La palabra, que todo lo puede, ha sostenido desde siempre una relación de amor y odio con la imagen. A ratos se llevan bien, comulgan la una con la otra, se ayudan mutua e incondicionalmente. Sobran ejemplos de los momentos armoniosos entre estas dos dictadoras, palabra e imagen, de los encuentros acertados entre el cine y la literatura, de la grafía y las artes plásticas, de la letra y la música, de la idea que logra expresarse con éxito. Sin embargo, muchas veces riñen y no llegan a ningún acuerdo; compiten cada una con sus ventajas y desventajas, y en más de una oportunidad lo que se dice no dibuja la idea o no concreta la intención; ni la imagen logra ser tan contundente como el verbo, aunque en muchas ocasiones sí consigue superarlo; y en esas se la pasan, tratando cada una, por su cuenta y sin descanso, de llegar airosas al mismo final: la idea. Ahí está, entonces, el reto de quien pueda amansara cualquiera de estas dos fieras. Quien lo consigue, o al menos quien puede usarlas con destreza, tiene el mundo en sus manos: ha podido agarrarlo por sus sentidos; por los ojos y los oídos nos entra el mundo, a través de ellos nos entran hasta las corazonadas. Aun los que intentan trasegar por lo oculto, cuando están cerca del presentimiento, dicen: veo, oigo. No importa llegar hasta la incoherencia y decir: veo una palabra, oigo una imagen. Lo que cuenta es que ahí están nuestras dueñas, dispuestas a ejecutar su designio.

A los que nos tocó en suerte luchar con la imagen y con las ideas para convertirlas en palabras, nos tocó lidiar con la precisión y la contundencia de algo que no tiene reversa y que muy pocas veces presenta ambigüedad. Por decir algo, la palabra horrible no admite la interpretación subjetiva que sí puede tener la visualización de algo también horrible. A veces se coincide, a veces no. Lo que sí sucede siempre es que en el acierto de la precisión está la gloria o el infierno de quien escribe, ahí está el meollo del oficio, la salvación o la condena. Nos la jugamos a diario tratando de negar lo que siempre se ha dicho, cuando muy románticamente alegamos: una palabra vale más que mil imágenes.

Cualquiera podría pensar que esta retahíla pretende aguarle la fiesta a una revista como ésta, donde la imagen es la reina, donde las reinas y las mujeres bellas se toman las páginas con la autoridad que su belleza les concede. Pero ni que fuéramos ciegos, ni tan desubicados como para poner a competir un adjetivo, por más acertado que sea, con un buen par de tetas. Aquí o allá, ahora y siempre, ganan ellas a pesar de que los escritores también nos empelotamos, de otra manera, pero también sacamos nuestras vergüenzas al aire. Pero en estas páginas no competimos y tenemos más en común con la niña de la portada que con todos los mandatarios del planeta, mucho más con la que muestra sus nalgas que con el Papa o con cualquier alucinado que se crea dueño del mundo.

Por lo pronto no hay discrepancias en este lugar donde lo escrito y lo visto se complementan y hacen parte de un strip tease común: la imagen y la palabra tal como Dios las trajo al mundo, para mostrar las cosas como son. Es esta vocación exhibicionista la que a veces nos lleva a quienes creemos más en la palabra, a tomarnos el descaro de opinar públicamente, ¡y en primera persona!, así nos toque ponerles silicona a los sustantivos, y asumir, de vez en cuando, una que otra postura indecente. Todo se vale en el arte de seducir lectores.

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