Creo que corría el año 1992, el de la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, cuando el presidente del gobierno español, Felipe González, hizo una visita oficial a Bolivia. Fuimos, en unas horas de asueto, a una bonita finca privada de la familia Wurth en los impresionantes Yungas.

Era un criadero de llamas y alpacas que pastaban en aquella serranía. Concluía el almuerzo, cuando los anfitriones nos llevaron a ver unas preciosas crías y dijeron a González que escogiera una para llevarla a España. El Presidente tímidamente rehusaba, le daba un cierto pudor aceptar un regalo que además podía ser embarazoso, y los amigos bolivianos me pidieron que lo convenciera. Le dije a Felipe que tener una llama en España en los jardines del Palacio de la Moncloa no sería tan complicado, que si alguien criticaba en España la aceptación de tan inocente presente fácilmente podríamos rebatirlo y, además, que los anfitriones iban a encontrar ofensiva una negativa tajante. El Presidente cedió.

A la mañana siguiente, cuando empacábamos para ir a la Cumbre del Medio Ambiente en Río, sonó el teléfono. Los amables bolivianos insistían en que yo me llevase otro animalito, que sabían que yo era un enamorado de Bolivia. Me reí negándome, alegué que yo no tenía un palacio pero mi interlocutor había hecho los deberes. Sabía que en mi casa de las cercanías de Madrid tenía un jardín, insistió en que las llamitas se aclimataban rápidamente, que en Estados Unidos, donde exportaban, las había en diferentes climas y jardines, etcétera. Los bolivianos intuían los argumentos que yo había utilizado con Felipe y con ellos amablemente me amordazaron. "Nada, nada… El señor Presidente escogió una llamita, ¿usted también prefiere una hembrita?".

Mi ego me hizo optar por el machito, quería presumir más tarde en mi pueblo de que me habían regalado una llama como al carismático presidente González y que iba a emparentar con él cruzándolas.

Y lo intentamos.

Meses más tarde, después de que me avisaran de Moncloa de que "llegan las llamas", encontré al Presidente en un acto oficial y, aunque teníamos otros temas de qué hablar, no sé si fue él o yo (quizás fui yo, por lo de mi pueblo) quien dijo: "A semejanza del hombre, no es bueno que la llama esté sola". Inti, mi macho ya crecidito y en edad de merecer, transitó a La Moncloa, donde tenía un amplio cercado en el que retozar y solazarse con la novia que le habíamos buscado.

Hubo un cierto suspense, yo suspiraba por encontrarme a mi consuegro y preguntarle si había buenas noticias, pero no te topas con el Presidente del gobierno en cada esquina.

Por fin llegó un procaz aborto, no perdía las esperanzas cuando mi llama, el pundonoroso Inti, entró en el mentidero social. En el enrarecido ambiente político madrileño comenzó a circular que la llama de ‘Chencho‘ (yo) no funcionaba, vamos, que era impotente. Tuve que defenderlo en la prensa.

De entrada, alegué, el paso de los bravíos Yungas al césped sofisticado palaciego inhibía a cualquier varón por bragado que fuera. Había que darle tiempo. Pero, finalmente, los veterinarios habían tomado una decisión funesta, habían colocado el corralito de las llamas junto a la puerta posterior de la Sala del Consejo de Ministros por donde salían estos al término de las reuniones de los viernes. Era la época en que el juez Garzón —que ahora, acusado de excesivo celo, tiene problemas con la justicia— iniciaba su exigente cruzada de regeneración. Algunos políticos estaban nerviosos con la minuciosa campaña del magistrado y uno de ellos, al parecer, exclamó reflexivamente al término de una sesión: "Garzón debería concentrase en los casos graves porque, como siga así, va a acabar procesando hasta a la llama".

Mi Inti debió dar un respingo interior. Era muy macho pero, en su inocencia de buen salvaje, la frase le afectó. ¿Quién es el valiente que no se ve seriamente afectado, incluso en su capacidad amatoria, después de una afirmación tan brutal e injusta?

Se volvió un poco mustio. Aprovechando que el inquilino de la Moncloa cambiaba y que con el presidente Aznar no había ningún compromiso sobre las llamas, me la llevé al pueblo donde el Ayuntamiento la acogió orgulloso y agradecido. Allí, en la montaña almeriense, a 1000 metros que le recordarían vagamente su tierra natal, falleció Inti. Con su honor, gracias a Dios, intacto.

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