Como se sabe, siendo Alcalde Mayor de Bogotá me encarcelaron en dos ocasiones, por espacio de seis meses en total. Me detuvo primero el Juez 23 de Instrucción Criminal de Bogotá en marzo de 1992, y luego lo hizo la Fiscal 248 en enero del año siguiente. Sus nombres no importan para este recuento. Su atropellada e injusta manera de actuar no les mereció sitial notorio en las memorias de la historia nacional: nada quedó de su afán exhibicionista y por todo ello sus identidades permanecen en el más lánguido anonimato.

Lo que sí es importante recordar es que después se hizo justicia y yo, finalmente, fui exonerado de toda culpa. Igual me quedó el haber sido privado de la libertad en una cárcel, experiencia que me sirvió para aprender un sinnúmero de cosas. Por ejemplo, que no era yo el pintor que mi madre veía en mí cuando chico. Al sitio de reclusión me llevaron los pinceles, los óleos y los lienzos, y estos últimos se quedaron en blanco. Entendí, igualmente, que es pura paja la aseveración de que los presos hacen de la lectura su mejor distractor. La verdad es que arrumé decenas de libros que permanecieron cerrados, cual capullos en flor. La nostalgia y la confusión que produce el encierro injusto no facilitaban en manera alguna la lectura serena y continua. Menos aún, en cuanto el día a día se copaba con los contactos familiares y el diálogo permanente con los abogados. Confieso eso sí, que las primeras noches del cautiverio, bien en la escuela del DAS en Suba, o en el batallón del Ejército en Facatativá, mezclé Prozac, Buchanan‘s 18 y música gregoriana para conciliar el sueño. Un verdadero coctel molotov, sin el cual todavía estaría despierto.

Confieso, de otra parte, haberme aprendido la totalidad de las piezas del grupo Niche, antesala diaria del himno nacional en las dianas y las madrugadas de los soldados del batallón donde me recluyeron. El ejercicio que hoy practico con especial juicio, también surge de la disciplina deportiva que adquirí en el cautiverio. En un momento dado decidí reemplazar el scotch y el válium, por la rutina de trotar y trotar hasta desfallecer. Poco a poco esa tarea se me volvió una adicción que parece haberse quedado conmigo para toda la vida. Hoy lo hago no solo para mantener un buen estado físico, sino además para desahogar el ánimo cuando se afecta por las tensiones diarias.

La otra terapia que surge de un encierro como este radica en la clasificación que uno termina haciendo de los amigos: los de verdad, que estuvieron allí todo el tiempo, en cuerpo y alma. En esa categoría clasificó toda mi familia, por supuesto. Los de mentiras, es decir, buena parte de los políticos y de los donantes que me acompañaron en la campaña electoral.

De la comida —muy regularcita— y de la ducha cotidiana de agua helada no me quedan malos recuerdos. Aprendí a soportarlas, e incluso a disfrutarlas, desde que fui discípulo interno de los jesuitas en Pasto, cuando cursaba mi bachillerato. Se dice que ellos, los jesuitas, son burgueses, sibaritas, pero no fue esa precisamente la característica que imprimieron a los internados de esa época.

Recuperada la libertad, se establecieron en mi espíritu la libertad o la tranquilidad de la conciencia, el reposo en mi propio hogar, las vacaciones y los atardeceres a la orilla del mar, el ritmo y los afanes normales de la vida, afectada esta, sin duda y para siempre, por la hipocresía y la doble moral que imperaron para mí en el juego de la política, y por una justicia que en el caso mío se volvió lacaya de intereses políticos inconfesables.

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