Después, las razones son bien claras: los latinos se volvieron un mercado apetecible y entramos en tiempos políticamente correctos y multiculturales: tiene que haber un Dios negro en una película, un héroe asiático, una modelo vietnamita, hay que darle un Óscar a Halle Berry. Así las cosas, en ese nuevo orden mundial del cine, es explicable que la cuota latina no sólo continúe sino que aumente: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Benicio de Toro. Los llevan, los convierten
en estrellas, hacen generalmente malas películas, ganan una fortuna, y todos tan felices.
En ese contexto apareció un día en In living color, una película para nada memorable, una morena tetoncita, culona, bailadora, es decir, una 'típica latina'. Se llamaba Jennifer Lopez (¿por qué se quitará la tilde de su apellido?). Hasta ahí, ningún problema. Era una chica del Bronx, hija de esforzados inmigrantes puertorriqueños: el padre, un técnico de computadores y la madre, profesora de preescolar. Decía amar la salsa, el merengue, la bachata y a Rita Moreno, la puertorriqueña que había ganado un Óscar por el carismático papel de Anita en West Side Story.
'La Lopez' hizo otras peliculitas que tampoco trascendieron. Hasta que en 1997 actuó en Selena, de Gregory Nava, en la que interpretó a Selena Quintanilla Pérez, la cantante de Tex-Mex que fue asesinada por su manager. Ahí nació la leyenda de Lopez como símbolo sexual y representante de la belleza latina. Según la nueva lógica de Hollywood, era de esperarse, máxime que la película era buena y la actuación de 'La Lopez' no estaba nada mal. En principio, dentro de nuestra aumentada cuota latina, había lugar para ella y todos tan campantes. Pero no. 'La Lopez' no lo deja a uno tranquilo, ni indiferente como Banderas o Penélope. Produce una rabia infinita, unas ganas incesantes de madrearla.
¿Por qué será? ¿No es acaso, 'una típica belleza latina'? ¿No dan ganas de invitarla a un bar del viejo San Juan a tomarse unos rones y después bailar con ella una canción del Gran Combo? Por supuesto que no. Uno mira sus fotos y no, no convence. Hay algo hechizo, algo que no se sostiene en esa leyenda.
Para empezar, su sexualidad 'insaciable'. El rapero Puff Daddy, el bailarín Chris Judd, el actor Ben Affleck, el cantante Marc Anthony. Todos estos amantes parecen preconcebidos, salidos de historias libreteadas. Se comprometió con Affleck y rompió escandalosamente su compromiso justo cuando los resultados económicos de las películas que hicieron juntos eran preocupantes. 'La Lopez' hace tanta alharaca de mujer apasionada que resulta sospechosa. Como dijo el maestro García Márquez: La gente que es buen polvo no suele hacer tanta bulla.
Las leyendas son exageraciones pero siempre tienen una base real. Y 'La Lopez', que después de Selena no ha vuelto a actuar en ninguna película importante, es un mito que ya se derrumbó. Ya no funciona y quieren mantenerlo a la fuerza. Por eso todo lo que hace, todas las historias que surgen alrededor de ella son una afrenta. Que aseguró su culo por millones de dólares o que su culo se redujo de tamaño a raíz de la separación con Ben Affleck: patético. Que su madre, la maestrita, se ganó una fortuna en un casino de Atlantic City. Que fue invitada nada menos que por James Lipton al Actors Studio. Sí, increíble: en el peor momento de su carrera. (Elia Kazan y Lee Strasberg, su fundadores, están removiéndose en sus tumbas). Esta última noticia no provoca ganas de madrearla sino preinfarto.
En una detestable canción, Jenny from the block, 'La Lopez' dice: "antes tenía tan poco, ahora tengo mucho, pero sigo siendo la Jenny del barrio". ¡Qué mentira! Eso ya es demasiado, eso se llama traficar con la infancia. Pero quienes quieren mantenerla a la fuerza son poderosos y tercos: ya se anuncia una nueva película protagonizada por Jennifer Lopez y Nicole Kidman. Seguramente será un éxito pues, como dijo alguien, el destino es chambón. Aunque no importa, siempre quedará este último consuelo de pobres: una puteada.

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