Todavía se me ponen los pelos como Bon Bril cuando pienso que mi carrera de periodista pudo haber recibido un impulso formidable o haber terminado en medio de la ruina y el desprestigio con diferencia de pocas semanas. Fue en 1967, cuando llevaba tres años trabajando en El Tiempo y estuve a punto de publicar la chiva de mi vida —una noticia mundial que me habría merecido más de un premio— y también de dar muerte a un personaje que estaba vivo.

Por esa época yo era amigo de un monseñor que ocupó la capellanía del colegio donde me gradué de bachiller. Un buen día, el padrecito me llamó y me dijo: “Le tengo la noticia del año. Búsqueme mañana y le cuento”. Me reveló entonces, bajo secreto sumo, que Pablo VI visitaría Colombia en agosto de 1968 para inaugurar el XXXIX Congreso Eucarístico. Iba a ser el primer papa que viajara fuera de Europa y en subirse a un avión: ninguno de sus 261 predecesores lo había hecho. Ahogado por la joya que tenía entre manos, corrí al periódico, encerré a mi jefe, Enrique Santos Castillo, en su oficina, y le solté la noticia: ¡Viene el papa a Colombia!

Enrique me miró con escepticismo:

—¿No estarás fumando esas cosas que meten ahora los muchachos, verdad?

Le juré que era verdad: el papa prepara viaje a Colombia. Pero Enrique creía que el buen periodismo debe ser escéptico y no hubo manera de convencerlo. Insistí al día siguiente, sin revelar mi fuente, y él liquidó el asunto con un comentario típico:

—Eso fue algún comunista que te engañó para hacer quedar mal al periódico.

Pocos días después, la Iglesia colombiana divulgó en una rueda de prensa la increíble noticia que en pocos segundos dio la vuelta al planeta. Quedé frustrado y deprimido, pero Enrique lo sufrió aún más y siempre lamentó aquel día en que perdimos la primicia mundial del año.

Ese habría sido el cielo. Ahora paso al infierno.

2

El profesor Luis López de Mesa, filósofo, educador y científico (y racista repugnante, debo agregar), fue canciller del expresidente Eduardo Santos, propietario de El Tiempo. Su amistad se prolongó a lo largo de las décadas y he aquí que, en octubre de 1967, don Luis, de 83 años, agonizaba en una clínica de Bogotá y el doctor Santos se proponía despedirlo de la más cariñosa y admirada manera. Todos los días, por órdenes suyas, tenía que aparecer alguna noticia sobre el estado de salud del profesor y la redacción había preparado unas páginas especiales sobre su vida y obra, que se ofrecerían a los lectores en la edición dominical más próxima a la nefasta e inevitable fecha. La orden del doctor Santos era terminante: no importa a qué hora muera el ilustre agonizante, El Tiempo debe detener la edición y destacar la noticia en su primera página.

A la sazón yo hacía turnos como editor de cierre, el encargado de culminar la preparación del periódico del día siguiente e indicar al jefe de rotativas que arrancara el tiraje final de la máquina. El 15 de agosto, López de Mesa vivía sus últimas horas. Un redactor prestaba guardia en la clínica, a la espera del fatal desenlace. Aquel día, pasadas las 2:00 de la mañana, la parca seguía ocupada en otros parroquianos y no se acercaba al lecho del sabio antioqueño. El personal de redacción, armada y linotipos estaba a punto de apagar luces y marcharse.

Decidí entonces armar una primera página con la falsa noticia de la muerte del ilustre varón y una estrategia para cumplir las órdenes de Santos: apenas falleciera el personaje, el redactor de turno me llamaría por teléfono a casa y desde allí le transmitiría la instrucción terminante al jefe de rotativas: “¡Meta la primera página de López de Mesa!”.

Si el profesor no fallecía, la página iba a parar a la basura. De lo contrario, tendríamos la noticia “fresca” en la edición del día.

Todo perfecto. Salvo que la Ley de Murphy metió su hocico y por poco provoca una catástrofe. Sucedió que yo me había retirado al baño y en ese momento un mensajero acucioso vio la matriz de aquella primera página que yo mismo me proponía entregar con todas las precauciones y advertencias y la llevó disparado, motu proprio, al jefe de rotativas. Este supuso que la enviaba yo y procedió a montarla velozmente en la máquina y hundir el botón verde que iniciaba la impresión.

Yo llegué alarmado poco después y me sentí desempleado, humillado y miserable cuando vi que empezaban a salir los ejemplares con la noticia a cinco columnas: “Falleció López de Mesa”. No, López de Mesa no había fallecido, pero yo sí estaba a punto de hacerlo allí mismo. Dando gritos suspendimos la edición, me cercioré de que destruyeran los ejemplares malditos y solo descansé cuando amaneció el primer periódico impreso con una noticia interior que decía: “Continúa con quebrantos de salud el profesor López de Mesa”. Cuando murió el exministro, tres días después, no podía dejar de pensar que casi me lleva con él.

3

Al lado de estos dos episodios, todo lo demás que me ha ocurrido en mi vida de periodista son anécdotas sin trascendencia. Empezando por mi primera misión como enviado especial cuando llevaba menos de dos meses como primíparo y mi jefe me destinó, en junio de 1964, a informar sobre el reinado del Bambuco en Neiva. El administrador, quizá por tratarse de un reportero novato de 19 años, me asignó unos viáticos de física hambre. Tuve que resignarme a compartir cuarto en un hotel de tercera con un negociante de Armenia que aspiraba a desvararse vendiendo cancioneros. No digamos que establecimos una sólida amistad, pero nos unió mucho la circunstancia de que, a las 5:00 de la mañana, una camarera irrumpía y nos dejaba en las mesas de noche sendos jugos de piña que las hormigas devoraban en cuestión de minutos si el cliente no lo hacía de inmediato. Este era el tratamiento VIP del hotel donde debuté como corresponsal especial.

Resultó elegida reina la guajira Lucy Abuchaibe y conseguí, flamante, su primera entrevista. Supe entonces que estos pequeños triunfos que nadie aprecia son la vida del periodista. El vendedor de cancioneros sí lo notó y me felicitó orgulloso.

4

Cierta mañana de sábado, probablemente del año 68, habría de añorar yo los dichosos tiempos del bambuco y el vendedor de cancioneros, cuando, hallándome en la planta del antiguo edificio de El Tiempo, la telefonista me comunicó angustiada que subía por el ascensor un energúmeno armado de revólver y dispuesto a pegarle cinco tiros al director.

Roberto García-Peña, personaje y periodista inolvidable, era el mítico director del diario, en cuyas páginas acababa de publicarse una noticia según la cual el atentado en que había sido víctima un concejal de Anapo era una mera comedia para desacreditar al gobierno de Carlos Lleras Restrepo. El concejal, que sí había recibido una leve herida y estaba internado en una clínica, leyó esa mañana la descalificación e, iracundo, se puso unos pantalones encima de la piyama, echó mano al arma y salió en busca del nombre que más le sonaba entre los que hacíamos El Tiempo: su director, que nada tenía que ver con la noticia.

Mientras subía el indignado edil, pedí a la telefonista que llamara al candidato a recibir los cinco balazos y le recomendara abstenerse de acudir a su oficina hasta nueva noticia. Recibí al vociferante concejal, lo hice pasar a una oficina, le ofrecí un tinto, le alcancé clínex para limpiar los vendajes, oí su historia, entendí que tenía razón y traté de aplacarlo. Lo logré tras una prudente charla y la promesa de que al día siguiente aparecería una rectificación. Finalmente, lo devolví más sosegado a la clínica en el mismo vehículo del periódico que recogió luego a García-Peña en su casa, libre ya de amenazas y de peligro.

La rectificación apareció religiosamente el domingo. Si no, a lo mejor yo no estaría escribiendo estas cuartillas.

5

Volví a un reinado en 1973 en Cartagena. Era costumbre que cubrir el Concurso Nacional de Belleza fuera privilegio de reporteras, cuyo batallón encabezaba Inés de Montaña, una venerable dama de El Espectador. Ese año, El Tiempo me nombró enviado especial y pronto estuve rodeado de compañeras de profesión, reinas, mamás de reinas y peinadoras.

Acabé asimilado a una categoría neutral y carente de peligro, reservada a los peluqueros, con acceso a la intimidad de las candidatas, pero en plan absolutamente profesional. A Ella Cecilia Escandón, la bella santandereana que fue elegida Señorita Colombia, la entrevisté en toalla (en toalla ella, yo no), con un estilista trabajándole el pelo (“cabello”, decía él), una manicurista pintándole las uñas y la feliz mamá en plan vigilante.

6

Cincuenta años de periodismo me han permitido conocer muchas sensaciones. Una, la de la crueldad comprensible, cuando el DAS dio de baja a un criminal llamado el Chino Osorio. Volé a cubrir la noticia tan pronto la deslizó un informante y hallé el cadáver tendido en el piso de una cantina; acusaba múltiples disparos y a su lado se hallaba una pistola. Dos detectives habían localizado y liquidado por fin al elusivo delincuente. Después de tomar fotos con Carlos Caicedo, acudimos al DAS en busca de detalles sobre el episodio. Osorio era un tipo tenebroso, pero me impresionó ver cómo los detectives abrazaban y felicitaban a los compañeros que lo habían dado de baja. Parecía la celebración de un gol.

Otra sensación fea: la del linchamiento mediático injusto y masivo. En este caso, la víctima era yo. Durante un viaje a Brasil en que coincidí con Alfonso López Michelsen, precandidato liberal a la presidencia, conseguí que este me diera una larga entrevista para El Tiempo, pese a que sus relaciones con el periódico no eran las mejores. En un avión a 10 kilómetros de altura, López dijo, como casi siempre, cosas interesantes. Una de ellas sugería la necesidad de que al país “lo dejaran chambonear un poco”; es decir, que le permitieran experimentar e incluso fracasar.

El candidato siguió su camino hacia la Argentina y yo regresé a Bogotá, donde publiqué la entrevista a partir de ese comentario. De inmediato, la prensa enemiga de López lo atacó con ferocidad por propiciar, supuestamente, la “irresponsabilidad administrativa”, y los amigos de López, acobardados y sin consultarlo, decidieron que el precandidato jamás había dicho lo que allí se citaba y que todo obedecía a la perfidia de un reportero imbécil o vendido. Me masacraron por prensa y radio durante un par de días, mientras yo me limitaba a decir: “Pregúntenle al doctor López”. Dos días tardaron en hacerlo, porque no existían las facilidades de hoy. Pero cuando por fin la telefonista de larga distancia logró conectar a los áulicos con el jefe, este declaró que me había dicho letra a letra lo publicado y defendió su tesis de la experimentación, al paso que los bobos que antes señalaban la entrevista como patraña de un periodista saltaban a aplaudirla.

Nunca fui lopista, pero siempre agradecí al futuro presidente que, siendo tan fácil echar el pobre reportero a los perros, hubiera tenido el carácter de sostener sus palabras.

7

Llevo 30 años viviendo y trabajando entre Colombia y España, y no me canso de afirmar que en mi segunda patria, a la que tuve que trasladarme por razones de seguridad, he encontrado generosa y amistosa acogida. He opinado, elogiado y criticado con entera libertad y solo una vez un español pretendió cuestionar mi derecho a hacerlo. Fue en Cambio 16, donde trabajé hasta que la revista se esfumó. Juan Tomás de Salas, el genial director de la publicación, me había encargado que, en una columna semanal, revelara lo que pensaba un latinoamericano sobre España. Llevaba varios meses haciéndolo cuando aquel compañero acudió a la oficina de Juan Tomás y protestó por el hecho de que un extranjero se metiera en asuntos internos de su país.

Salas, que era un tipo directo y enemigo de chismes, me hizo llamar, y dijo al colega: “Espera, que ya viene Samper, y tú se lo vas a decir cara a cara”.

Así lo hizo aquel amigo, aunque en tono menos indignado. Le escuché sus reparos y cuando tuve que hablar le dije: “Es cierto, llevo un año opinando sobre las cosas internas de España. Pero España no solo opinó sino que dirigió las de mi país durante más de tres siglos. Según mis cuentas, aún me quedan casi 300 años para que igualemos. Avísame cuando hayan transcurrido”.

8

Nunca formé parte, por razones que merecerían una charla larga, de los animosos grupos de periodistas que salían a entrevistar jefes guerrilleros, informar sobre la vida en la selva y fomentar la paz. Pero cuando partieron hacia Cuba cargados de rehenes los guerrilleros del M-19 que habían ocupado la embajada dominicana durante 57 días, El Tiempo alquiló una avioneta y me mandó a La Habana como enviado especial. Viajaba conmigo Olga Behar, destacada por un noticiero. Permanecí cerca de una semana allí y decidí quedarme algo más, en busca de una entrevista exclusiva con Carmenza Cardona, ?la Chiqui”, la muchacha vallecaucana de 27 años que había adquirido categoría de estrella popular por su enmascarada presencia en los diálogos entre el gobierno y los guerrilleros. Pude hablar largamente con ella en un lugar escogido por las autoridades cubanas. En cierto momento dado le pregunté si era demasiado pedirle que se descubriera. Aceptó hacerlo y por primera vez mostró su cara trigueña de grandes ojos negros. Cuando nos despedimos, me dijo: “Le voy a dejar un recuerdo”.

Me dio entonces el pasamontañas que había usado en sus apariciones públicas.

La Chiqui murió en combate en abril de 1981 en las selvas del Chocó, donde había desembarcado dos meses antes con un grupo de compañeros. Con ella quedaron tendidos 40 más.

Conservo su pasamontañas como una especie de símbolo del cambio por el que hay que luchar en este país, pero también de la manera equivocada, frustrante e inútil como muchos procuraron hacerlo y fracasaron.

La Chiqui, por ejemplo.

El concejal, que sí había recibido una leve herida, leyó la descalificación e, iracundo, se puso unos pantalones encima de la piyama, echó mano al arma y salió en busca del nombre que más le sonaba entre los que hacíamos El Tiempo: su director.

Le pregunté a la Chiqui si era demasiado pedirle que se descubriera. Aceptó hacerlo y por primera vez mostró su cara trigueña de grandes ojos negros. Cuando nos despedimos, me dio el pasamontañas que había usado en sus apariciones públicas.

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