Por cuenta de dirigir una revista para mujeres, mucha gente cree que soy feminista. !Nada más lejano de mí que el feminismo! No solamente eso, detesto a las feministas pero, tengo que confesarlo, también odio a los machistas. Detesto la forma como las llamadas ‘feministas‘ se visten: generalmente andan de mochila, falda a media pierna, pelo sucio y sin maquillaje. Según ellas, estar arregladas es cuestión de mujeres sin cerebro, lo mismo que opinaban los protestantes en el siglo XVI.
Las feministas tratan a los hombres como si fueran su peor enemigo, y no se atreven a confesar que necesitan de ellos como cualquier otra mujer. Utilizan la agresividad como arma favorita para disimular su inseguridad. Se burlan de las mujeres que tienen pareja porque las consideran esclavas. Toda mujer que se atreva a sonreírle a un hombre, es una servil, es una coqueta o está desesperada por casarse. Llegan al punto de definir el sexo como "(.) la posesión es el objetivo del sexo, la violación es sexo con una mujer que no es la propia, a menos que el acto sea tal que la haga suya", según la frase de Catherine A. Mac Kinnon, profesora de la Universidad de Yale.

Por otro lado, están los machistas, que piensan como Lutero, que las mujeres necesitan una disciplina muy estricta. Él creía que Dios había destinado a las mujeres exclusivamente a la maternidad, la cocina y la iglesia. Decía: "Retírenlas del cuidado de la familia, y verán que no sirven para nada". Desde luego, los machistas opinan lo mismo y el alemán tiene unas siglas que definen este concepto: KKK, Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina e iglesia).

Hasta finales del siglo XIX, las mujeres estaban divididas en dos: las señoras y las mujeres. Estas últimas eran sirvientas o prostitutas y, es de no creer, llevaban una vida mucho más divertida. Mientras ellas iban a fiestas, eran dueñas de su dinero y de su destino, las otras estaban encerradas rezando en sus castillos. El panorama para las mujeres en esos siglos no era muy alentador, por eso hay momentos en que les doy la razón a las feministas. El problema está en que se les va la mano. Por ejemplo, en diciembre pasado, a instancias de algunas congresistas, se aprobó una ley por la cual a las mujeres cabeza de familia no se les puede embargar la casa. ¿Qué sucedió? Inmediatamente se paralizaron los préstamos de vivienda para las mujeres que mantienen su hogar. Por hacer un bien, se hizo un mal. Para no hablar de las cuotas en el gobierno. Ya no importa si la gente es o no calificada, lo que determina un nombramiento, puede ser simplemente el hecho de ser mujer. No sé si esto da ganas de reír o de llorar. Es la discriminación, al revés.

Pero, realmente lo que más detesto son losfanáticos de todos los colores y sabores, incluyendo a los machistas, claro está. Me molesta la intolerancia de las unas -que ya intervinieron hasta en la gramática- y de los otros. Ahora hay que decir coronela, presidenta, una piensa, una cree, la testiga, la miembra, etc. .Se obsesionaron con la terminación de las palabras, pero nunca se han fijado en las acepciones de hombre y mujer de los diccionarios, por las cuales sí valdría la pena luchar.
Estas son algunas: mujer mala, mujer objeto, mujer de la vida, mujer fatal, mujer de la calle, mujer pública... El hombre, por otro lado, es marido, hombre de las nieves, buen hombre, hombre araña, hombre azul, hombre de bien, hombre fuerte.

Están tratando de imponer un grafismo @ que es al mismo tiempo ‘o‘ y ‘a‘, cosa que conceptualmente me parece absurda. ¿Será que no podremos dejar en paz las letras? Yo quiero que la ‘a‘ siga siendo a y la ‘o‘, o. La igualdad entre hombres y mujeres no puede estar en una colita. Las diferencias no son para eliminarlas, si no para vivir con ellas. ¡Vive la difference!, dicen los franceses.

Sí, ya sabemos que tradicionalmente los hombres han llevado las riendas del mundo. Que los parámetros que rigen a la sociedad son hechos por los hombres. Sí, también sabemos que los más ricos del planeta son tres hombres: Bill Gates, el sultán de Brunei y Warren Buffet. Sí, todavía no tenemos una mujer presidente -¿o presidenta?-. Sí, todo esto es verdad, pero la solución no es acabar con los hombres sobre la faz de la tierra. Si seguimos por ese camino, vamos a terminar,
como dice la revista Newsweek: "a los 35 años solas y enfrentando con más certeza la posibilidad de que nos mate un terrorista antes de conseguir un hombre".

Digan lo que digan, yo prefiero que me abran la puerta del carro, que me paguen la cuenta del restaurante, que me echen piropos, que me digan palabras de amor. No me importa si me tachan de esclava, servil o geisha, como me dijo una mujer un día en que me vio servirle la comida al hombre que yo quiero. Lo hago porque me gusta, no porque me toque, y si rompí con las normas sociales divorciándome cuando no tocaba, trabajando cuando no se usaba y educando a mis hijos sola, aunque me decían que eso no se podía, soy la primera en creer que el cambio no está en que las mujeres deseen ser iguales a los hombres, sino en ambicionar algo más interesante: ser personas. Como dijo en su momento Gabriela Mistral: "(.) no se crea que estoy haciendo una profesión feminista. Pienso que la mujer aprende para ser más mujer".

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