La culpa es de Camilo, un compañero de la universidad algo mayor que yo que me volvió incrédula en eso de la aproximación a las ciencias ocultas por cuenta de una inducción temprana en el marxismo y en la lectura obligada de El Capital, la cual, debo decir, me ha dejado secuelas irreparables. Una de ellas, es una aversión por los charlatanes que se vuelven ricos escribiendo libros con el método de auto-ayuda, guiados por la pretensión de que si los mortales tienen traumas, todos, como si fuéramos borregos deberíamos superarlos, en lugar de aprender a vivir con ellos.
Y no es que no me guste lo oculto -¿a quién no le atraen los huecos negros?-, lo que sucede es que por cuenta de un racionalismo adquirido a temprana edad, mantengo cierta cordura. Con altura he aprendido a enfrentar esa carreta empalagosa de las ciencias ocultas que anda tan en boga y que se desvive por propiciar reencuentros con uno mismo; que pretende enfrentar a nuestro yo verdadero con la María Jimena que se esconde detrás de sí misma. Ese tipo de encuentros, me tienen sin cuidado, como tampoco me interesan las vidas pasadas a no ser que éstas le coticen a uno en la EPS, caso en el cual las visitaría más frecuentemente.
¿Quieres saber la ruta hacia la felicidad? No; prefiero la confiabilidad de los caminos de espinas, aunque tampoco creo que a ella nos conduzca la reelección de Uribe. ¿Y en el amor de pareja? ¿Y en la del trabajo agobiante? Pónganse serios: ya tenemos suficiente con el sentimiento de culpa que nos produce ver al presidente trabajando los sábados en sus interminables jornadas de los consejos comunales. Yo prefiero pelear contra los molinos de viento, al lado del Quijote y Sancho Panza, así estos hayan terminado pareciéndose a Tola y Maruja con el avance retorcido de la globalización.
Lo cierto es que gracias a
Camilo he podido llegar a los 40 sin haber tenido que recurrir a ningún libro de auto ayuda, con excepción del Kama-sutra. Y todo porque él tuvo la gentileza de incluirme un día en su 'grupo de estudio' para que esta novicia pudiera entrar al templo del conocimiento de la dialéctica marxista. Los 'grupos de estudio', explico, además de servir como pozo de sabiduría para apuntalar nuestra conciencia de clase hacia los intrínsecos laberintos de la plusavalía y de las teorías hegelianas sobre la propiedad privada, eran también el mejor lugar para combinar todas las formas de lucha y ligar con
algún alma en trance. Este tipo de acercamientos, -hablo de finales de los setenta y comienzos de los ochenta- se hacían sin necesidad de auto-ayudas, ni manuales de superación que nos transportaran a vidas pasadas. Tampoco necesitábamos recurrir a la reencarnación para explicar nuestras fobias, ni a la hipnosis regresiva para averiguar si la razón de nuestros temores radicaba en que probablemente en una vida anterior, yo, María Jimena, había sido una esclava egipcia, de nombre Aronda. Lo nuestro era más simple. No había que irse a la antigüedad para saber que nuestras desgracias tenían una justificación en la lucha de clases, en las citas de Mao, en el 'hombre nuevo' del 'Ché' Guevara. Bastaba con tener un buen aceitado discurso marxista-leninista, formar parte de la social-bacanería y tener un par de convicciones fuertes sostenidas sobre bases móviles para poder pasar medianamente bien por este mundo tan mal jalado. Nadie buscaba la perfección, ni la felicidad total. Nos contentábamos con mantener una 'relación', la cual era sinónimo de caos e intermitencia. Nunca el mundo había sido tan imperfecto. Lo decían Cat Stevens y Víctor Jara.
Ahora, desde la aparición de la babosada de la nueva era, la era de la bazofia, la del YO-YO supremo, la vaina se petaqueó. Por cuenta de la aproximación a las ciencias ocultas hay seres como Weiss ofreciéndonos con entusiasmo sospechoso el camino a la felicidad, al mundo del cero estrés, como si estos absolutos inalcanzables fueran artículos que se pudieran adquirir en los shoping malls de Miami y no en el cementerio central.

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