A Lionel Messi no le gusta la comida de avión. Con el paso apurado, como si lo estuviera persiguiendo un defensor alemán o del Real Madrid en el campo de juego, el mejor futbolista del mundo ha salido de la puerta de embarque del terminal de vuelos privados del aeropuerto El Prat en Barcelona para solucionar uno de sus problemas domésticos más insistentes: buscar alimento. Apenas subió al jet privado que lo llevará en unos minutos a Qatar para promocionar una empresa de telefonía, Messi buscó al jefe de la tripulación y le pidió el menú del viaje. No había terminado de leer la carta con los platos que podían servirle, cuando le pidió a su hermano Rodrigo que lo llevara al fast food más cercano. Ambos salieron al trote a pesar del piso mojado por una lluvia torrencial y subieron al Audi blanco de Leo en busca de una hamburguesa. Después de 15 minutos, los Messi volvieron con menos prisa y con una bolsa de papel mantequilla que guardaba dos enormes cheeseburguers. En esa parábola del talento en la cual se ha convertido la vida de Lionel Messi, todos los días se rinde culto al evangelio de la carne. (Visita a La Masía, la mejor fábrica de futbolistas del mundo)

Minutos antes de ese apuro gastronómico, Messi había recordado que esos requerimientos culinarios casi lo dejan sin su primer título internacional, hace 20 años, con la camiseta de Newell’s Old Boys.

El Terminal de Vuelos Corporativos del aeropuerto catalán es una isla de cemento de ingreso exclusivo para los que pueden financiar un avión privado. Está a unos diez minutos en automóvil de las terminales comerciales y, al cruzar su puerta principal, hay una caseta policial donde te preguntan la hora de tu vuelo. Si no tienes reserva, casi siempre te pedirán de manera amable que te retires antes de llamar a un vehículo de seguridad y hacer más incómoda la expulsión del lugar. El oficial que resguarda la llegada de la Pulga pregunta la razón de mi visita a esta zona VIP.

—Vengo a entrevistar a Lionel Messi —le respondo con la convicción de haber coordinado ese encuentro cuatro meses atrás.

Hay natural desconfianza de los policías a pesar de mi certeza de tener pactada la cita con el número 10 azulgrana. En un bolso con los colores del FC Barcelona comprado días antes en el Camp Nou, guardé una lámina con la foto de Lionel Messi a los 9 años, poco después de haber ganado ese campeonato de menores en la Copa de la Amistad, torneo infantil que se organiza en Perú desde 1983. Haciendo el amague de querer sacar unas esposas de su bolsillo, el guardia advierte que si el crack niega haber acordado la entrevista tendremos que pasar muchas horas en la comisaría. (El secreto detrás de la celebración de los goles de Messi)

Sigue lloviendo en la Ciudad Condal. Hace dos horas, Lionel Messi festejó con sus hinchas el título de la Liga de España temporada 2012-2013, y se puso un chupón en la boca para presentar a su hijo mayor, Thiago. Calculo que aún le quedan 15 minutos para aparecer en escena. Sin embargo, un Audi siempre puede ir más rápido. El vehículo blanco de Messi llega escoltado por un Mercedes negro. Los dos se estacionan al mismo tiempo. El Audi con vidrios polarizados permanece cerrado, mientras que del otro carro baja su hermano Rodrigo a revisar si el camino está despejado y si todo está en orden para volar. Los policías le reportan nuestra presencia, y el mayor de los hermanos Messi, algo sorprendido, saluda y levanta el celular para llamar a Adrián Barbini, asesor de imagen de la Pulga. Barbini, quien también coordinó la visita de Leo a Perú para un partido de exhibición que se jugaría tres meses después, le confirma el acuerdo y, a partir de ahí, la misión comienza a hacerse menos imposible.

Los oficiales han retrocedido unos metros, aunque sin dejar su estado de alerta. En la pequeña sala de embarques de esta Terminal de Vuelos Corporativos hay dos muebles negros en los que descansan tres camisetas del Barcelona que serán autografiadas en unos momentos, la lámina que dejé con la foto del pequeño Leo y un caballo de paso de porcelana comprado por Salomón Villafuerte, el empresario peruano que organizó el partido amistoso de “Messi y sus Amigos”, que en junio de 2013 llenó el estadio Nacional con la presencia de Leo, Neymar y Mascherano, entre otras figuras.

Se abre la puerta del Audi blanco y baja Lionel Messi. Viste una camiseta blanca grabada con la foto de Mick Jagger. Messi ha manifestado siempre una debilidad por los clásicos del rock al usar ese tipo de ropa. Leo camina rápido y arrastra con la mano derecha una maleta rodante. Firma las camisetas, le entrega a uno de sus tres guardaespaldas el caballo de paso y se detiene para observar la lámina que lo muestra en una de sus primeras versiones futbolísticas. Si lo que planeaba Messi era una gambeta al periodista que lo estaba esperando, al ver esa foto casi extraviada con la camiseta de “Ñuls” tuvo que resignarse a quedarse estático, como si planeara la dirección de su próximo tiro libre. (Wendell Lira: El ‘tronco’ que le ganó a Messi)

—Hola, Lionel. En esta foto tienes 9 años y estás en una de las viejas canchas que tenía la Academia Deportiva Cantolao. Fue, según los estadísticos que siguen tu carrera, el primer título internacional que lograste —le digo para ir derrumbando el hielo.

—Mirá, vos, ya casi no me acuerdo de nada, estaba muy chiquito. Pero sí sé que hicimos este viaje con los chicos… ganamos varias copas —responde Messi.

Y tiene razón. A ese equipo de la categoría 87 le decían “La Máquina”, porque no solo ganaba todo lo que jugaba sino que lo hacía por un mar de goles de diferencia. Y si Leo no se acordaba tanto, quien sí lo hacía era Kevin Méndez, el jugador de Cantolao que lo hospedó en su departamento del distrito de Pueblo Libre, en Lima, durante aquella travesía. “Lionel era como Oliver Atom, de Supercampeones. Tenía una pelota en su mochila y se iba caminando dando pataditas (haciendo 21) por el barrio. Pude contar una vez que lo hizo en cinco cuadras sin parar cuando nos mandaron a comprar pan”, recuerda, mientras sostiene una pequeña camiseta rojinegra del “Ñuls”, una de las pocas pruebas que conserva de lo que casi podría llamarse un contacto extraterrestre.

Va a llegar la hora del vuelo a Qatar y no será la primera ni la última vez que Messi tenga incidentes para elegir su comida. Cuando estuvo en la casa de los Méndez, en 1997, Leo solo pedía que le prepararan milanesas. Ese arraigo gastronómico es uno de los lazos que más lo unen con Argentina, a pesar de vivir desde los 14 años en España. Fue en 2002 cuando se probó en el Barça y deslumbró a los dirigentes catalanes, quienes, apurados por retenerlo, le hicieron firmar a Jorge Messi, su padre, un precontrato en una servilleta de restaurante. (Lionel Messi: La fuerza de un niño)

Solo una vez la familia Méndez Khan quiso presentarle a ese niño argentino las bondades de un plato peruano por excelencia: el pollo a la brasa. Era la noche anterior a la semifinal en esa Copa de la Amistad y Messi sufrió una repentina intoxicación que no lo dejó dormir con tranquilidad. Al ser informado sobre el percance, el médico de Newell’s Old Boys quiso llevarlo a una clínica, y Leo solo preguntó cuánto tiempo faltaba para el partido ante el equipo de Kevin Méndez, el Cantolao B. Le dijo que dos horas, entonces la Pulga pidió una bebida hidratante y suplicó ser llevado a esa cancha, que hoy es el depósito de una fábrica en el barrio de Gambeta, en el Callao. “Ñuls” ganó 10–1, con nueve goles de quien ahora tiene en su vitrina cinco Balones de Oro. Escribió una vez Pep Guardiola: “A Messi no hay que sacarlo nunca del campo, ni para la ovación”. Esa tarde de enero del 97, después de una intoxicación y una lluvia de goles, a Lionel lo hicieron descansar cuando faltaban varios minutos para que terminara el partido. Tenía que estar apto para anotar un hat trick ante Cantolao A en la gran final, que culminó con victoria de la “Máquina” por 7–1.

—Sí, algo de eso sí me acuerdo, creo que me puse mal aquella vez, ha pasado tanto tiempo… Pero no sabía que había fotos de ese viaje ¿Me la puedo quedar? —comenta Lionel, mientras se protege de las últimas gotas de lluvia que caen.

Es abril de 2013 y, en unos minutos, Messi saldrá apurado a comprar una hamburguesa y posará con la lámina para la portada del día siguiente del diario El Comercio. Dos años después de ese episodio, tras perder la final del Mundial Brasil 2014, el mejor jugador del planeta tendría que controlar esa debilidad argentina por la buena carne y comenzar una rigurosa dieta. En ese momento se puso más delgado, más rápido, se recuperó de la caída más dolorosa de todas y ganó la triple corona (Champions, Liga Española y Copa del Rey) con el Barça, en 2015. (Diatriba contra Messi)

Durante siete años, los Méndez Khan perdieron de vista a Lionel. Cuando la Pulga debutó en el Barcelona, en 2004, Kevin Méndez lamentó que esa camiseta de “Ñuls” que intercambió con Leo no tuviera una firma. Por eso, cada vez que el mejor futbolista del mundo vuelve a Perú, Kevin y sus padres lo persiguen por aeropuertos y hoteles con fotos, carteleras y lapiceros con tintas indelebles, solo para recordarle aquel año maravilloso cuando comió milanesas en su departamento y ganó su primera copa.

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