El 17 de octubre de 1999 tomé la firme decisión de entrar en celibato, lo cual implicaba no tener relaciones sexuales hasta que encontrara a alguien con quien realmente valiera la pena comenzar una vida sexual estable.
Lo hice porque estaba cansado de tener relaciones sexuales con una y otra persona. Y las tuve por montones, porque durante 14 años fui lo que la gente llama un adicto al sexo. El sexo era para mí una forma mecánica de satisfacer mi excitación y placer individual, pues no trababa vínculos afectivos. Gozaba el momento y, al otro día, "si te he visto no me acuerdo". Sólo puedo decir que me enamoré de tres personas, pero fueron relaciones marcadas por los celos y la posesión; incluso con una corrí peligro porque juró que me mataría por haber terminado esa relación.
Me convertí en un donjuán que olvidó algo con lo que soñaba de niño: amor de pareja, estabilidad. Y mis amigos alimentaban esta imagen de conquistador porque alababan cada una de mis hazañas en la cama. Me dejé enredar, comencé a gastar más de lo debido para hacer caer a mis 'objetivos' y, claro, a dedicar energía y cabeza únicamente al sexo.
Un día leí en alguna parte una frase que me marcó: "El que maneja el sexo, maneja el mundo", y quise ponerla en práctica desde el más positivo de los aspectos. Por eso hace cuatro años exactos no me acuesto con nadie. La renuncia al sexo no ha sido fácil, y más complicado el asunto si a ello se suma el hecho de que no falta quien se pone como meta hacerme caer y dar el brazo a torcer. Y he sentido ganas, muchas ganas, pero ha podido más la fuerza de voluntad y mi terquedad. Recuerdo una oportunidad en que salí a bailar con amigos y amigas y una de ellas, ya estando los dos entusiasmados por los tragos y por el baile cuerpo a cuerpo, me dijo que quería hacer el amor conmigo. Me mantuve en lo mío, y ella, seguramente por un amor propio mal canalizado, esa noche se acostó con otro y al día siguiente llamó a contarme. Pero nada.
El problema es que si a la gente le gusta tentarlo a uno, uno, que es débil, también propicia episodios de este tipo solo para probar la voluntad. Como en una ocasión que viajé a San Andrés y acepté la compañía de una persona a la que yo sabía que le gustaba pero que no ignoraba mi 'voto'. Vivimos momentos muy agradables, pero el hecho de no haber intimado, creó una barrera en nuestra comunicación, hasta tal punto que no he vuelto a saber nada de ella.
En estos cuatro años he estado a punto de mandar al carajo el celibato con, creo yo, unas quince personas, pero la cosa no ha pasado de ciertas maniobras manuales y de algunos besos muy calientes. La sensación es la de cualquier hombre que está excitado y recibe un "no": taquicardia, sudor, nerviosismo... y al rato un dolor profundo en los genitales. La diferencia es que cuando uno es el que dice "no", hay que lidiar no solo con lo físico sino con todo tipo de elaboraciones mentales. Lo que más me ha funcionado es poner la cabeza en otra parte, concentrarme en la charla de la pareja y no pensar mucho en su físico y, sobre todo, nunca pasar de tres cervezas con nadie. Y, sí, la mayoría de la gente, como la niña de la noche de baile, no entiende, y lo insultan a uno, le dicen toda clase de palabras y lo clasifican de maneras que no quiero ni mencionar (alguien me dijo una vez, y me dolió, que yo debía empezar a pensar en la zoofilia). Es preferible no prestarles atención, porque
jamás entenderán la decisión que uno ha tomado.
¿Y lo bueno? He recuperado valores que había perdido, como el amor a mí mismo y hacia los demás, a quienes ya no veo como simples objetos del deseo. Entendí que, más allá del moralismo de ocasión, es verdad que nuestros sueños de felicidad corren peligro si uno anda acostándose sin una previa construcción psicológica adecuada, y que el sexo indiscriminado anula los sentimientos. Además, cuando uno no llega a la penetración, disfruta más de todo ejercicio previo, así que hoy valoro lo que siento en la piel, lo que puedo hacer con las manos y lo que me gusta que me hagan en piernas y pies.
Hoy en día tengo una novia maravillosa con la que me casaré en dos meses y comenzaré una nueva vida sexual, con nuevas experiencias basadas en el amor. Será para toda la vida. Estoy listo para volver a la cama.

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