Una vez en el andén, Rodríguez se queda quieto. No imita a los otros pasajeros, que buscan las escaleras de salida de la estación. De pie, con las manos en los bolsillos del pantalón, observa el tren que se aleja hacia San Antonio de Padua, un punto cada vez más chico en la línea del horizonte. Enciende un cigarrillo en la estación desierta del domingo a las dos de la tarde. Se pregunta si no será mejor permanecer ahí, en el andén, esperando un tren que lo devuelva a Buenos Aires, a su vida de todos los días.

Después de la última pitada arroja la colilla a las vías, junto a otras miles. Alza la vista. El panorama no es muy distinto al que vio la última vez que visitó el pueblo. Faltan algunas casas, y en su lugar han construido algunos comercios. El resto está igual. Las construcciones bajas, la línea del horizonte bien a mano, mucho cielo, las copas invernales de los paraísos y los sauces. “Acá no cambia nada”, se dice, y no consigue decidir si eso es algo bueno o algo malo. Enciende otro cigarrillo y camina hacia el extremo del andén. En todo el rato que pasó ahí, fumando sin decidirse, apenas han llegado algunos pasajeros, familias endomingadas que van a tomar el tren al centro. Baja los diez escalones, cruza el paso a nivel y endereza por la calle Juncal hacia la casa de sus padres.

Las veredas están desiertas en la siesta inminente. De tanto en tanto, desde alguna ventana de las que dan hacia la calle, le llega el rumor de los platos a medio lavar en las cocinas, conversaciones de sobremesa, el prólogo de las transmisiones deportivas de la radio. Al cruzar Mansilla consulta el reloj. Las dos y veinte. Va puntual. Ha fallado la manida profecía ferroviaria de su padre, esa que asegura que los trenes, desde que son propiedad del Estado argentino, han perdido su tradicional puntualidad inglesa. Hallar a su padre en ese error, a Rodríguez le inyecta un sarcástico entusiasmo del que se arrepiente enseguida: ¿no es penoso que él siga pendiente de las sentencias de su padre, por más tiempos y distancias que él intente poner entre ambos?

Llegará a la casa a las dos y media. Su madre saldrá a recibirlo secándose las manos limpias en el repasador a cuadros. Él se inclinará para recibir su beso y retribuírselo. Ella comprobará, con un vistazo, que su aspecto general, su peso, el color de su piel y el brillo de su mirada sean los de un hombre sano y fuerte en la plenitud de la vida. Recién entonces lo hará pasar, mientras le pregunta por Susana y por las chicas. 

Cruza Olazábal, sigue hasta Lavalle. Por fin la casa. Toca el timbre y de inmediato oye el tintineo de las llaves. Rodríguez abre el portón y avanza por el jardín mientras la puerta se abre. Su madre se asoma sonriendo. Es el momento de encorvarse y del beso en la mejilla. La observa mientras aguarda su escrutinio. Evidentemente está aprobado, porque ella vuelve a sonreír mientras cuelga su sobretodo en el perchero de la entrada y le pregunta por su mujer y sus hijas. ¿Qué pasaría si él desenmascarase la impostura? ¿Acaso su madre no los visitaba en Buenos Aires todas los miércoles a la tarde, a escondidas de su padre? ¿Acaso no sabía ella que Susana y las chicas estaban tan perfectamente bien como tres días atrás? Rodríguez no llega a comprender por qué se fastidia con esa pantomima. Será que le parece otro modo de corroborar el poderío tenaz de su padre, y eso es lo que le molesta. Pero no va a cometer una crueldad con esa mujer que sigue empeñada en cuidarlo, de manera que le contesta que Susana y las chicas están bien, y que le envían cariños.

“¿Y papá?”, pregunta Rodríguez, al fin. “En la galería”, contesta su madre, y lo precede hacia la cocina. “Andá pasando, que preparo el café”, agrega ella, y enciende una hornalla. La voz de su madre es tranquila, como si no temiese tempestades. ¿Será fingida esa calma, o sinceramente no teme que su esposo y su hijo terminen trenzándose en una de esas discusiones horribles que parecen su único modo de vincularse? Rodríguez la ve poner la pava al fuego, colocar la manga en la cafetera, verter en ella tres cucharadas colmadas de café. Tal vez realmente esté tranquila, y contenta de que sus dos hombres pasen juntos la siesta del domingo. Las mujeres saben hacer cosas que los hombres ignoran por completo. 

Rodríguez sale de la cocina por la puerta del fondo. Así se llama ese sitio en su casa, en su familia. “Fondo”, y esa palabra abarca el patio de baldosas, el jardín minúsculo, la quinta de verduras contra la medianera del fondo. Su padre está ahí, encorvado sobre la hilera de tomates, con las manos hundidas en la tierra barrosa. Cuando advierte su presencia se incorpora, se sacude las manos y regresa hacia el patio. Rodríguez lo ve como siempre: flaco, bajo, serio, fuerte. Se estrechan la mano, y el hijo siente la rudeza de esa piel que le hace recordar la superficie porosa y árida de un ladrillo. Se sostienen la mirada, porque su padre jamás baja los ojos y porque Rodríguez, sabiéndolo, se propone tampoco claudicar ante esas piedras pequeñas y azuladas que lo escrutan sin prisa.

“Cómo estás”. La pregunta suena chata, sin entonación de tal. “Bien, papá. ¿Y usted?”. Su padre asiente. “Su madre pensó que tal vez viniera a la hora del almuerzo”. Rodríguez sabe que no es cierto. Su madre sabe perfectamente, porque lo acordaron el miércoles, cuando ella estuvo de visita en su casa del centro, que llegaría a las dos y media, a la hora del café, para irse a más tardar a las cuatro. Una hora y media. Un lapso plausible para estar sin discutir, para permanecer sin pelear. Rodríguez siente un minúsculo impulso de decirlo, de desenmascarar la realidad de que ambos saben que serían incapaces de permanecer todo un almuerzo en armonía. Pero calla. Tal vez la madurez sea esto de dejar los silencios como están.

La puerta de la cocina se abre con cierta violencia porque su madre, que lleva la bandeja con las cosas del café, ha tenido que abrirla con el codo. Rodríguez se acerca a ayudarla. Los tres se sientan a la mesa de cemento y patas de hierro. En realidad su madre permanece de pie mientras sirve, y su esposo paladea el primer sorbo, y aprueba con un gesto. Recién entonces ella toma asiento entre los hombres. 

Después de algunos titubeos, la conversación se pone en marcha. Los tres andan con cuidado, Rodríguez el primero. Nada de religión, ni de política, ni de normas para la crianza de los niños ni de planes para su educación futura. Su madre, de todas maneras, es una aliada perspicaz en la espinosa labor de conducir la nave de la visita por entre los arrecifes mortíferos que él y su padre se han pasado la vida construyendo. Hablan del trabajo, de los vecinos, del clima y del coste de la vida. Su madre se entusiasma contando lo mucho que le gusta el teleteatro de las tres en canal once. 

“¿A ti te apetece otro café”, le pregunta su padre. Rodríguez dice que sí, mientras piensa lo diferente que es el perfecto español que habla su padre, con sus tús, y sus tis, y sus zetas, con respecto a su propio español porteño, saturado de voseos y de verbos acentuados en la última vocal que lastiman el oído: “Mirá, vení, tomá, salí”. Otra herencia fallida, otro puente roto entre los dos. 

Están solos en el patio, porque su madre ha saltado como un grillo de su asiento, de vuelta hacia la cocina, al escuchar que quieren más café. Rodríguez quiere consultar su reloj, pero teme que su gesto sea demasiado ostensible. Tal vez falte poco para las cuatro, para dejar esa casa otra vez a su espalda, para caminar a paso rápido hasta la estación, para subir al tren y dejarse caer en un asiento vacío y colocar la radio en el marco de la ventanilla y escuchar el partido.

“¿Le parece que el quiosco de Varela estará abierto el domingo a la tarde?”, pregunta de repente. La cadena de sus pensamientos lo ha llevado a pensar que necesita pilas para la portátil, no sea cosa de que se le agoten en plena transmisión. Su padre parpadea, tal vez sorprendido. Rodríguez le explica lo del partido y las pilas. Completa la explicación hurgando en el bolsillo y dejando la radio sobre la mesa. Ambos se la quedan mirando. “Pues lo dudo. Domingo a la tarde… me temo que estará cerrado”. De nuevo hacen silencio. Rodríguez, con los ojos fijos en la huerta, desea que su madre vuelva pronto.

“¿Hoy jugamos con Boca, cierto?”, pregunta repentinamente su padre. Rodríguez deja de mirar la hilera de lechugas. “Sí”. Responde Rodríguez, y le queda la incomodidad de haber dado una respuesta demasiado breve, como si su padre hubiese hecho un gesto hacia él, un gesto profundo y meditado, y él no hubiera sido capaz de apreciarlo. Por eso agrega: “De visitantes”, y alza las cejas como dando a entender que el partido será cualquier cosa menos fácil. Su padre, voluntariamente o no, reproduce su gesto. Desde la cocina llega la voz de la madre, que pregunta si la azucarera ha quedado ahí en la mesa. “Sí, mujer. Aquí está”. Alza la voz el padre, levantando el recipiente y volviéndolo a posar en su sitio, como si su esposa pudiera verlo desde adentro. 

“Difícil…”, dice su padre, y Rodríguez entiende que se refiere al partido contra Boca, en la Bombonera, que está a punto de empezar y que él no podrá escuchar si no abandona la casa en los próximos diez o quince minutos. Pero algo lo detiene. Una piedad infrecuente, que le impide dejar que el comentario de su padre se pierda en el silencio. “Dificilísimo”, coincide Rodríguez. “Y para peor, no juega Cosentini”. “¿Ah no”, su padre alza hacia él las piedritas azules de sus ojos. Esta vez Rodríguez responde casi con naturalidad “No, papá. Se lastimó el domingo pasado contra San Lorenzo. Y el suplente es De Santis”. “¿De Santis, ese que trajeron de Quilmes”, pregunta su padre. Rodríguez asiente. “Es malísimo”, sentencia su padre, y Rodríguez sonríe y asiente. Su padre sonríe también, apenas. 

Rodríguez consulta su reloj. Son las cuatro. Su padre advierte el gesto. “A ti se te hace tarde, ¿no es cierto? Y yo aquí dándote la lata…”. “No”, Rodríguez responde rápido. “No tengo apuro… pero a vos se te hace tarde para el dominó”. “Sí, es cierto”, responde el padre, y carraspea. Levanta la azucarera y la apoya otra vez en el mismo sitio. “Se me había ocurrido…”, vuelve a carraspear. “Tú dirás… pero si a la radio le faltan pilas… si quieres quedarte a escucharlo aquí, y luego te vas”. No dice “luego”, sino “logo”, cerrando la palabra en ese español que se ha traído desde la península y lo acompaña para siempre. Dudando, y temiendo equivocarse, Rodríguez responde que sí, que se queda.

Se abre la puerta de la cocina y su madre viene otra vez con la bandeja. Rodríguez se pregunta si notará la turbación que sienten él y su padre. “Se te va a hacer tarde para el dominó, Fermín. Ya son las cuatro”, dice, mientras restriega los pocillos entre las manos, como para mitigarles un poco el frío, antes de llenarlos otra vez. 

El padre carraspea por tercera vez. Cuando habla, lo hace con la cara vuelta hacia la pared de los rosales. “Hoy no voy. Antonio se queda en casa a escuchar el partido por la radio”. El hijo no dice nada. Echa un vistazo a su padre, que tiene el ceño fruncido, el rostro colorado, las piernas estiradas y el mentón hundido contra el pecho. 

Rodríguez pestañea varias veces para evitar que se le humedezcan los ojos. Clava también la mirada en la única rosa fría de pétalos abundantes que florece en los rosales de la medianera. Le acomete una ansiedad súbita. Ojalá ganen el partido. O que al menos empaten, porque de visitantes en la Bombonera, el empate no es un mal resultado. 

Casi a su espalda, su madre termina de servir los cafés y comenta algo de que va a ir hasta la panadería a comprar unas facturas. Medialunas no, porque el panadero de ahí a la vuelta las hace muy secas. Pero sí facturas. Vigilantes y sacramentos. Y su tono de voz es absolutamente sereno, natural, como si la tarde fuese una tarde cualquiera y lo que está sucediendo ocurriese todos los días. Por segunda vez en la tarde, Rodríguez piensa que las mujeres saben cosas que los hombres ignoran por completo.

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