Tenía ocho años cuando fueron a mi colegio en busca de niños que salieran en comerciales. No me eligieron, pero a mi hermano sí. Días después, cuando realizaron el casting, yo lo acompañé y por alguna razón me escogieron a mí y a él no. Al casting final llegamos dos niños, al resto de la familia —mamá, papá, hija y abuela— ya la habían seleccionado. El día de la grabación, mis papás me dejaron en la agencia a las seis de la mañana vestido como ellos me habían dicho: estrenando un bluyín y una camiseta azul o verde, lo raro es que por la ropa tuvo que pagar mi papá . La casa donde la familia se preparaba para el paseo quedaba en Suba. Yo estuve todo el tiempo sentado sin hacer nada, viendo cómo todos le decían a la mamá que no olvidara la leche de magnesia Phillips y la verdad no entendía qué hacía yo ahí. Por la tarde nos fuimos al norte de Bogotá a grabar la parte del paseo y fue cuando me pusieron a trabajar. Íbamos en un convertible blanco con sillas de cuero rojas, todos regañaban a la mamá porque se le había olvidado la leche de magnesia y salía yo, todo vivo, cual sabelotodo, alzando ceja y diciendo con un tonito detestable: "La trajeeeeee". Me hicieron repetir la toma muchísimas veces, de arriba, de abajo, de lado, sacando la leche de la guantera, de la maleta, con la derecha, con la izquierda, cambiando el tono, etc. Fueron tantas, que no podría decir cuál eligieron al final. Me pagaron unos setenta mil pesos, que recuerdo que me duraron mucho tiempo. Lo malo es que la montada no fue chistosa, en el colegio todos me decían "la trajeeeee" cada vez que me veían y, aún hoy, quince años después, la gente se desencaja de la risa cuando se entera quién soy, y me confiesan que lo odiaban por su tonito y la expresión de canchero. El comercial de la leche de magnesia marcó mi vida en la televisión.


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