hartaba con sus preguntas.

Una tarde Blancanieves se acercó a su marido, durmiendo la mona en la cama matrimonial, para despertarlo con caricias de esposa audaz, buscar el atajo perdido a su corazón. Pero en cuanto acercó la boca al cuello, descubrió un olor que la paralizó.

Primero no lo reconoció, y luego no lo pudo creer.
Corrió al establo y eligió la yegua más veloz. De haberla visto, ninguno de los siervos hubiera podido atestiguar que se trataba de ella: jamás había montado ese animal montaraz, y el modo en que lo llevaba por la llanura era más propio de un mensajero real, incluso de un soldado, que de una delicada ama de casa. Pero nadie la vio perderse en el final del mediodía.

Encontró el sendero que solo ella y su marido conocían, revelado por un mago ya muerto. Al final del pasadizo, protegido por maleza y alimañas, se hallaba la cueva. Lo que el matrimonio había llegado a llamar Museo.

Blancanieves apartó la maleza a machetazos. A un costado se hallaban, en formol, en un frasco, el hígado y el corazón del cervatillo, los sucedáneos de sus propios órganos, el truco que le había salvado la vida. En otro frasco de formol, mucho más pequeño, la manzana envenenada: separado el trozo que había quedado atorado en su garganta. El ataúd en el que había reposado, como muerta, hasta que el príncipe lo reclamó, tropezó y azarosamente logró liberarla del trozo de manzana envenenada. También las zapatillas de hierro, aquellas en las que obligaron a bailar a la malvada madrastra, al rojo vivo, hasta que murió con los pies en brasas.

Pero otro era el objeto que buscaba Blancanieves. Corrió al fondo de la cueva, tomó una piedra filosa y comenzó a cavar con ella. Sudó profusamente y la tierra se le adhirió al rostro. Cavaba con tesón, pero también con cuidado: no quería romper el tesoro. Finalmente asomó el marco. "¡Sí!", gritó para sus adentros Blancanieves.

Allí estaba, recubierto de un moho que lo volvía inocuo (remedio procurado por el fallecido mago), el espejo que había acompañado a la madrastra malvada hasta el último día de abominación. El espejo que había revelado la belleza superior de Blancanieves, que la había denunciado viva cuando la creían muerta. Ahora era suyo. Extrañamente, la única herencia que le había dejado aquella arpía.

Blancanieves quitó el moho con las mangas de su propio vestido. Las humedeció con saliva y siguió limpiando hasta que el espejo volvió a relucir. Escuchó el inequívoco sonido de que el objeto mágico revivía.

— Espejito, espejito —preguntó—, ¿quién hace más feliz a mi marido?

—Tú —comenzó el espejo, para gran alegría de Blancanieves; pero en cuanto estaba la joven por llorar de dicha, el espejito siguió:— le das calma, un hogar, eres la madre de sus hijos… Pero mi antigua dueña le brinda perversiones, le entrega lo que tú no sabes, y lo mantiene atado a su cuerpo con un fuego que desconoces.

Y en el mismo espejo se reflejó la imagen de su marido, el príncipe Robles, detrás de la malvada madrastra desnuda, con un cuerpo sorprendente para su edad. Pero no era el cuerpo lo que más destacaba en aquellas escenas insufribles, ni lo que derretía a su marido como no habían derretido las zapatillas incandescentes a la bruja, sino la expresión del rostro, su actitud maliciosa, su perdición… Adalberto se rendía como no lo había hecho siquiera en los primeros días de su amor.

Blancanieves destrozó el espejo contra la piedra filosa, pero recordó que ya su madrastra lo había roto, sin consecuencias. Aparentemente, nada terminaba en aquel reino: ni las vidas ni los objetos. Nada se rompía ni moría. Pero nada era bueno ni feliz. Se lanzó en una nueva loca carrera en la yegua salvaje, hacia el sitio que el espejo le había mostrado.

Encontró a los amantes entrelazados, su marido y la bruja.

—¡Pero tú estabas muerta! —gritó, ya resignada, sin escándalo, Blancanieves.

—Tú también —replicó la bruja—. ¿De verdad pensaban que un poco de calor en los pies podía terminar conmigo?

La bruja le mostró sus nuevos pies: eran prótesis de una extraña porcelana, que le permitía una movilidad bastante realista de cuatro dedos de cada pie.

El matrimonio no terminó. Blancanieves le permitió a su marido visitar a la bruja cuantas veces quisiera, con su anuencia. Se lo permitía como cualquier esposa le permitiría al esposo salir a beber algo con los amigos o a pescar. A los pocos meses, la bruja le resultaba tan aburrida a Robles como la propia Blancanieves. Pero Blancanieves contrató más institutrices y nodrizas, y dedicó las noches a dormir a solas con su marido, y los días a despertar a solas con su marido. Y desplegó sus trucos en el amor, y ella misma terminó por convencerse de que también le gustaban. Y en cuanto estuvo segura de que su marido ya no pensaba en la bruja, contrató a un sicario y mandó a decapitarla. No cometió el error de pedir sus órganos: exigió la cabeza y los pies de porcelana. Y los tuvo.

Nunca más consultó al espejo; que aún aguarda enterrado: roto o entero, ¿quién puede saberlo?

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