Se parece, en términos olfativos, a aquellos olores artificiales que tienen los baños públicos para ocultar los malos olores reales. Se trata de buenos olores malos; no huelen a pan caliente recién horneado ni a pasto recién cortado. Huelen inmundo, aunque un poco menos mal que los olores reales que ocultan. Pero huelen feo.
Es difícil, repito, que pueda haber algo más espantoso que la música de fondo. Pero no, existe algo aún peor, y me refiero a la música sin fondo; concretamente a Julio Iglesias. Ni siquiera podría denominarse música light el esperpento que sale de su garganta. Me atrevería a acuñar un concepto y llamarla 'Música Látex'. Se trata de un personaje que canta como si estuviera metido entre un condón. Cante lo que cante, el tipo en cuestión se encarga de eliminar todos los espermatozoides que hubiera tenido la versión original. Su voz es un congelador de emociones y sus arreglos actúan como un paredón de fusilamiento en el que se ejecutan (matan) y no se ejecutan (interpretan) las notas musicales.
El resultado final de las interpretaciones de Julio Iglesias se parece -siendo aún peor- al sonido ese que producen ciertos órganos u organetas con los que se suelen amenizar matrimonios, fiestas (de quinta) de quince años y otras detestables celebraciones. Esos instrumentos que traen incorporados ritmos pregrabados que pretenden reemplazar la percusión y que aspiran a imitar violines, bajos, trompetas y trombones. Un instrumento asesino, un teclado látex, un antecesor mecánico de Julio Iglesias.
Antes de Julito -debo recordar que me refiero a Iglesias, pues dado el tema que nos ocupa, se puede prestar para confusiones radiales- hubo intentos de preservar entre un preservativo la música de los sesenta y setenta. Las orquestas de Paul Mauriat y Franck Purcell, se encargaron de 'encondonar' los grandes éxitos de los Beatles y los Rolling Stones. De un steak tartar musical hacían una insípida hamburguesa vegetariana. Ese es el truco: vender, como lo hace Julio Iglesias, comidas rápidas musicales para gente sin papilas auditivas.
Iglesias no es un cantautor ya que ni canta ni es autor. Podría -aprovechando que estamos acuñando conceptos- denominarlo un matautor. No entiendo por qué no le llueven demandas de quienes crearon las canciones que él recicla -o tritura- tras haberlas metido entre esos cauchos previamente esterilizados y humedecidos.
El fenómeno que vengo
describiendo tiene sus émulos en las artes, la literatura y la política. Un buen regalo de matrimonio -me refiero a uno de esos matrimonios descritos anteriormente- sería un cuadro de Gordillo, un cuadro látex. Quien quiera regalar literatura: un libro de Coelho no debe faltar, un libro látex. En música, bueno, pues obviamente los grandes éxitos del personaje de esta columna, sin importar el idioma en que cante pues, da igual, al fin y al cabo acaba, en su bobaliconería, hasta con el significado de cualquier palabra.
Todos ellos, los 'creadores' mencionados, les quitan envergadura a su oficio; lo envergablandan -una manera de lograr los propósitos del condón sin aprovechar de sus bondades-. Hay también políticos, modelo Pastrana y Aznar , recubiertos de látex, Barbies machos del quehacer público que me suscitan lo mismo. Son políticos sin fondo, fondos musicales sin música.
Música, literatura y política esterilizadas. Pero todos ellos venden; se venden como condones en automáticos y droguerías. Y el sabor que nos dejan es ese mismo: el que uno tiene al salir de un consultorio o al salir de la 'farmacia' con un antibiótico que acabará con el dolor y, a la vez, con la flora intestinal.
Los médicos recomiendan tomarse un yogur para contrarrestar los efectos nocivos de los antibióticos. Yo recomiendo a Joe Cocker o a Johann Sebastian Bach para superar la morfina de Julio Iglesias y sus pares.

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