Qué injusticia se ha cometido con el libro La fogata sin tiempo, un poemario escrito a cuatro manos por Roy Barreras y Fernando Denis. Antes de su lanzamiento, antes de que esta edición —muy bello el cuadro de Turner y no fue para ahorrarse el diseño— llegara a los estantes de las librerías colombianas, ya había detractores. “El lagarto y el poeta lagarto”, dijo alguien sin haberse asomado a sus páginas. El diario El Espectador en su sección “Alto Turmequé” sugirió que el reconocido poeta Fernando Denis había recibido favores del senador Roy Barreras, lo cual fue desmentido por este de manera contundente: “No sé quién escribió un ‘Alto Turmequé’ sobre mí, o con qué secreta intención: pero les aseguro que yo no trabajo ni recibo sueldo del Congreso de la República. Creo que esa nota es un mal chisme. El senador sí es mi gran amigo y compañero de aventuras literarias. Además de ser un hombre culto y un extraordinario conversador, escribe mejor que muchos poetas colombianos”.

Pero dejemos atrás los chismes y las maledicencias y ocupémonos de lo que realmente importa: la honda poesía que habita en La fogata sin tiempo. La obra comienza con una serie titulada “Poemas del desamor”, de Fernando Denis, a lo cual el senador-poeta le responde con otra serie igualmente titulada: “Poemas del desamor”. ¿Falta de originalidad? De ninguna manera. La poesía de Fernando Denis es culterana, a la manera de William Ospina, el gran descubridor de Denis para la literatura colombiana. “Fernando Denis es el Frankenstein de William Ospina, lo inventó el año del verano que nunca llegó”, dijo recientemente un crítico literario (siempre la mala leche y la perversidad, la ausencia de una crítica objetiva en este país). Decía que Fernando Denis es culterano y su voz excelsa contrasta con la voz coloquial de Roy Barreras. El primero cita a Ezra Pound, a Homero, a Cavafis. El segundo no cita a nadie, parecería ser inmune a las influencias literarias. El contrapunteo, que en una primera lectura parece un cambio demasiado abrupto —como pasar de música de cámara a bambucos—, terminará seduciendo al lector. No a todos, advierto, hay quienes se sentirán mareados, como en una montaña rusa.

Unos prefieren la poesía culta; otros optan por la coloquial. Más allá de esa interminable discusión, me atrevo a afirmar que el gran poema, el gran hallazgo de las series mencionadas —y quizá del libro—, es el de Roy Barreras, titulado Gachuza: “Una gata escultura / ojos avizores, púas en el lomo, pieza de bronce que te dice / que caminan en el mundo / Seres ágiles, hermosos / gráciles, gatunos, piel suave / garras que hieren, paso silencioso / nueve vidas / Sobreviviente, marrullera / maullante, consentida y / libre, sin dueño ninguno / lista a escapar, gachuza / gata que chuza”. Lo que parece un simple poema de despecho es convertido por Roy Barreras en un poema político. Es sutil y elegante la ironía al gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Incluso, hilando más delgado, podría pensarse en una autocrítica, toda vez que el senador-poeta participó activamente en el gobierno de Uribe Vélez. El simbolismo de este poema es infinito.

La siguiente serie de cada uno de ellos se titula “Estaciones. Primavera, verano, otoño, invierno” (aunque Roy se toma el atrevimiento de hacer dos primaveras). ¿Estaciones cantadas por dos poetas tropicales?, preguntarán ustedes. ¿Y por qué no? ¿Acaso Vivaldi no puede ser escuchado en el trópico? En la última parte se acaban las series y cada cual se va por su lado con temas distintos. Como se dice ahora vulgarmente, “se abren del parche”.

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