Cuando SoHo me propuso hacer una crónica sobre Sasha, personaje totalmente desconocido para mí, y acepté, no sabía que iba a introducirme en el mundo de la música electrónica del cual vivo alejado escuchando a Bach, Mozart, Brahms...

Por supuesto que el tema me llamó la atención, pues si a mi edad (66) uno se aleja de los jóvenes, entre quienes se encuentran mis nietos, deja de vivir la realidad del país y, por supuesto, de entender los grandes cambios que la sociedad está teniendo en sus nuevas generaciones, los cuales han de repercutir en la Colombia del mañana.

Toda edad es buena para seguir siendo mentalmente joven, me dije, y me lancé al agua sin mayor reflexión; se trataba de ir al Parque Jaime Duque el viernes 28 de marzo, a eso de las 12 de la noche, y de participar en ¿la fiesta?, ¿el baile?, ¿el encuentro?, que tendría lugar en el llamado ‘Taj Mahal‘ que allí se construyó y que puede recibir unas cinco mil personas, que creo que sumábamos los presentes.

Como todo cronista, viví un momento de pánico cuando ese mismo viernes me di cuenta de que realmente no sabía en qué me estaba metiendo, comenzando por la exótica presencia de lo que ahora llaman ‘un anciano‘ (calificativo que rechazo) en medio de tantos muchachos de ambos sexos, entre los 15 y los 30 años.

Busqué entonces la asesoría de mi hija menor que está en la franja de edad requerida y a quien mucho le gusta este tipo de música y recibí, de inmediato, un artículo de la revista Semana sobre el cual yo había pasado sin ponerle atención.

En él descubrí que Sasha se llama Alexander Coe, que es uno de los mejores disc jockeys (Dj) del mundo y el mejor mezclador de música dentro de la categoría genérica de ‘electrónica‘, que luego miraremos para ubicarlo donde corresponde.

Dice Semana que nació en 1969 en Bangor, un pequeño pueblo de Gales, lo cual ya me generó ciertas sospechas: ¿No quedará Bangor en la India? ¿Por qué es conocido ese lugar porque allí fueron los Beatles en 1968 para reunirse con el Maharashi, indudablemente un gurú indio? ¿Porqué, en fin, su presentación se hace precisamente en el Taj Mahal ?versión Jaime Duque? que visité en la India hace dos años con reverencia ante tanta hermosura?

Ese maravilloso Atlas alemán que me ha sacado de tanto problema en la compleja geografía contemporánea, en esta ocasión ayudó a mi confusión.

En primer término, hay en el mundo nueve ciudades que llevan el nombre de Bangor y ¡ninguna queda en la India! Hay dos en Irlanda, una en Francia, tres en los Estados Unidos (Maine, Michigan y Pennsylvania), una en Canadá y, lo que es peor, DOS en GALES: una pequeñísima en la región de Flint, donde no creo que el Maharashi se hubiese instalado y una entre Conway y Caernarvon, sobre el estrecho de Menai, no lejos de Liverpool, tierra de los Beatles.

¡Eureka! Esa tiene que ser la cuna de Sasha.

Sólo me quedó, y me sigue quedando, una inquietud: el Bangor canadiense queda en la provincia de Saskatchewan y, fonéticamente, podría ser el origen del pseudónimo Sasha. El tema se lo dejo a los investigadores.

Dilucidado lo anterior, recordé que por los años setenta había yo asistido a un concierto de música electrónica en Key Biscayne, donde el grupo tocaba sobre un muelle flotante que algún ciclón se encargó de destruir. Corta fue mi dicha pues mi hija me dijo que era electrónica acústica (!) pues en esa remota época no existía nada similar a lo que íbamos a presenciar.

Mi última inyección de valor provino de mi larga vinculación con los Dj. En efecto, mi hijo financió su noviazgo de muchos años ejerciendo tan noble oficio todos los fines de semana en casa de amigos o desconocidos, con un equipo que pagó con sus honorarios y numeroso discos y cientos de casetes de música variada. Mi hija se encargó también de volverme a la realidad: Carlos y Sasha no tienen nada en común.

En fin, llegó la hora y a las 11:30 pm nos recogieron los periodistas de SoHo y con fotógrafo a bordo nos dirigimos hacia Tocancipá y llegamos rápidamente a los predios del Parque.

Ya por el camino nos habían ofrecido bebidas energizantes (a ocho mil pesos el tarro) que luego encontramos a tres por diez mil; colombinas que llaman abusiva y genéricamente bom bom bum ($500, $1.000 en el interior) y chicles. Aprendí entonces que el consumo de éxtasis, droga común en estos eventos, da mucha sed y deshidrata, y todo ello se neutraliza con los productos ya mencionados y con agua en abundancia.

Como Colombia es un país de contrastes, los vendedores callejeros de elementos apalanqueantes del éxtasis estaban en el mismo lugar donde a esa hora tardía se estaba vendiendo fritanga, supongo que para quienes oyen la música sin pagar boleta de entrada o para quienes salen en regular estado a la madrugada.

Pero, en fin, ¿qué íbamos a oír? Nuevamente mi hija me suministró material que uso sin pudor y sin citar la fuemnte pues son recortes de revistas. En un comienzo quedé anonadado ante la riqueza del panorama electrónico: minimalismo, cuyo origen se remonta a la mitad del siglo pasado y a los sesenta y setenta (La Monte Young, Philip Glass, Steve Reich) que cuenta con Lee ‘Scratch‘ Perry, a quien cito pues es el responsable de haber modificado el reggae dejando de él solamente los tambores y los bajos, y he de confesar que Sasha usa aún esta música pues detecté el sonido de tambores metálicos jamaicanos; Disco, predecesor de Fiebre de sábado en la noche, música propia de bares de negros y gays, que la película de Travolta elevó a la categoría pop que acabó reemplazando el rock de mi juventud y que oí interpretar en el estadio de Forest Hills, en 1972, a Donna Summer, en medio de veinte mil fanáticos que consumían marihuana sin cesar, en medio de la policía uniformada que no se mosqueó durante el concierto.

Pop Corn, la conocida música de Hot Butter, parece ser el primer antecedente de la música Techno, y que llevó a los Dj. a mezclar canciones variadas.

La época de los punks, que recuerdo con horror pues no combinaban bien con el estilo señorial de Londres, dio nacimiento a la Nueva Ola (synth pop) que sentó las bases definitivas para la electrónica.

Aparecen en los setenta, en Alemania, el Kraut Rock (el rock repollo) nombre muy apropiado para un género nacido en ese país, cuyos principales intérpretes, los Kraftwerk, usaban sintetizadores y osciladores para producir la música psicodélica que se popularizó al tiempo con el consumo de las drogas.

Pero aquí no termina el cuento: el dub, electrofunk (Afrika Baambaataa) fue la respuesta de la música negra a la germana y coincidió con la aparición de los primeros discos hechos para Dj., que les facilitaban mezclar música usando, especialmente, los tambores. Es interesante ver, como lo vi yo, que los jóvenes pueden estar más o menos tranquilos e inmóviles hasta cuando suenan los tambores, lo cual los enloquece.

Es sin duda el regreso a la prehistoria y el momento en el cual sale lo que de los hombres primitivos conservan los seres humanos del siglo XXI.

House es otra modalidad que subsiste y, por supuesto, techno ?el de Detroit?, que pensé yo que era de lo que se trataba, hasta cuando analizando los estilos cambié de opinión, sin perjuicio de encontrar en Sasha la herencia del Dj Electrifying Mojo, que mezcla la música de Kraftwerke, el Nuevo Orden y el Devo y la hizo popular en Detroit, ciudad donde han aparecido numerosos álbumes de los más afamados Dj.

Acid house continúa la lista, esta vez desde Chicago, donde los Dj de Londres se contagian de la novedad y la popularizan en Inglaterra (Bomb the Bass). Pero es con techno que se consolida la música electrónica hacia 1989, que se inspira en el techno de Chicago, de algunos años atrás. Esta música invade Europa y Asia y, al fin, llega a Norteamérica, donde adquiere un éxito inmediato.

Si dejamos de lado ambient y jungle llegamos al trip-hop que es un género en el cual se mezclan mucho de los anteriores, sin que tenga características muy propias.

¿Y Sasha? Pues bien, después de oírlo hasta las cuatro de la mañana concluí que, posiblemente, nace con techno pero ha pasado a trip-hop, en el cual encontramos los tambores y el bajo, la música vocal, la herencia hawaiana, la música de algunas películas, todo ello mezclado con maestría, buen gusto y arte.

Por supuesto que para evitar que el público se enfríe, pues frente a su creatividad está la masa embelesada por el éxtasis y la marihuana, y deseosa de dejar en libertad nuestra herencia de las cavernas, recurre a los tambores monótonos e hipnotizantes, como ocurre en el Brasil con la macumba y en nuestra Costa Pacífica con esos mismos ritmos importados del África. Y en esos momentos es cuando la música cautiva los sentidos y el alma se embarga de alegría (‘embeleso‘, ‘éxtasis‘), cuando miles de personas empiezan a moverse rítmicamente en un baile primitivo, asexual, improvisado e individual, en el cual cada uno tiene su incompartible vivencia: nadie baila con nadie, todos bailan solos para cumplir el milenario ritual.

La oscuridad del salón se ilumina parcialmente con potentes reflectores y la música alcanza volúmenes aterradores, mientras los bailarines se ubican por los aretes y los collares que se prenden como pequeños bombillos de Navidad y las manos llevan el ritmo con coloridas luces de neón.

Y Lleras, ¿qué? ¿Dónde se ha metido y que hace en medio de esa multitud que no se puede calificar de caótica porque nadie empuja a nadie, ni hay peleas, ni hay molestias y sólo de vez en cuando, y entre las 12 y las 4 am ?tiempo durante el cual observé el espectáculo?, solo unas veinte o treinta personas pasaron al Nirvana y fueron piadosamente sentadas contra los muros?

Lleras observa y se da cuenta, rápidamente, de que los aficionados a esta música ya forman un grupo donde muchos se conocen, síntoma inequívoco de que participan en los frecuentes encuentros que tienen lugar en Bogotá.

Los miembros de este tipo de grupos, si interpreto bien a Luis Carlos Restrepo, se sienten dentro de él "refugiados y con sus potencialidades liberadas" (?). "Los rituales de iniciación pueden incluir la danza colectiva al ritmo de rock pesado, sellándose el pacto que los convierte en un solo cuerpo".

De ahí que entre los apuntes que hice en mi libreta, hay uno que reza: ¿Esta es la juventud de hoy y la clase dirigente de mañana? No tengo respuesta clara pues ese mismo día la juventud estaba también oyendo a Juanes y, si no recuerdo mal, a Totó la Momposina.

Y lo simpático de todo es que todos esos espectáculos no son incompatibles; estoy seguro de que mis nietos irían a oír a Juanes o a Shakira; pero no rechazarían una sesión de música electrónica; para decir la verdad, mi hija estuvo a punto de bailar y yo, ¡YO!, anciano respetable según la clasificación de Naciones Unidas, tengo un apunte en mi libreta de reportería: "2:20 am, Jeckyll trata de apoderarse de mí. Podría brincar".

Quien haya estudiado la psicología de las masas, entenderá el misterio: no se trata de que nuestros hijos y nietos, a semejanza de terribles vampiros, se transformen en zombies peligrosos al amanecer; se trata de que el éxito de la música electrónica, y así lo han entendido los narcotraficantes que por poco la mandan definitivamente a la clandestinidad, consiste en crear esa extraña sensación de grupo a la cual me he referido, tal como pasa con las bandas de sicarios en Medellín, también alrededor de la música, con la diferencia de que un grupo es inofensivo y el otro se embelesa perversamente, además, con la sangre y la idea de la muerte.

Y ahora, mi itinerario: 11:30 pm, salida de mi casa con mi hija ante el estupor de mi mujer, y llegada al Taj Mahal a las 12; veinte minutos para entrar previas requisas para prevenir la entrada de armas, botellas, etc. Paseo en búsqueda de las fuentes de líquidos, complemento necesario del consumo de éxtasis; encuentro agua y bebidas energizantes (a más de bom bom bum y chicles) pero, para mi sorpresa, se vende cerveza y toda clase de trago duro, lo cual no corresponde a la ortodoxia del ritual (vi poca gente comprando alcohol). De 12:20 a 2:00 am, entrada continua de jóvenes, tanto por la puerta de 120 mil pesos la boleta (estratos 5 y 6) como de 80 mil (estratos 5 y algo de 4, que era con la que estábamos nosotros); dice mi libreta, hasta hoy inédita, entre exclamaciones ?no de viejo verde sino de periodista?: "Miles de muchachas bonitas" todas, por supuesto, con "descaderados" más o menos audaces y las correspondientes ombligueras, y agrega: "Olor de marihuana y elevado consumo de cigarrillo".

Durante todo este tiempo estuvimos expuestos a los gigantescos parlantes cuyas ondas golpean físicamente el pecho y cuyo sonido no permite hablar, a la brillante luz de los reflectores que hace que los ‘habitués‘ lleven anteojos negros, y a frecuentes disparos de pedacitos de papel, sin contar con las imágenes psicodélicas de numerosas pantallas de video.

Los estratos sociales están separados por barandas, cosa inusitada en Estados Unidos y en Europa, y ello hace más difícil el calentamiento colectivo; durante una hora permanecimos agarrados a la baranda que nos separaba de los estratos altos, mirando desde lejos a los varios Dj. que se suceden y que presiden el acto, como en un templo egipcio, desde la altura inaccesible.

A las 2:30, a 50 centímetros de mí, pasa Sasha rodeado de guardaespaldas y se refugia de la histeria colectiva subiendo a un palco, de donde desciende 15 minutos más tarde para dirigirse al altar; gritos, frenesí. Como una herejía vienen a mi mente las multitudes que con igual entusiasmo reciben a Jorge Barón en todos los pueblos del país en su lento y cauteloso camino hacia la presidencia de Colombia, sin el apoyo de Peñalosa (mi libreta dice: "el Jorge Barón de los Dj").

A las 2:45 am, el fotógrafo de SoHo resuelve armar un grupo de atractivas jovencitas para que me rodeen en una fotografía de esas de doble filo que todo marido prudente debe evitar; "me veo anacrónico", reza mi libreta.

Y es que, en efecto y sorprendentemente, mucha gente me reconoce y se acerca a saludar: "Doctor Lleras, qué bueno que esté de rumba", me dice uno; otro me propone que como parte de un programa socialista logremos que toda la juventud pueda participar en rumbas, sugerencia que acepto y de la cual corro traslado a Lucho Garzón; un tercero me aclara que estoy viendo lo mejor de la juventud, que además no consume drogas, lo cual provoca en mí una respuesta gutural, acorde con el hombre primitivo en que me está convirtiendo el paso de las horas, y así con otros, incluyendo mis conocidos de la revista Shock, de la cual fui director unos meses.

A las 3 am, inicia Sasha su presentación y, sin querer demeritar a otros Dj como Martín García o Gabriel Odín, se siente la diferencia. Sasha ‘hace‘ música y ‘toca‘ (plays) música y esa es la característica del Dj que no se limita a ‘poner‘ música.

Varios grupos usan aerosoles con combustible ‘para hacer una tribal‘, lo cual me hace sentir cada vez más cercano al hombre de Neanderthal.

Pasa una hora y miro a mis colegas periodistas, caricansados y aburridos; me da pesar trasnochar a estos jóvenes menores de 30 años, y encabezo la retirada dejando atrás unos maravillosos sonidos electrónicos. 4:30 am, a la cama.

P.S.: Me regalaron un volante que me hubiese permitido obtener un 50 por ciento de descuento dentro de ocho días en otro espectáculo similar que durará 18 horas ‘non stop‘ con los mejores Dj de Colombia (Club Fontana, calle 220). No estaré en Bogotá, pero le ofrezco el volante a cualquier lector mayor de 60 años que quiera reemplazarme.

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