"¡Qué va!", para unos. "Chévere", para otros. "Normal", para una minoría que puede ser considerada mojigata, tradicionalista o conservadora (pero no de los azules), o zanahoria. en fin. Creo que lo primero es decir que la mayoría de la gente está equivocada cuando se plantea esto de la vida sin sexo. Yo, Alirio López, sacerdote, tengo vida sexual. No es un delito tenerla; todos tenemos derecho. Hoy mismo, antes de escribir este testimonio, la experimenté: cada vez que tuve una relación interpersonal viví una excelente relación sexual. La tuve al saludar a una secretaria de la Alcaldía, al dar la mano en la calle a un viejo amigo, al tener -en el mejor sentido de la palabra- un roce con alguien en el ascensor. en todos esos episodios previos a sentarme frente al computador, observé mi cuerpo o el cuerpo de alguien como presencia, como comunicación o como expresión. Eso es sexualidad.
Ahora, sucede que yo no concibo la sexualidad de la cintura hacia abajo, como hacen muchos. Si fuera esa mi postura, seguramente no podría tener, como tengo, una vida serena y tranquila. Yo soy un ser sexuado, repito, y las emociones que puedo experimentar no las siento únicamente en un lugar determinado de mi cuerpo. Pienso en una gran cantidad de personas, hombres y mujeres, que no pueden vivir sin tener relaciones genitales, incluso unos que diariamente necesitan no una sino muchas (insaciables). Claro, hoy la ciencia y los expertos en estos temas dicen que es muy importante tener ese tipo de sexo diariamente porque previene los infartos, aumenta la confianza entre parejas, hace crecer la seguridad en sí mismo (no la seguridad en contra de los que atracan y secuestran) y, ante todo, canaliza agresividades y el famoso estrés, tan de moda en estos tiempos. Lo único que puedo decirles a ellos es que estoy tan propenso a los infartos como alguien que se acuesta con otra persona tres o cuatro veces por semana, que mantengo fuertes relaciones de confianza con quienes me rodean, que no me ha faltado nunca tranquilidad para cumplir con mi tarea y que hay docenas de maneras mejores de canalizar eventuales brotes de agresividad, que la simple genitalidad.
Ojo, no soy experto en esto, ni estoy dando consejos, Dios me ampare. En conclusión, vida sin sexo, claro que sí, y no somos mojigatos, ni gallinas, ni zanahorios. Somos lo que tenemos que ser: normalitos. Unos, amantes del fútbol -como es el caso mío- y, otros, amantes de la vida y del deporte, y no solterones amargados o resentidos.
¿Quieren que les cuente qué le pasa a un hombre o a una mujer que jamás en la vida han sostenido relaciones genitales? ¡Nada! No baso mi criterio de felicidad solamente en esta área. El sexo me da identidad sin necesidad de relaciones sexuales o coitos. La genitalidad no es todo, es sólo una parte del sexo. La vida sin sexo no me ha parecido ningún infierno. No produce ni cáncer, ni enfermedades, ni traumatismos. La vida sin sexo también produce risa, productividad y competitividad de corazón. Un corazón grande para amar, y dispuesto siempre a comprender y a formar.

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