Cuarenta miembros de la policía y el ejército caminan pausadamente por estas calles empinadas, como lo vienen haciendo desde hace un año. En mayo de 2013, Medellín vivió una situación de desplazamiento intraurbano sin precedentes. Más de 80 familias decidieron abandonar sus hogares en los sectores de El Cañón y La Gabriela de la vereda La Loma, corregimiento de San Cristóbal, ante las amenazas sufridas por diferentes grupos delincuenciales que operan en la zona.

“Llegaron amenazando a la gente, que teníamos que desocupar las casas y que si no nos íbamos, nos mataban... tenemos miedo y por eso nos vamos de este barrio en el que hemos vivido siempre”, relató en ese momento una habitante al periódico El Colombiano.

Dicen que La Loma era una fiesta. Constantemente la música sonaba, los niños jugaban tranquilos en sus empinadas calles y los jóvenes podían hacer su vida normal. Esta zona ubicada en el centro-occidente de Medellín y que está a un par de cuadras de la Comuna 13, fue colonizada por campesinos. Familias enteras que poco a poco se fueron entrelazando entre sí. En La Loma todos se conocían, según ellos, todos eran familia.

Pero Medellín creció, y de la mano de su crecimiento llegaron los problemas de violencia tan recurrentes. La Loma no fue ajena. Empezaron a llegar más familias, algunas de otros sectores, la agricultura campesina le dio paso al trabajo en las fábricas paisas y la violencia tocó sus laderas.

El desplazamiento de mayo de 2013 fue un punto de quiebre. Según datos del Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia (Sisc) de la Alcaldía de Medellín, durante ese año el corregimiento de San Cristóbal registró 47 homicidios hasta el 23 de noviembre. Los asesinatos, el reclutamiento de menores por los combos y el miedo general ante las amenazas de muerte hicieron que las familias recogieran sus cosas y buscaran amparo en casas de sus familiares o amigos, en otro lugar de la ciudad. Con los ojos llenos de lágrimas, de desconfianza y temor, la gente que forjó una Loma en paz, alzaba sus colchones, estufas y muebles por entre las faldas empinadas del sector, y se iba.

La administración municipal, en cabeza del alcalde Aníbal Gaviria Correa, de inmediato tomó cartas en el asunto. A través de las Secretarías de Gobierno y Seguridad, y en equipo con la Policía Metropolitana y el Ejército Nacional, se puso en marcha un plan de protección inmediata para los ciudadanos de La Loma y una misión más difícil: recuperar la confianza de las familias que se marcharon. Había que lograr su regreso.

La Loma le hace honor a su nombre. Sus calles son angostas, el terreno plano es un privilegio y sus habitantes recorren con parsimonia pero buen paso sus empinadas laderas. Hay casonas grandes que se ve que fueron fincas, hay casas que se denota que fueron hechas por las mismas familias, y otras en las que las ampliaciones se quedaron a medio hacer. Abajo, al fondo, se ve Medellín.

Un año y siete meses después del desplazamiento, a las 9:30 de la noche, en La Loma se respira una tensa calma. La Policía Militar del Ejército Nacional, con un destacamento de 40 hombres aproximadamente, hace presencia las 24 horas del día. La Policía Nacional también patrulla y tiene puestos de control en todo el sector que se relevan para garantizar la tranquilidad diaria.

En el sector La Aguadita, en donde se divide La Loma en tres, la música suena, algunos se toman sus cervezas y aguardientes, hay un puesto policial, ahí todo es tranquilidad. Pero la trifurcación es el mapa del conflicto: a la derecha está La Gabriela en una vía casi peatonal; por el centro cae uno en la 43, el lugar que, según los habitantes de la zona, es de donde surgen las agresiones hacia los otros, y a la izquierda, la zona de El Cañón.

Al recorrer el sector de La Gabriela, el más golpeado por la violencia y el desplazamiento, se percibe un aire pesado. La gente llega de sus trabajos y con desconfianza mira al extraño, quieren llegar rápido a sus hogares. Es como si un “toque de queda” no oficial y autoimpuesto por la comunidad flotara en el ambiente.

En medio de una calle se me acercan tres muchachos que no superan los 20 años. Son amables, nacieron y crecieron en esta zona. Tienen ese tono peculiar paisa de los barrios populares de Medellín que ya en nada se asemeja al de los arrieros. Visten como si fueran cantantes de hip-hop con gorras planas y grandes, sacos amplios y capuchas encima de la gorra. Uno de ellos decide hablar, no me dice su nombre y le advierte al fotógrafo que no le tome la cara. Son las condiciones del miedo y la desconfianza…

“Somos familias entrelazadas, todos nos conocemos pero un día llegó gente que no es de por acá y afectó al barrio. Antes uno salía a cualquier parte, ya no se puede andar tranquilo. Se ve mucha presencia de la Alcaldía, la Policía y el Ejército. Pero necesitamos más oportunidades de estudio, más lugares para el deporte, para la recreación, para divertirnos. Si queremos jugar un partido nos toca ir abajo, a Piedra Lisa, ya no podemos ir a las canchas cercanas por miedo a que nos hagan algo. Todo puede reventar de nuevo en cualquier momento. Hace poco mataron a dos pelaos con los que nos criamos desde pequeños, eso le dolió a toda La Loma. Sabemos que no podemos quedarnos por ahí, ya que arriesgamos la vida. Si no estuvieran ellos (señala a un funcionario de la Alcaldía), la Policía o el Ejército, esto estaría peor. No podría uno dormir porque ahí le llegan”.

El esfuerzo de la Alcaldía de Medellín ha sido grande. A través de la institucionalidad se ha coordinado el trabajo en equipo con la fuerza pública para garantizar seguridad y presencia en la zona. De igual forma, en lo que va del año se han realizado más de 100 actividades que buscan fomentar lo social, la educación, el deporte, la salud y el bienestar.

En 2014, según datos de la Alcaldía, se han presentado 32 homicidios en el corregimiento de San Cristóbal. Específicamente en el sector de La Loma van 12 asesinatos. De las 62 familias que abandonaron El Cañón en el desplazamiento forzado, 61 han regresado a sus casas. En La Gabriela nadie ha vuelto. Son las 11:00 de la noche, el miedo no se esconde. La Loma era una fiesta, y quieren que la fiesta vuelva.

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