Soy de los pocos laterales izquierdos que se pueden dar el lujo de decir que han anulado a Léider Preciado en muchos partidos. Es más, podría afirmar que soy el único defensa a quien el goleador le ha pedido compasión en Millonarios a la hora de ser marcado.

Esto ocurrió en 1993, cuando ambos teníamos la esperanza de ser figuras del equipo azul. Porque, aunque nadie lo crea, Léider Preciado entrenó con Millonarios. Era un negrito bajito (1,60 m), humilde, con guayos rotos y, por increíble que parezca, flaco y con la barriga medio vacía; pero con el mismo olfato goleador de hoy. Yo era un muchachito rebelde, más o menos buen futbolista. A mi lado, Calimenio me hacía ver corpulento. Por su talla, precisamente, no llegó a ser titular del equipo que representaba a Millonarios en la categoría de Marcas, dirigido por Eduardo Oliveros.

En la cancha nunca tuve compasión con él porque era un goleador. Tenía que pegarle para poderlo controlar, porque cuando le daba espacio, enganchaba y chao, gol del equipo suplente. Por eso siempre era la primera opción a la hora de entrar, cuando los partidos estaban apretados.

Un día llegué al entrenamiento estrenando guayos Puma, pero me tallaron mucho. Léider, con su tonito tímido, me dijo con algo de inseguridad y mucho de anhelo: "¿Pues si no te gustan por qué no me los regalas

, los míos están acabados, hasta me ampollan". Sin pensarlo dos veces se los entregué y medio en burla le dije: "Ojalá que cuando seas famoso me regales tú a mí un par".

Una mañana, en una de las canchas del desaparecido sector de Chigüiros, Millos perdía 1-0. Oliveros metió a Léider y en la primera que agarró, gol. La segunda que le dejaron, gol. La tercera que pudo patear al arco, ¡gol! ¡Qué figura! Y siempre sorprendió a todos con sus exóticas celebraciones. Una de ellas fue el mismo bailecito de Francia 1998, cuando marcó el gol del triunfo ante Túnez.

Un día llegó con cara de preocupación. "Es que mis hermanitos en Tumaco necesitan útiles para el colegio y no tengo plata —nos contó—. Ya les dije acá que me ayudaran, pero me dijeron que no, porque todavía no soy del equipo". Por eso hoy entiendo la mezcla de rabia y alegría que demuestra Léider cuando le marca goles a Millonarios. Al contar en la casa, mis papás se conmovieron más que yo y le compramos una docena de cuadernos. No me dijo nada, pero la alegría de su rostro fue evidente.

Por sus derechos deportivos, un señor de Tumaco que lo había traído a Bogotá y que le daba plata para que se alimentara, le pedía a Millonarios cerca de cuatro millones de pesos. Los directivos de la época, a quienes no vale la pena recordar, respondieron con un tajante: "¡No! ¡Está muy costoso!". ¡Costoso es que le ha salido a Millonarios!

Luego él dejó el equipo, se fue para la Selección Juvenil de Cundinamarca, luego al Cóndor, a Santa Fe y finalmente fue vendido a Europa. Sus goles lo hicieron famoso. Su musculatura creció. Su estatura aumentó y sus finanzas se dispararon. Yo jugué un par de años más en Millos y pasé por cuatro universidades, hasta que el periodismo me ubicó en la vida.

Nos reencontramos años después. Él volvió como figura a Santa Fe y yo era practicante de deportes de Noticias RCN. No sé si burlándose o en serio me dijo que me veía muy grande: en realidad, hoy le llego a la altura del pecho. Pasaron los años, él jugó en el Cali y el Once Caldas. Hoy soy de los que sufren en los clásicos contra Millonarios por su poder goleador…Y sigo esperando los guayos que me debe.

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