Luego de leer algunos de los avisos clasificados para buscar relaciones que aparecen en los diarios de Alemania, se puede perder la virginidad mental, no importa que la física se haya olvidado años atrás. Todo sin salir de la casa y, en apariencia, leyendo la parte más aburrida de cualquier diario.

Descubrí los avisos un invierno muy frío y con la calefacción dañada. No tenía más que el periódico para leer y pocas ganas de moverme del rincón en el que estaba con cinco abrigos encima. Así que leí los clasificados de un periódico cualquiera, por puro ocio. Desde el cilindraje de los carros que vendían hasta de qué constaban todos los apartamentos disponibles en Berlín. Y de pronto: Ella busca ella. Y ella busca él. Y él busca ella. Parejas y otros (encuentros clandestinos en carros, sexo anal, fetichismo). Un apartado completo de dos páginas de letra diminuta dirigido a los que buscan relaciones pasajeras.

Se me quitó el frío, sin necesidad de calefacción, y continué leyendo: “hola, mi nombre es Silke, 22 a., atractiva. Mi pareja, h., 24 a., atractivo, y yo buscamos un h. bisexual dispuesto a todo”. Y había más: “¿Qué chica desea que le humedezca su zona caliente en mi auto y en un parqueadero lleno de gente?”. Y otro: “Busco policía, soldado, hombre de uniforme para sexo. Civiles abstenerse”. Y uno más: “Tengo 14 anos y quiero conocer el hombre que me haga sentir ¡YA el cielo con el sexo! Escríbeme”.

Salí a la calle al día siguiente y no miré a los alemanes igual que siempre. Cerca de 200 personas más se apretaban en el metro, estáticas, sin hablarse, pidiendo disculpas ante cualquier roce con su vecino. “Ups, perdón”, se oía todo el tiempo. Y no eran codazos, sino acercamientos de manos o choques de piernas. “¿Quién de todos estos pondrá los avisos?”, pensé, mirando cara por cara a todas las personas que me rodeaban. Nadie parecía estarse quemando de las ganas. Ninguno. Entonces entendí: era eso. Nadie lo demostraba, pero todos lo necesitaban. Para evitarse demostrarlo, salirse del orden, llamar la atención, estaban los avisos.

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Herbert intentó llevarse a la cama a varias mujeres. Tenía poco tacto. Las invitaba a salir luego de las fiestas techno o en bares. Luego de diez frases, le empezaba el desespero, así que de una les iba diciendo que quería acostarse con ellas. Al berlinés no le interesaba acabar con su soledad, pero tampoco estar solo. Y sin embargo, quería evitar el engorroso arte de la conquista: no había nacido para eso. Las alemanas no se sonrojan tan fácil ni son de andar dando cachetadas, pero al menos cuatro dejaron al hombre plantado luego de una dolorosa grosería (la peor: arschloch, por ejemplo, y con entonación gutural) y pagando la cuenta de los tragos solo.

“Quería sexo. Nada más. Y yo sabía que las mujeres querían lo mismo, pero no tenía tanta paciencia como para oírlas noches enteras”, me dijo, con falsa cara de inocente. Terco como buen alemán, intentó a la fija: buscó en los clasificados de los diarios.

Al menos tres páginas de las dos revistas de Berlín, Zitty y Tip, están dedicadas a los que buscan compañía por ratos. O por largo rato, aunque la gran mayoría le apuesta a los encuentros fugaces, sobre todo si están entre los 16 y los 35 años. El hombre de 28 años escarbó los avisos como perro detrás de un hueso, con minucia, adivinando cómo serían las mujeres que se describían someramente (lujuriosa, atlética, interesante). Como hombre que se respete, le apostó a todas y le escribió a todas, cerca de 25 mujeres que decían, directo y a las claras, que necesitaban un hombre para sexo y nada más. Y les escribió rápido, porque sabía que por cada segundo que se demorara le escribirían otros 60 ó 100 hombres ansiosos y le ganarían el turno.

Esperó.

Una mujer, cuyo anuncio decía: “24 a, tetona, busca h. en Hamb. para relación sin ataduras. Abierta a todo”, le contestó a los cinco días a su correo electrónico con una petición: “Cuéntame tus deseos”. Fue la única.

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¿Sexo? En Alemania abundan las posibilidades de obtenerlo brutalmente rápido o eróticamente lento, gratis o caro, en grupo, en parejas, bisexual, hetereosexual o hasta en orgías; de pagar por verlo en vivo o en máquinas con videos porno, de escoger mujeres en vitrina o en una discoteca olorosa a marihuana y hasta de afiliarse a grupos con desviaciones declaradas como el culto a los pies o el sadomasoquismo. Pero los avisos son los que marcan la diferencia: incógnitos, los necesitados de sexo se venden en los diarios locales, en avisos en discotecas o en gimnasios y luego eligen al mejor comprador.

Con el tema en la cabeza, comencé a preguntarle a los conocidos si alguna vez habían buscado a alguien a través de un clasificado. Les vi la mentira cuando todos lo negaron y, en cambio, me decían de amigos que sí lo habían hecho, y esos amigos también después lo negaban. No les era fácil salir del anonimato.

Dos alemanes me contestaron con más confianza a través de un chat: uno, lacónico, dijo que había fracasado totalmente y otro me contó su dos únicas experiencias en diez anos. “Era cuestión de tener paciencia —explicó—.Fueron tres días seguidos sin hacer nada más que sexo. Luego, nos demoramos una semana en recuperarnos”.

Decidí escribir un clasificado para ver qué resultaba. A pesar de mi poca experiencia en el idioma, ensayé un texto lanzado para impresionar, pero mi alemán no me dio sino para algo patético y cliché.

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“28 a., h., soy un ratón hambriento que quiero meterme en el hueco de una ratona”. “Soy una m. de 24 a., 1,70m, busco encuentro sólo sexo”. “Pareja de 40 años ambos, busca mujer, bisexuales, hombre, lo que sea. Abiertos a todo. También al fetichismo y al cuero”. “Soy una mujer cansada de los hombres. Busco mujer que me consuele...”

La soledad es la principal causa de los clasificados sexuales. A Berlín llegan cada mes un promedio de dos mil personas nuevas que se dedican a trabajar sin pausa. Afuera, el sexo los acorrala: publicidad con desnudos explícitos, revistas pornográficas exhibidas en las tiendas al lado de las de crochet y los cómics, temas de sexo en televisión y demasiados programas con mujeres y hombres ligeros de ropa. Aparte de la soledad y la oferta sexual, el orden de la vida, estructurada y perfecta, los provoca a romperlo. Y por si fuera poco, el anonimato de una ciudad de tres millones de habitantes, con una vida nocturna agitada, los lanza a la aventura. Si a eso se le añade que aquí nadie le dice nada a nadie, la oportunidad de un encuentro ciego es muy probable.

Mientras en Colombia en los avisos proliferan las mujeres que quieren hombres “serios, de buena posición” y hasta con carro, y sólo para matrimonio; en Berlín la cosa es personal, sin ponerle atención a las posición social, al carro o al matrimonio. Buscan sexo gratis (aunque no faltan los colados) y con la claridad de que es sin ataduras (aunque no faltan los sicópatas persecutores). Poco dados a declararse de frente, muchos alemanes optan por el juego de poner avisos cuando hasta los consejos para los galanes no les dan resultado. Nada pierden: es un juego. Y, como en el ajedrez, si juegan bien, se pueden, de paso, comer a la Reina o a su Rey.

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Sebastián tiene una insultante cara de piñata, de felicidad estrenada. Frecuenta un gimnasio todos los días, no porque sea un apasionado de los ejercicios sino porque un compañero de colegio le contó que había conseguido ligar con una niña gracias a un clasificado puesto allí. Así que entró y le tiró a todo durante más de ocho meses, pero no le resultó nada.

Hasta que un día una pareja anunció que buscaba un joven para sexo entre tres. Sebastián decidió arriesgarse a escribirles. Lo llamaron. Temblando, cuadró la cita. Y llegó a cumplirla un fin de semana en la mañana, todavía temblando. Le abrió la puerta una rubia normalita, que cuando le vio la cara de pollo desplumado lo calmó con un beso en la boca. Un hombre de barba a su lado, mucho mayor, lo miró y siguió la iniciación sin decir nada. Por poco tiempo. Porque después el joven se despertó al sexo, a los dos tipos de sexo, con los dos.

Los alemanes, después de los españoles, son los que más ofertas de sexo consultan en Internet, pero los primeros en permanencia en la Red con 70 minutos mensuales (los franceses, lejos, los siguen con 25 minutos). Los diarios no tienen estadísticas de lecturabilidad, pero las páginas llenas de clasificados y la premisa de que la oferta se da siempre y cuando haya demanda, hace pensar que es alta en Berlín. Porque la soledad también lo es. Así como la gente que rehusa tocarse en los metros. O el orden de la vida y la poca espontaneidad para la galantería de algunos. No es una generalidad de los alemanes, la inmensa mayoría de ellos son amables y dicharacheros, excelentes conversadores y no necesitan de más que de unas miradas para conseguir pareja. Pero en Berlín la soledad es doble, el fenómeno existe y el sexo no deja dormir a las personas con todas las posibilidades que ofrece.

Y claro, mi clasificado. Mi patético aviso tenía tantas fallas gramaticales que dos semanas después de publicado, sólo me habían contestado dos mujeres, pero por la pura curiosidad de saber de dónde venía. Por lo visto, les interesa demasiado la lengua (y hacen bien).

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