Llevaba semanas sin probar bocado, solo un poco de refresco artificial saborizado en agua de caño y pasta fría remojada. Repentinamente, sentí una costra al rascarme la cabeza. Me pareció raro porque no me picaba y no sentía dolor alguno. Finalmente, nada ajeno en ese clima, en ese paisaje tan adverso. “Algún bicho me debió haber picado —pensé—. Tan de malas, le debí saber insípido y maluco”, comenté con ironía. Sin embargo, al quitarme la costra pude palpar que tenía un hueco inusual en la sien. Debía tratarse de una enfermedad natural, aunque resultaba imposible profetizar qué clase de mal producía aquellos terribles resultados. “Mierda, ¿y ahora qué? —pensé—. Me estoy empezando a pudrir en este infierno, me pegaron un tiro y ni cuenta me di”.

No imagino cómo lucía mi cara. Debía tener una terrible expresión de temor; el físico y puro temor de quien coquetea con la muerte a diario para recordar que sigue vivo. De pronto un guerrillero, quizás para sacarme de mi miseria o para disfrutar de la cínica escena, me miró y, con una carcajada, exclamó:

—Tranquilo, no le meta misterio, le dio el pito.

—¿Qué carajos es eso? —pregunté.

—El cáncer de la selva, mijo… todo disfrazadito de un gusano que se lo está comiendo por dentro. Pero tranquilo que ahí le empezaremos a suministrar sus 200 inyecciones de Glucantime, que es el tratamiento, a ver si sale de esta. Nos demoramos por ahí dos meses, así que paciencia, hombre —remató.

Quedé estupefacto por el calibre de la sentencia. Sobrevivir cada día en esa manigua era ya una verdadera hazaña… y ahora esto. Sentí rabia por lo mierdosa de toda la situación. Recuerdo haber citado en mi mente, seguramente para consolarme de alguna mórbida manera, esa famosa expresión que dice: “No se le olvide, querido amigo: una vez concluido el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja”. Estaba impresionado de pensar que por dentro no solo me estaban carcomiendo el dolor y la zozobra, sino también un bicho hasta entonces totalmente desconocido por mí, que acá en Colombia es conocido como “pito” y, según me enteraría después, puede atacar a unas 15.000 personas cada año en el país.

La primera inyección del tratamiento hizo más real mi situación: empecé a sentir una marcada debilidad, sumada a unas condiciones de desnutrición total. Tenía, además, dificultad para respirar y para tragar la porquería de menú del día que la guerrilla nos ofrecía y que pocas veces variaba: arroz con fríjoles, lentejas o alverjas verdes secas, pasta aguada y, muy de vez en cuando, una porción muy escasa de pescado o de carne.

Pero la leishmaniasis no solo me quitó las fuerzas, también la posibilidad de recuperar mi libertad en un momento crucial, mucho tiempo antes de la que fue la fecha que el destino tenía escrita en algún rincón del universo para mi libertad. Había logrado, después de años de esfuerzo y estudio cauteloso del terreno, escapar de mi cautiverio. Era una noche lluviosa en las selvas de Colombia. Corrí, nadé, grité, lloré y volví a ser persona por unos días en el placer infinito de sentirme libre. Sin embargo, esa felicidad duró tan solo segundos, pues el cuerpo me sacó la mano y fui recapturado. Ahí comprobé que me quedaba mucho dolor todavía por experimentar.

Ya estaba saliendo del tratamiento de las benditas inyecciones cuando decidí volarme. La verdad es que no pensé que mi organismo estuviera tan desgastado y, aunque nunca fui la salud en pasta durante los cerca de siete años que pasé en la selva, calculé mal cuán maltrecho estaba por dentro con esta enfermedad. Antes y después del intento de fuga, las piernas se me dormían por largos periodos y, por si fuera poco, tenía escalofríos, fiebre, dolor en los huesos, el hígado resentido y ese aspecto de llevar la carne de prestado.

Y todo por culpa de ese maldito insecto chupador de sangre que había sido más aventurado, incluso, que el latente peligro de una bala perdida en medio del fuego cruzado: las balas habían quedado enterradas en el lodo de la selva, ninguna me había alcanzado, mientras mi sien sí había quedado tatuada con el recuerdo permanente que me dejó ese bicho: un recuerdo de las oscuras noches de dolor que padecí en el infierno verde.

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