Las pinzas estaban vaciadas sobre una bandeja. K. no recuerda cuántas eran. Tal vez cinco, como anzuelos gigantes, unos sobre otros, de extremos curvos, limpios, dispuestos para la faena. El cuarto estaba en el segundo piso de una casa en el barrio Teusaquillo, en el centro de Bogotá. Había una camilla con ruedas en las patas y dos soportes a ambos lados para apoyar las piernas muy abiertas. K. sabía que eran para eso porque diez minutos antes una mujer gorda le explicó lo que le harían. "Licuado", le dijo con voz experta. Con anestesia le costaría medio millón de pesos, sin anestesia cien mil menos. La decisión era suya. En un extremo, al lado de una cortina que filtraba de verde la luz de la calle, había una repisa de madera con frascos vacíos. ¿Para guardar qué?, se preguntó K. Afuera llovía. El agua rebotaba en las tejas del techo y en los vidrios de las ventanas. Serían las siete de la mañana. El aire del cuarto olía a ambientador de taxi, entonces K. recordó al tipo con el que estuvo saliendo hasta que la embarazó. Se llamaba Ángel, casi la doblaba en edad. Tenía los ojos azules, el cabello rubio y siempre, incluso en los días más fríos, usaba camisas ajustadas, de mangas cortas, para exhibir un corazón tatuado en el antebrazo izquierdo. El galán nunca le dijo que tenía mujer y tres hijos. Un rato después, mientras K. repasaba las baldosas del cuarto donde la operarían, entró la mujer gorda. Estaba vestida con una bata de médico y traía a una chica de la mano, como si fuera una colegiala a la que fuera a reprender por mala conducta. K. no recuerda cómo era, solo que tenía el pelo largo, recogido en un cola. Ambas se miraron en silencio, seguro acorraladas por el mismo temor. La mujer le dijo a K. que comenzarían con la otra chica porque ella había separado cita desde el día anterior, que esperara afuera, y le recordó que en la sala había revistas para que leyera mientras tanto. De eso hace cinco meses. K. se sentó y comenzó a hojear una revista, ya no recuerda de qué. Después, tampoco sabe muy bien por qué justo en ese momento, solo entonces, empezó a sentir miedo de morirse, de que los anzuelos que vio antes le perforaran el vientre más allá de lo que podía resistir. Acababa de cumplir doce semanas de embarazo y el riesgo, le habían advertido, era que perdiera mucha sangre. "Pero usted sale de aquí y ya no es problema de nosotros, ¿oyó?", le advirtió la mujer gorda, que en ese instante ya estaría estrujando las vísceras de la otra chica en el cuarto de al lado. K. recuerda que en la sala donde le ordenaron esperar no había nadie y que el aire le seguía oliendo a ambientador de taxi. Entonces se paró, abrió la puerta y se marchó sin importarle que siguiera lloviendo. "Me puse la revista en la cabeza y me fui", dice ahora K, sentada en un cuarto que tiene dibujos infantiles pintados en las paredes.

    La casa donde permanece es propiedad de Los Pisingos, una fundación en el norte de Bogotá a donde llegan mujeres embarazadas que, aunque se niegan a abortar, no quieren quedarse con sus hijos y por eso se los entregan al gobierno para que les busque padres adoptivos. Allí reciben hospedaje, alimentación y atención médica y psicológica, todo gratis. Pero no a cambio de sus bebés. Incluso, aunque es el final menos frecuente de todos, las mujeres pueden arrepentirse a último momento de renunciar a sus hijos. La ley colombiana prevé un mes de plazo después del nacimiento para que las mamás confirmen su decisión. Carlos Marulanda, director de Los Pisingos, dice que la mayor insistencia de la fundación es para que cada una se marche con su hijo, pero eso apenas ocurre en uno de cada diez casos. Él lo ha visto casi todo. Mujeres embarazadas por un cuñado, o por el suegro, o por un vecino, o por el mejor amigo de su esposo. Una vez recibió a una monja que pasó varios meses en el hogar y dio a luz a una niña. "Para cualquiera es muy fácil juzgar a estas mujeres, cuestionarlas, maldecirlas, pero para nosotros son seres humanos que merecen respeto y sobre todo ayuda, justo cuando la sociedad les cierra todas las puertas", dice Marulanda atrás de su escritorio, en una oficina con fotos en las paredes de algunos de los 4263 niños nacidos en la fundación y entregados a padres adoptivos, la mayoría de ellos de Finlandia, Holanda, Dinamarca, Alemania, Canadá y Estados Unidos. En la oficina de Marulanda también hay mapas de los países y alfileres con cabezas de colores sobre las ciudades a donde fueron llevados esos niños colombianos que ya no lo son más.

     Al lado de K, sentadas en dos sillones que alguien juntó, hay cuatro mujeres, todas en embarazo. Ninguna tiene más de 20 años. Están aquí escondidas de sus familias, a las que les dijeron que se venían a la capital a buscar trabajo. Llegaron de pueblos del Tolima, Antioquia, Valle y Cesar. El guión de su engaño parece calcado, como si se conocieran de antes y se hubieran puesto de acuerdo. Decidieron marcharse de sus casas cuando la ropa ya no les servía y el embarazo comenzaba a ser notorio. Cada semana se turnan para llamar a sus familias de un teléfono que les presta la fundación. Es un aparato muy viejo, cuadrado, de color negro, con números dispuestos debajo de un disco que se tarda tanto en girar que todas tienen tiempo de repasar lo que dirán. Ellas aclaran la voz, pegan la boca a la pesada bocina y cuentan que están hospedadas donde una amiga que conocieron, que en unos días tendrán una entrevista para trabajar en la casa de una familia rica. Si eso ya lo dijeron la semana pasada entonces se lamentan de que todavía no las llamen, pero advierten que es cuestión de días. De esa manera tranquilizan a los que les piden que se devuelvan, que mejor no insistan, que no se expongan a peligros por ahí. Las que llevan más tiempo escondidas en la fundación terminan por decir que sí, que al fin consiguieron trabajo, pero que ya no podrán seguir llamando porque no quieren molestar a los patrones. Todas saben el final de la historia.

    Para poder regresar a sus casas después del parto y explicar la falta de dinero tras meses de supuesto trabajo dirán que les robaron. La ventaja, si acaso eso lo sea, es que después de entregar a sus hijos casi todas se marchan desoladas y sus lágrimas son de un dolor genuino. Mónica Sierra, trabajadora social de la fundación, sabe que mentir es un camino traicionero, pero entiende que cada una tenga razones para ocultar un embarazo no deseado. "Yo les digo que traten de mentir lo menos posible, para que el universo de esas mentiras no se las trague después", explica Sierra, quien llegó a Los Pisingos hace ocho años, embarazada de una niña, y la entregó en adopción. "La llamé Ana, como su abuela. Pero el nombre que cada mamá le pone a su hijo antes de nacer no siempre es el que llevan el resto de la vida. Los padres adoptivos tienen derecho a bautizarlos como quieran", dice. Cuando Mónica tuvo a su hija solo pudo verla 15 minutos, eso fue todo. Hasta hace tres años se creía que entre menos contacto tuviera la madre con su hijo menos doloroso sería desprenderse de él. Por eso ni siquiera los amamantaban y los recién nacidos eran llevados a otro edificio de la fundación donde las enfermeras se hacían cargo de su cuidado. Ya no tiene que ser así.

    Ahora, si la madre lo desea, puede amantar a su hijo y dormir con él durante el primer mes, que es justo el tiempo en que debe firmar los papeles para su entrega definitiva al gobierno. Mientras algunas mujeres aprovechan ese tiempo a solas con sus bebés, otras definitivamente prefieren entregarlos y no establecer con ellos ningún tipo de relación. "Dirán que soy un monstruo, y nada de eso", afirma L, una mujer de veintitantos años, cabello largo, ojos cafés, manos nerviosas. Lleva una camisa sin mangas que dice I love Life and my World, y el número 92, que se supone de buena suerte. Compró la camisa en diciembre, para las fiestas de Navidad. Estaba feliz, y la vida era otra cosa, se lamenta ahora. En el cuello tiene una cadena con un corazón diminuto y la argolla de matrimonio que heredó de su mamá. En su casa, en algún pueblo de Cundinamarca, están sus dos hijos y su esposo, de quien, dice ella, ya está separada. El hijo que espera es de otro hombre y nadie lo sabe. Cuando llama a la casa repite lo de todas, que está trabajando, que todavía no tiene dinero para mandar pero que piensa ahorrarlo, luego pide bendiciones y manda besos. Un rato después cuelga y se sienta a llorar mientras otra mujer ocupa su turno en el viejo teléfono de disco. L. dice que lo más duro es cuando habla con sus hijos, una niña de nueve años y un niño de seis. "A este no quiero hablarle, ni quererlo, ni pensarle un nombre, ¿para qué? No lo quiero querer. Si Dios lo permite lo van a adoptar unos esposos gringos y le darán todo lo que yo no puedo darle. Muy bueno para él", dice la mujer y baja los ojos. Ninguna mamá sabe qué padres les tocarán a sus hijos y una regla inviolable impone que jamás tengan contacto directo con ellos. Apenas podrán imaginarlos. L. suspira y el número 92 de la suerte se mueve sobre su vientre.  

     Parece mentira. S. estuvo durmiendo con su esposo hasta que tuvo siete meses de embarazo. El hombre nunca se dio cuenta y ahora él piensa que ella está trabajando en una finca donde no hay teléfono. "Tenemos dos hijos y yo los dejé con mi mamá mientras paso por aquí", dice ella y se soba la barriga enorme. S. cree que su esposo no se dio cuenta porque el vientre nunca se le hinchó lo suficiente y ella supo tragarse los síntomas. El papá es un vecino pero S. no quiere hablar de eso. Dice que no abortó porque no tenía la plata ni el valor, y que supo de la fundación por internet. Ella, como todas las mujeres de Los Pisingos, puede escribirle una carta de despida a su hijo para que, cuando crezca, sepa las razones por las cuales decidió entregarlo en adopción. También, si quiere, puede dejarle una foto de ella. Los padres adoptivos, no importa el país del que provengan, se comprometen a entregarle la carta y la foto a sus hijos cuando hayan crecido. "Querido hijo, te amo mucho. Te dejo con estas personas que te cuidarán, no porque no me importes sino porque no tengo manera de brindarte un buen futuro. Tendrás unos padres amorosos que sabrán cuidarte, darte todo lo que necesitas. Yo siempre seré tu mamá, y siempre te recordaré en mis oraciones, ojalá sepas entender esta decisión y llegues a perdonarme. Yo no puedo…". S. todavía no termina la carta que le dejará a su hijo. Su letra es infantil, pequeña, inclinada hacia adelante, con puntos firmes sobre las íes y comas largas como sonrisas estropeadas.

     En otro piso de la casa, tres mujeres amamantan a sus hijos recién nacidos. Estarán con ellos una semana más, después se irán. R. acaba de alimentar al suyo. Tiene diez días y el cabello negro. Ella lo carga con ambas manos y después intenta besarlo, pero de pronto cae en la cuenta de que tiene los labios escondidos bajo un tapabocas de tela. Ella cuenta que vive en Bucaramanga con sus padres y que también tiene un hijo. "La primera vez mi papá se hizo cargo de todo. Esta vez no fui capaz de acomodarle otro nieto para que lo mantenga. No fui capaz", dice ella y las palabras se le oyen como si fueran las de un ventrílocuo que le presta la voz. "Es que una es muy boba, muy bruta. Sí. Lo que pasa es que una se enamora y después ustedes salen con nada. O no. La culpa sigue siendo de una, de nadie más. Por eso no aborté. Porque matar al niño hubiera sido una injusticia, cobrarle los errores a otro es una cobardía", dice R. sin dejar de mirar a este bebé de piel morena que quizás crezca en un país nórdico, al lado de padres y hermanos que, incluso cuando sea mayor, casi lo duplicarán en tamaño, todos de pieles muy blancas y ojos claros.

    Algunos creerán que la decisión de irse a vivir gratis a una fundación que te provee de todo lo necesario durante cinco o seis meses y que, además, se hace cargo del parto, no es más que un acto oportunista, como una suerte de método de planificación extremo cuando ya ninguno otro funciona. Pero Carlos Marulanda, el director de Los Pisingos, es indulgente y cree que el sufrimiento de estas madres no es fingido. Según su experiencia de tantos años, para cada mujer se trata de una pérdida costosa de la que no todas llegan a reponerse. Por eso, semejante paso exige tiempo, compañía de médicos y de psicólogos, y además ritos de despedida, horas de vigilia y, finalmente, el llenado de formas legales con firmas y huellas digitales. Marulanda explica que lo más fácil para una mujer que da a luz un hijo no deseado es abandonarlo en cualquier esquina sin más formalidades que seguir de largo. En cambio, dice él, confrontarse con un proceso durante meses e intentar dejar una versión de lo ocurrido es un acto de responsabilidad admirable. Y quién lo creyera: desde el punto de vista de la ley, un bebé dejado por ahí, en una acera, exige más trámites burocráticos que ninguno otro y su consideración como niño en adopción toma más tiempo. Una mamá que da la cara y le cede su patria potestad al gobierno disminuye los riesgos por inasistencia de su hijo y deja abierta la posibilidad de que, cuando crezca y quiera confrontarla, pueda hacerlo.

    Cristian Clemewtsen tiene 24 años, nació en Los Pisingos y fue dado en adopción a una familia de noruegos, ese país de Europa nórdica donde surgieron las leyendas vikingas. ¿Puede haber un lugar más lejano y diferente de Colombia? Clemewtsen llegó a Bogotá en busca de su mamá biológica, una mujer de la que sabía que se llamaba Rosmira, que vivía en Bucaramanga y que lo dejó en la fundación cuando ella tenía 20 años. Él dice que aquí, por primera vez, en las calles de Colombia, se sintió en su casa. "Yo no sabía hablar español, pero era igualito a todo el mundo, al fin, igual a todo el mundo: la cara, la piel, el pelo, la nariz, los dedos", repite, ahora con un español fluido y casi sin acento. Del encuentro con su madre no habla mucho. Dice que lloró, primero de rabia, después de alegría. Y sí, claro: le preguntó por qué lo abandonó, que es la pregunta clásica en este tipo de encuentros tantos años después. Él se guarda la respuesta, se pasa el dorso de la mano por encima de la boca y a continuación dice que de todas formas, gracias a ella, pudo vivir con sus padres noruegos, ir a buenos colegios y terminar una maestría en Antropología. Atrás de la silla donde Clemewtsen permanece sentado, en la fundación Los Pisingos donde ahora trabaja como voluntario, hay dos patos embalsamados. ¿Qué hacen allí, sobre un escaparate lleno de carpetas? Son un extraño trofeo. Los fusiló, hace casi medio siglo, uno de los iniciadores de la fundación. Es que antes, Los Pisingos eran un club de cazadores y su presa favorita eran esos pequeños patos migratorios llamados así, Pisingos. "Pero hace 35 años cambiamos las balas por los teteros", se excusa una enfermera mientras acomoda a un grupo de recién nacidos para su baño matinal de sol. Por ahí, colgada en la pared, hay una foto en blanco y negro de los fundadores del hogar, 20 en total, todos armados con escopetas y en la pose típica del matón de animales, exhibiendo esos falos de metal cargados con perdigones, sonrientes. Algunos dirán que se trata de una metáfora forzada, pero tal vez todo esto de madres embarazadas que deciden dar a luz para luego marcharse sin sus hijos sigue siendo un asunto de hombres cazadores que disparan porque sí, porque nos viene en gana, porque para eso la naturaleza también nos dio una escopeta, una que es divertidísimo usar. ¿Nos cabe una responsabilidad o lo de los embarazos no deseados es solo un lío de mujeres? K., la joven que mañana o pasado dará a luz la niña que hace cinco meses se negó a abortar en esa casa de Teusaquillo, dice que no se hace esperanzas. "Es que nosotras pensamos con el corazón; ustedes los hombres, con la cabeza", sentencia, y se lleva la mano a la entrepierna.

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