EL PUEBLO
El reloj de pared en la sala de Pedro Pablo Laguna marca la una, pero son casi las cuatro de la tarde. Hace un calor sofocante que él soporta desde una silla plástica de la que cuelga su única pierna, pues la otra se la amputaron cuando tenía 95 años.
Pedro Pablo, de 99, es el hombre más viejo de Usiacurí, un pueblo que hierve a 38 kilómetros al sureste de Barranquilla, en el que no se registra una muerte violenta hace más de diez años, no hay carros ni alcantarillas, llueve al tiempo que hace sol y hace dos semanas se apareció la Virgen.
Como el reloj de pared, el pueblo parece suspendido en otra época. Sus casas de color pastel están abiertas de par en par, y la gente, en su mayoría, se dedica a tejer artesanías de palma de iraca. El transporte público, que hasta hace poco era el lomo de los burros, fue reemplazado por mototaxis. Hay una comisaría en la que trabajan los policías menos estresados del país, pues no hay bancos que robar ni ladrones que perseguir. El efectivo, que se consigue en los pueblos vecinos, es la única forma de pago y la gente lo atesora debajo del colchón.
Al mando de los 18 policías del pueblo y con una barriga de seis meses de embarazo está la subcomisaria Érika María Cruz. Ella asegura que su trabajo es de tipo preventivo, porque el pueblo es muy pacífico. “Este año no hemos registrado ni un robo. A veces hay peleas, no voy a decir que no, pero son hechos aislados… por eso, los policías que trabajamos acá vivimos muy amañados”.
Y es que Usiacurí, aunque es un pueblo costeño, parece del interior. Reinan el orden y el silencio y no se sienten la algarabía ni los decibeles propios de la región. En su plaza principal siempre está Bienvenido de la Hoz, un moreno sonriente y diminuto, de ojos oscuros con borde azul, que se encarga de recibir a los curiosos para contarles las historias fantásticas que ocurren ahí, como que hay unos pozos con aguas medicinales que curan a los enfermos, a las que fue a parar el poeta Julio Flórez en 1909, acosado por una extraña enfermedad. ?Pero además de los pozos y de una visita al hombre más viejo del pueblo, el tour de Bienvenido tiene por estos días una parada adicional: la casa de Emilia Hernández, una matrona de 86 años, de ojos azules y trenza gris hasta la cintura, que parió 14 hijos y ha visto morir a dos. Desde hace cuatro años, Emilia le reza a la Virgen para que Judith, la única de su prole que vive con ella, se cure del cáncer que le ha atacado diferentes partes del cuerpo y que últimamente decidió posarse en el pulmón derecho. El lunes 14 de mayo sintió que su oración había surtido efecto.

EL MILAGRO
Era mediodía. Carolina Cera, nieta de Emilia y sobrina de Judith, había llegado temprano del colegio, y mientras ellas terminaban de almorzar, se sentó en las escaleras del patio trasero de la casa. De repente, empezó a ver que en una hoja de plátano frente a ella se formaban dos manchas amarillas, como si una luz las coloreara. Al cabo de dos minutos se habían dibujado dos figuras que la hicieron estremecer. “¡Abuela, se apareció la Virgen en la mata de plátano!”, gritó.
Inmediatamente, las dos mujeres saltaron de sus asientos para ver de qué se trataba y se persignaron cuando vieron lo que, sin asomo de dudas, les pareció ser una imagen sagrada. “Yo quedé muda, bendito Dios —dice Judith en voz baja—, porque si tú miras, la hoja no está quemada, en el plátano todas las hojas están verdes y la aparición salió en la más larga de todas, la que mira hacia nosotros”.
Conmovidas, corrieron en busca de estampillas e imágenes religiosas para definir de quién se trataba. Después de cotejar formas y contornos, llegaron a la conclusión de que eran la Virgen del Carmen, a la derecha, y el Sagrado Corazón de Jesús, a la izquierda.
Una vez confirmado el milagro —por ellas mismas—, improvisaron un altar con velas y flores debajo de la hoja, e inició la peregrinación de los usiacureños, que duró toda la noche y el siguiente día. Por 24 horas, la casa de Emilia fue el epicentro del municipio. El teléfono no paró de sonar y las llamadas de medios de comunicación españoles y estadounidenses las hicieron sentir que el mundo entero se había detenido para contemplar su milagro.
Todo el pueblo se agolpó en el patio de la casa para ver la aparición: adultos y niños salían convencidos del milagro, y los que fueron de noche volvían al día siguiente para confirmarlo. El único que se negó a ir fue Gerardo Niebles, el párroco del lugar. Su negativa causó todo tipo de reacciones, al punto que algunos se atrevieron a decir, a manera de insulto, que el cura no creía en la Virgen. Otros, más comprensivos, consideraron válido el argumento que dio a los medios locales, cuando dijo que no podía dar un veredicto a la ligera, pues se requería de un estudio científico y teológico para probar una intervención divina de la Virgen en la Tierra.
El caso escaló hasta monseñor Víctor Tamayo, obispo auxiliar de Barranquilla, quien lo consideró insignificante. “Es más frecuente de lo que la gente se imagina. A mí a cada rato me llegan con que vieron a la Virgen en una taza de café, en una pared, un papel o cualquier cosa. Nosotros, como representantes de la Iglesia, no podemos dar fe de esas situaciones, que muchas veces son simples figuraciones y en algunos casos, incluso, formas de estafar a la gente”.
En efecto, es más común de lo que parece: en Fusagasugá, la Virgen apareció en una hoja de cebolla; también la han visto en un baldosín a la entrada del Hospital de Kennedy en Bogotá; en un espejo en Apartadó; en un vaso plástico en Barahona, pueblo vecino de Usiacurí; en una ventana de un batallón del ejército en San Vicente del Caguán, y en otra en el Parque Informático Carlos Albán de Popayán; en la pared de una casa en Manizales, después de que una mariposa entró y estampó la imagen al doblar sus alas, y en muchos lugares más. Y así como las apariciones son usuales, también lo es la negativa de los curas a dar un veredicto sobre ellas.
Judith, sin embargo, no necesitó de la aprobación clerical para que sus vías respiratorias, que antes le molestaban por culpa de la enfermedad, empezaran a destaparse en el acto mismo e irrefutable de la aparición. Incluso, quiere someterse a una radiografía de tórax antes de reanudar sus sesiones de quimioterapia, porque está convencida de que ese tratamiento resultará innecesario en un pulmón sano como el suyo.
Pero los médicos, en tierras menos fantásticas que Usiacurí, son escépticos frente a este tipo de curaciones. Patricio García, psicoanalista, señala que esa sensación que manifiestan las personas cuando creen haber sido curadas por un milagro tiene una explicación científica relacionada con la programación mental que realiza la persona, lo que le permite sentir una especie de alivio sin que por ello la enfermedad haya desaparecido.
Así mismo, el hecho de reconocer imágenes (religiosas o de otra índole) en objetos, sin que tales figuras realmente existan, ha sido considerado un fenómeno psicológico que los científicos llaman pareidolia, y que se explica como una percepción equivocada de lo que se está viendo.
Pero a Emilia ese tipo de explicaciones científicas la tienen sin cuidado; está agradecida por el milagro sobre su hija y por otros beneficios que le ha concedido la Virgen, a quien le debe una misa de agradecimiento que no ha podido ofrecer por falta de recursos, pues cuesta 30.000 pesos que deben pagarse por anticipado en la casa cural. “La gente no me ha regalado la plata —dice Emilia, indignada—, porque no me creen que es para una misa, quién sabe en qué piensan que me la voy a gastar”.
Y mientras el pueblo anda conmovido con el milagro de la hoja de plátano, el reloj de Pedro Pablo Laguna sigue marcando la una, aunque son casi las seis de la tarde. Los altoparlantes de la iglesia, ubicada en la cumbre de una pequeña montaña, anuncian la hora santa y transmiten un rosario pregrabado. Los usiacureños se alistan para rezar y los forasteros, para irnos, pues a esta hora sale el último bus hacia Barranquilla por una vía que se llama La Cordialidad, que por 3200 pesos lo trae de regreso a la realidad.

EL TIEMPO NO CURA TODO
Aunque el tiempo parece no transcurrir en Usiacurí, han pasado tres meses desde la aparición. La Virgen del Carmen y el Sagrado Corazón de Jesús han ido perdiendo sus contornos en la hoja, así como lo hicieron las imágenes aparecidas en una cebolla, un baldosín, una pared, un vaso plástico o una ventana. Para evitar que las suyas desaparecieran por completo, Judith decidió cortar la rama del árbol y enmarcar la hoja para protegerla del rigor del clima caliente.
A la casa de las mujeres no han vuelto los habitantes del pueblo, ni a mirar la hoja ni a rezarle. Los usiacureños volvieron a sus actividades cotidianas, incluida Judith, quien pasa la mayoría del tiempo en Barranquilla, pues debe asisitir a su tratamiento médico para seguir luchando contra el cáncer que, a diferencia de la imagen en la hoja de plátano, no ha desaparecido.

Texto escrito bajo la tutoría del periodista Jon Lee Anderson en el taller de Periodismo y Literatura ‘Crónicas de la Barranquilla de García Márquez‘, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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