Con todo esto del posconflicto me vienen frases cursis a la cabeza: sueño con una Colombia donde quepamos todos. Anhelo a ese país. Ahora bien, si nos ubicamos todos en Bogotá, no vamos a caber. Hay que redistribuirse. La ciudad no da abasto. A los bogotanos nos encanta que vengan, que nos visiten, que se queden. Pero, como están las cosas, Bogotá solo tiene una salida: limitar a un hijo por familia, como hicieron en China, o poner en marcha el pico y placa para las personas. Me duele decirlo. La Media Torta tocará volverla Torta y Media para que quepa tanta gente. En la capital hay trancón hasta en la pista área del aeropuerto. En Bogotá hay que hacer fila en todas partes. En los centros Dignificar de la Bogotá Humana, los usuarios hacen filas de cuadras. Hay fila hasta para comprar el Baloto. Filas en los hospitales y fila para almorzar en Crepes & Waffles. En los parqueaderos, la frase se repite: “Tiene que dejar la llave”. Qué pena con el rey Carlos de Inglaterra y con la princesa Astrid de Bélgica: traerlos a esta ciudad donde no hay pared sin grafiti y los huecos no se tapan sino que se colorean.

En Bogotá, al evadir un hueco, se atropella a un motociclista. Y al evadir a un motociclista, se coge un hueco. Y al llegar la declaración de impuestos, uno solo quiere evadir y evadir. Cómo no, si al salir a comprar el pan, por ejemplo, hay que sortear a los vendedores ambulantes e invadir la ciclorruta, lo que hace que desde la bicicleta se pongan en duda los gustos sexuales de la madre del transeúnte. Es más fácil subir a Ciudad Perdida. Y eso me lleva a lo turístico. Los lugares más atractivos de los bogotanos son Andrés Carne de Res, que es en Chía, y las Minas de Sal, que son en Zipaquirá. ¿Qué tenemos para ofrecer? Un alcalde de balcón, boina negra y chaqueta de sudadera con la que parece miembro de la delegación colombiana de bolos en los juegos Iberoamericanos y del Caribe. Petro es lo más exótico que ofrecemos en la actualidad a un extranjero, nuestro Dalái Lama. Eso elegimos. Si Petro tuviera olfato de ejecutor, habría aprovechado que estuvieron Paris Hilton y Natalia París en Bogotá para probar la máquina tapa huecos. Dejó escapar esa oportunidad.

Si alguna vez hubiera venido a esta Bogotá, Stephen Hawking no habría tardado 72 años de investigación para concluir que Dios no existía. Así que, amigos, paisas y costeños, llaneros y pastusos, guajiros y caleños en Bogotá. Amigos todos: es el momento de volver al origen. Al terruño. A la casa. No es suficiente escaparse para ferias y fiestas. Quédese en su ciudad. Emprenda. Desarrolle. Invierta. Lidere. Retorne como el cerebro fugado que usted es. Acá llueve. Hace frío. Si yo no fuera bogotano, estaría en mi tierra, con mi gente, almorzaría en mi casa y haría una siesta, pero no tengo a dónde ir. Usted sí.

Dirán que gobierno e instituciones están en Bogotá. Sí. Propongo aprovechar la campaña A Barranquilla Me Muevo y mover el Congreso para allá. Que la arenosa sea la casa de la Selección y la del Congreso. Los congresistas estarían encantados con el vuelo directo a Miami. ¿Por qué no, alcaldesa? Cederíamos, no ausentes de dolor, a la Procuraduría General de la Nación al municipio que primero levante la mano. No vayan a pelear ahora. Puede ser una ciudad de otro país.

Amigo caleño: dicen que en el Metrocali asustan de lo solos que van sus vagones. Compañero bumangués: en el Metrolínea puede viajar acostado por la falta de pasajeros. ¿No le suena mejor que montar en TransMilenio? Son 2600 metros más cerca de las estrellas, sí, ¿pero quiere que sus hijos vean esas estrellas desde el paradero del bus a las 5:45 a.m.?

No se trata de iniciar el movimiento Bogotá para los bogotanos. Ni más faltaba. Lejos de mí cualquier acceso de xenofobia. Nos encanta que estén en nuestra ciudad, aunque nos hagan quedar mal bailando. Pero nos da pena en estas condiciones. Si van a vivir en Bogotá, es para atenderlos como lo merecen. No así. Regresen. Déjennos a los bogotanos con el problema. Un rato. Al menos hasta que termine la construcción del Metro o se dé el posconflicto.

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