Ustedes son bien particulares en el tema del aseo y de la estética, queridos. Se la pasan soñando con pedazos de carne ciento por ciento magros, cero celulitis, sábanas de seda pura y escenas eróticas más bien peliculescas que incluyen champaña finísima y tetas de silicona que no hacen caso a la gravedad. ¡Qué estéticos, qué pulcros! Suponen que siempre estamos depiladas y que el brasier es compañero de los calzones, y cuando nos van a recoger por primera vez se fijan disimuladamente si estamos "arregladas" a la altura de las circunstancias. Nos montamos en sus carros y nos metemos en sus vidas convencidas de que sus apartamentos son tan inmaculados como la primera noche que compartimos cama, a la luz de unas velas románticas. Al día siguiente nos levantamos. La nevera está llena de frutas, no hay ni un vaso sin lavar, el baño tiene jabón nuevo y las toallas huelen a lavanda.

En cuestión de semanas todo empieza a heder y a tomar su aspecto real: hay ropa tirada por todas partes, el jabón del baño está lleno de chilindrines y el lavaplatos es un cultivo de microorganismos provenientes de restos de lasaña que hace días reposan en un charco nauseabundo de algo que ya ni se parece al agua. Si abrimos la nevera para comer algo, encontramos una arepa luchando por sobrevivir a un hongo verde y hediondo que está a punto de derrotarla y un tomate con una pelusa blanca y espeluznante alrededor. Ahí comienza la pesadilla, que adquiere matices mucho más abrumadores y personales. Se paran de la cama y sin chistar empiezan a echarse pedos de la manera más natural, porque un hombre que se echa pedos es un macho, pero si les tocara padecer a una mujer que hiciera lo mismo no la bajarían de asquerosa. Ni qué decir donde uno les salga con un eructo, que es uno de esos símbolos de hombría que ustedes consideran infiniquitables.

Después del bombardeo, se meten a bañar y hacen un reguero descomunal de agua que moja el acordeón de ropa que misteriosamente se quitaron la noche anterior y dejaron tirado en el suelo. Se quitan la ropa como las culebras cuando cambian de piel y creen que esa ropa vuelve a sus clósets lavada y planchada por arte de magia. Pero vamos en que salen del baño y entonces hacen el comentario bastante abusivo de "linda, ¿por qué dejas calzones colgados en la ducha?". Les parece que no hay derecho a semejante desfachatez. Los indigna ver un calzón lavado y fuera del contexto peliculesco y mentiroso del que hablaba al principio. D‘Artagnan lo dijo hace poco en una de sus columnas, que le parecía ofensivo e inconcebible. Con todo el respeto que se merece (su mujer), prefiero ver cien calzones de ella colgados en el baño, que uno solo de sus calzoncillos sucios tirados en el piso. ¿Tan débil es su pasión que se asustan por un calzón colgado en el baño? ¿Y qué deberíamos pensar nosotras (disculpen si el pronombre les trae a la mente adminículos insoportables de aseo personal femenino) de sus calzoncillos casi siempre medio cagaditos, deberían afectar nuestra libido? Nooo, por nada del mundo. Ustedes se ofenden porque en las propagandas de toallas higiénicas hacen un simulacro con un líquido azul, pero a nosotras nos toca mamarnos que miccionen como si todavía tuvieran tres años y dejen la taza llena de un líquido amarillo, real y maloliente. Los desmoraliza ver que una mujer se acomoda el brasier o algo así, pero creen que están en todo su derecho porcino (porque eso es lo que son: unos cerdos) de rascarse las huevas en cualquier lugar y cuantas veces les plazca. No me imagino las caras de asco que pondrían de ver a una mujer haciendo algo similar. Jamás se les ocurre que abominamos el fútbol por obvias razones: llegar un sábado con ese uniforme empapado y meterlo en la canasta de la ropa sucia hace que todo huela asquerosamente a guayo sudado. Querría seguir y hacer un ataque inmisericorde que les haga ver lo inconsistentes que son en materia de aseo, pero la triste realidad es que los responsables directos de toda esa porquería varonil no tienen huevos ni pene y esperan que seamos sus sucesoras en tan noble labor. Tristemente es imposible atacarlos sin primero atacar a sus adorables mamitas, que han sido las gestoras y promotoras de cuanto pedo, eructo, moco y rascada de hueva hemos tenido que sufrir el resto de las mujeres. Por lo anterior, un caluroso y largo eructo en sus narices para todas y cada una de ellas, las mamitas de los lechoncitos.

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