Hace treinta y tres años le perdí todo respeto al 31 de octubre, al menos como fecha de infantil exaltación (pues si no reconozco en estas primeras líneas que es el día en que todos en casa celebramos el nacimiento de mi única hermana, se nos acaba la tranquilidad familiar). Vuelvo, ahora sí, a la primera de estas líneas y al origen de mi trauma: Medellín, 1975, los Gómez Córdoba vivíamos en un barrio cuyo nombre bien le valdría un par de emocionadas lágrimas a Chávez, el Simón Bolívar. En ese bolivariano vecindario era posible, en aquel entonces, ir de cuadra en cuadra pidiendo dulces con un cántico ridículo que amenazaba al dueño de casa con el castigo divino, si resultaba avaro, de convertirlo en una especie de moderno Cyrano de Bergerac.

Aquel 31, mamá, que me había tenido a mí en 1967, tuvo algo más peligroso: una idea. La idea de ponerme una malla negra de ballet (ceñida a mi rollizo cuerpo de niño-lechona), un antifaz fucsia y una capa tornasolada. Y, así, como quien envía un comando tras líneas enemigas con pocas municiones y cero apoyo artillado, me lanzó a las calles. La gente, entre asombrada y compasiva, me echaba algo a la bolsa y trataba de confortarme con una sonrisa de utilería. Para Batman, el pirata, la Mujer Maravilla, el Zorro y el hada madrina había verdadero cariño y muchos dulces; para mí, caridad. Las cosas se pusieron realmente duras cuando una señora me preguntó: "¿Niña, de qué estás disfrazada?". ¡Horror! Ni yo era niña ni supe qué contestar. Fue el principio del fin. Quedé marcado para siempre, a punto tal que, desde entonces, he tratado de estar bien disfrazado: voy al trabajo con saco, corbata y mancornas; colecciono uniformes de Star Trek (y algo tengo de Star Wars); guardo un completo atuendo de policía neoyorquino entre el clóset y, en mis viajes, compro siempre que puedo alguna prenda militar de factura original. He ido más allá, al disfrazarme por dentro: soy antioqueño pero tengo perfecto acento cachaco, no sé de fútbol pero lo veo de vez en cuando en televisión con los amigos (¡y lo comento!), nunca aprendí a hablar bien inglés pero venero y entiendo a los Beatles, solo tomo ron pero no rechazo un whisky… en fin, he sido un diligente Zelig. Casi tan bueno como el de Allen, por lo que tiendo a pensar que no es coincidencia cómo, en los últimos años, me he ido empezando a parecer a Buzz Ligthyear y a Shrek.

Hoy, cuando la Providencia decidió disfrazarme de padre, he tenido que regresar al fatídico Día de las Brujas y vivirlo en las calles para darles un poco de felicidad a Gustavo, que a sus tres años jura ser un buen Hombre Araña, y a Francisco, el único Supermán fofo de la historia (aunque a sus quince meses de vida mejor debería presentarlo como un fofo Superboy). Cuento a mi favor con la inmensa fortuna de que este mundo es una cloaca: a los niños se los envenena, se los maltrata y hasta se los secuestra en Halloween. Todos los padres lo sabemos, incluida mi mujer —animosa pero sensata­—, y debemos resignarnos a dar una rápida vuelta por el barrio en horas de la tarde, visitar un infernal centro comercial (atestado de padres temerosos como uno), ir de visita al apartamento de algún amigo con hijos o, incluso, comprar una torta decorada con vampiros de mazapán y comerla en casa con los muchachos. Este año, celular en mano, hicimos precisamente todo eso, y tomamos fotos para tener el recuerdo de una fecha que nadie cuerdo quisiera recordar.

Queda en esta página testimonio escrito y fotográfico de ese día amargo en el que, como han dispuesto los dioses y el Ideam, suele llover con intensidad disfrazada de castigo. Amargo sobre todo aquí en Pasadena, que era un barrio cuando llegamos hace muchos años y ahora, por la falta de calzones de los alcaldes, es un tugurio comercial donde las casas se convirtieron en oficinas y SaludCoop nos infectó con sus clínicas de aspecto filantrópico y aire de negocio oscuro. Mis hijos se resignaron a comer dulces comprados en Carulla porque, además de no tener mi mujer y yo ganas de acompañarlos a pedir, tampoco tenemos vecinos. La casa de al lado es una venta de ropa industrial y la de enfrente un consultorio de médicos alternativos; diagonal, hay una bodega de importadores y en nuestra misma cuadra funcionan un caótico hogar infantil, una ruidosa iglesia cristiana, una academia de Feng Shui y, único oasis, la casa de mis padres. Sí, somos vecinos. Mi madre —es decir, mi vecina— ha vivido lo suficiente para leer este artículo y llamarme mañana a decirme: "Mijito, ¿de verdad lo traumatizó tanto lo del disfraz de la trusa?". Le diré entonces que no se afane, que exagero en mis escritos porque pagan bien cuando uno infla sus miserias (¡Eduardo Escobar tiene que ser Rockefeller!) y que no, que la verdad no me dolió tanto haber salido a la calle, con siete añitos, a pedir dulces disfrazado de… ¡disfrazado de no sé qué putas!

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