Puedo coger cualquier insecto con la mano, y en mi casa de Cartagena alguna vez he tenido que reducir a alguna lagartija advenediza en cumplimiento de los mandatos de mi señora; los ratones no me resultan particularmente gratos, pero podría tratarlos de forma igualmente expeditiva; perros, gatos y caballos me han caído siempre bien; y si no fuera porque está probado que es mejor guardar las distancias, leones y demás felinos me parecen tipos respetables que te dejan en paz si no les diriges la palabra. Pero con las aves la cosa cambia.

No sé cuándo ni cómo se originó el trauma; puede que lo llevara incorporado nueve meses antes de nacer. Pero tengo dos recuerdos de esos alojados en las insondables brumas de la infancia, que son los primeros en atestiguar de mi indefensión ante todas las aves, con sus garras maléficas, ese pico ganchudo de bruja, su cuerpo medio viscoso que solo de pensar en tocarlo me dan escalofríos. Y esas estampas son las siguientes, por orden cronológico: un día que iba con mi prima Asunción en un tranvía de Palma de Mallorca, vimos que por el otro extremo del vehículo entraba una señora con un par de gallinas, puede que incluso muertas, colgando boca abajo, y sin decir palabra, ignorantes ambos del sentimiento compartido, nos apresuramos a apearnos huyendo del íncubo emplumado que se aproximaba. O sea que la cosa viene de familia. Y la segunda, que, de nuevo en la casa de veraneo de Palma, me contaron —o puede que incluso lo viera, pero el recuerdo es difusísimo porque no podía tener más de seis o siete años— que habían metido un pavo de más que buen tamaño en la jaula del rey de los gallos, el amo y señor de un harén de parloteantes gallinas, con la consecuencia de que se empeñara una lucha titánica entre aquellos dos paladines del horror, prolongada, sanguinolenta, atroz, que solo pudo concluir cuando el pavo logró romperle la pata al gallo, para rematarlo cuando se encontraba ya inerme en el piso.

En una Edad más contemporánea, cuando estudiaba en Inglaterra en los años sesenta, trabajé unas semanas en una granja cercana a la localidad de Fladbury, y allí me tocó, ¡cómo no!, trastear pollos. Recuerdo que fui a la tienda del pueblo a comprar los guantes de goma más gruesos que tuvieran — “the thickest gloves” — que aunque lo fueron, nunca me habría parecido ser lo suficiente. Mi cometido en aquel pavoroso e interminable corral era pintar el ano de las gallinas —pollos de solo unas semanas, a los que se hacía crecer manteniéndolos bajo luz artificial o diurna— con un insecticida, y para mi eventual supervivencia tuve la suerte de que el que sujetaba el bicho, mientras yo lo inmunizaba, era un muchacho francés, con el que mantuve contacto durante algunos años.

Pero que no se malinterprete. Soy perfectamente capaz de admirar el majestuoso vuelo del águila y su veloz desplome en picado para atrapar a su víctima, aunque siempre en la distancia, o, aún mejor, en televisión. En los años sesenta se estrenó en España una película en la que unas hormigas, que habían crecido como rinocerontes, atacaban al género humano. Aquella rebelión zoológica me dejó medio indiferente, porque solo me habría sobrecogido de pavor si en vez de insectos hubieran sido pavos como elefantes.

Y ahora me levanto del diván. Esto ha sido como ir al psiquiatra.

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