Cuando secuestran a la persona que uno ama, con la que uno se acostumbra a dormir todos los días, uno siente una indescriptible sensación de vacío. No tuve un solo día durante el secuestro de Íngrid en que no sintiera angustia, en que no tuviera que luchar contra la desesperanza. Pero con ese dolor, me entró también una extraña obsesión por tenerla presente todo el tiempo. Quería estar con ella en cualquier lugar, inundar todos los espacios con su figura como diciendo "aquí está".

Como ustedes recuerdan, cuando a ella se la llevaron estábamos en medio de una campaña presidencial (faltaban tres meses para las elecciones), de modo que su ausencia pesaba también en el debate público. Como un acto de resistencia, quienes la rodeamos tomamos la quizás no muy acertada decisión de llevar la campaña hasta el final.

Yo asistía solo a los actos de campaña, en unas escenas algo surrealistas porque la candidata no estaba, hasta que un día me pregunté: "¿Qué carajo hago aquí?, ¿de qué me voy a disfrazar esta vez? ¿Cómo hacemos una campaña de Íngrid sin Íngrid?".

Entonces se me ocurrió llevarla a ella. Ocupar su espacio físicamente, para que además la gente no la pudiera olvidar.

Como soy publicista, llamé a mi proveedor de vallas, OPE Gráfica, para que hicieran realidad mi idea: reproducir una foto de Íngrid un poco más grande que la escala natural para causar una mayor impresión. Como una medida práctica, la mandé hacer desde arriba de las rodillas, el llamado "plano americano", para transportarla fácilmente en carro o en avión.

Mandé a producir seis para multiplicar su impacto, y enviarlas a otras ciudades para que se moviera sola y cogiera vuelo propio. Nunca me cobraron por ellas.

La foto que serviría de modelo tenía que ser seria; después de todo era una tragedia, no una campaña. Elegí esa de mirada fija a la cámara, en que parecía estar reclamando que la sociedad hiciera algo. Luego yo mismo pegué esas fotografías a una base de icopor, de poco peso, y así fue como las fotografías pasearon, viajaron y marcharon mucho. Estuvieron en campaña, una se inscribió como candidata y luego votó simbólicamente por ella. Ese día, recuerdo, incluso llevé la cédula de Íngrid. "De pronto hasta la dejan votar", pensé, porque como dice mi tío Jorge aquí cualquier cosa puede pasar. Y luego, a hacer campaña por su libertad y la de todos los demás secuestrados.

Estuvo presente en multitudinarios eventos, se sentó al lado de grandes personalidades, impresionó a muchos, como cuando la veían entrar a los baños masculinos en algún hotel. La vieron caminar por los aeropuertos y tomar los aviones, y me acompañó en esos días tan amargos de tal forma que, a mediados de junio del 2002, la revista Newsweek publicó como la frase de la semana una que dije en una entrevista: "A veces la llevo conmigo en el asiento de al lado o detrás, pero la mayoría de las veces las azafatas la guardan en el clóset de los abrigos".

De las fotos que mandé hacer, una quedó lógicamente en París. Allí eran la mayoría de las marchas. Otra en Bruselas, con la que se inventaron los comités de apoyo. Otra en Madrid, una en Villavicencio, la otra con su mamá, lógico, y la última se la dejé en su casa, al pie de la escalera, para que la vea cuando vuelva, si es que vuelve, y sepa siempre que luché por ella y su libertad. Le hizo como falta dar las gracias. Recién ahora se me ocurre que lo que viví es inspirador para un reconocido comercial: basta con sacar varias tomas de archivo en las que estuve trasteando ese dummy en diferentes actos, en todo tipo de marchas, mientras tomaba aviones, daba declaraciones a la prensa, caminaba por plazas, siempre con su foto al lado; sacar esas tomas de archivo, digo, y contraponerlas a esa toma en el aeropuerto de Catam en que después de todo Íngrid estira su mano y apenas toca mi barbilla. Ahí una voz en off puede decir: "En estos momentos su dinero está en el hogar equivocado".

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