Viajé a Tenerife a encontrarme con la hija del espía ruso que trabajó para la CIA en Bogotá en los años setenta. En el Aeropuerto de Los Rodeos estaba esperándome Alejandra Suárez Barcala. Me enteré de su existencia un año antes, gracias a las pesquisas de una amiga que vive en Madrid, la periodista y escritora Marbel Sandoval.

Yo acababa de leer un libro sobre Adolf Tolkachev llamado El espía de los mil millones de dólares, escrito por David Hoffman, un excorresponsal de The Washington Post en Moscú. Tolkachev fue un ingeniero de radares que se ofreció voluntariamente a pasar información a la Agencia Central de Inteligencia (CIA), información que le permitió al Pentágono ahorrarse por lo menos 1000 millones de dólares en el diseño de radares de los aviones militares, ya que la tecnología antirradares soviética era mucho menos avanzada de lo que se sospechaba en Estados Unidos.

El libro sobre Tolkachev menciona que antes de él la CIA tuvo en Moscú otro espía, también muy importante como fuente de información. Se llamaba Aleksandr Ogorodnik y había sido reclutado por la CIA en Bogotá. Me di a la tarea de averiguar más sobre Ogorodnik y encontré algunas referencias. Creo que nadie en Colombia sabía que la CIA lo había contratado en el país, pero su existencia no era totalmente secreta para los especialistas en el espionaje. Las fuentes también citaban que Ogorodnik había tenido una relación sentimental en Bogotá. Unos la denominaban “a latin beauty”, otros decían que era una colombiana. No fue difícil establecer que se trataba de una española llamada Pilar Suárez Barcala, que llevaba años viviendo en Colombia y que era dueña de una guardería infantil.

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Haciendo cuentas mentales de las edades de Pilar y de Aleksandr por la época en que se conocieron, año 1971, y sabiendo que eran personas jóvenes en su momento, calculé que ella podía estar viva. De él se sabía que estaba muerto. Luego tuve una intuición: tal vez tuvieron un hijo. Mi amiga de Madrid buscó a Pilar Suárez Barcala en el Boletín Oficial del Estado, equivalente en España al Diario Oficial. Descubrió que ella había creado una fundación años atrás. Buscando datos de ella y de la fundación encontró que una tal Alejandra Suárez Barcala tenía una empresa en Tenerife. Consiguió el teléfono. La llamó. No era, como podía pensarse, una hermana de Pilar, sino su hija. El 6 de marzo de 2016 hablé por teléfono por primera vez con Alejandra. Era el día en que cumplía 41 años. Era hija de Ogorodnik y de Pilar Suárez Barcala.

A partir de ese momento armamos juntos el rompecabezas. Nos ayudó un libro publicado en 2012 por una editorial totalmente desconocida en el que una oficial de inteligencia de la CIA narraba cómo su primera misión en el mundo del espionaje había ocurrido en Moscú, donde ella recogía los paquetes que Ogorodnik depositaba en lugares secretos con los rollos fotográficos de los papeles secretos que pasaba a la CIA. El libro se llama The Widow Spy (La viuda espía).

Por Skype, por teléfono y por correo electrónico Alejandra y yo hicimos, en 2016, la reconstrucción de la historia de amor y de espionaje. Su madre, Pilar, conoció a su padre, Sacha, diminutivo de Alejandro, en octubre de 1971, cuando él llevaba apenas un mes en Bogotá como tercer secretario de la embajada soviética en Colombia. El flechazo entre los dos se dio a raíz de una exposición de trajes típicos de países extranjeros organizada por Colcultura e inaugurada en el Teatro Colón por la gran dama de la televisión colombiana, Gloria Valencia de Castaño. Sacha había venido a Colombia con su esposa, Alexandra, pero el amor a primera vista entre él y Pilar fue superior al matrimonio y a la prohibición que tenían los funcionarios soviéticos de fraternizar con gente del lugar.

Se veían clandestinamente en restaurantes, sentados espalda contra espalda en mesas aparte, o en la casa de ella, acompañados por Alexandra, o en la casa de una amiga de Pilar, o en restaurantes con esta amiga, llamada Rosario Puerto, que fue en Colombia la mejor amiga que tuvo Pilar. Un año después Pilar se fue a vivir a Madrid.

La CIA se enteró del romance porque tenía interceptadas las líneas telefónicas de la embajada soviética, que funcionaba donde funciona hoy, en la carrera 4 n.º 75-00 de Bogotá. En 1973 un funcionario de la CIA hizo contacto con Pilar y le preguntó si Sacha trabajaría para los Estados Unidos. En 1974 Sacha se reunió con un agente de la CIA en los baños turcos del Hotel Hilton y aceptó la oferta. Firmó el contrato de confidencialidad y fue entrenado en escritura invisible, en el uso de cámaras fotográficas miniatura y en otras artes secretas. Pilar venía a visitarlo desde Madrid y se alojaba en el Hotel Hilton, donde los diplomáticos soviéticos podían hacer libre uso de la piscina y de los baños turcos.

Alejandra fue concebida en una habitación del ese hotel, pues el pasaporte de Pilar revela que ella estuvo en Bogotá del 20 al 30 de mayo de 1974, según los sellos del DAS en El Dorado y los sellos de la Policía española en el Aeropuerto de Barajas. Nació en Madrid nueve meses y seis días después, el 6 de marzo de 1975.

Todo esto ya lo sabía cuando, en febrero de 2017, salí del área de equipajes del Aeropuerto de Los Rodeos en Santa Cruz de Tenerife y conocí personalmente a Alejandra Suárez Barcala. Sabíamos que ella llevaba los mismos apellidos de su madre porque nadie podía saber quién era su padre. Sabíamos que él se suicidó con una cápsula de cianuro cuando fue detenido en 1977 por la KGB. Sabíamos que Sacha murió sin saber que tenía una hija, pues la CIA le pidió a Pilar que en las cartas que le escribía y que CIA le entregaba no mencionara a Alejandra, por temor a que él abandonara la misión.

Yo estaba en Tenerife para armar el libro. O mejor, los dos libros. Decidimos escribir dos, uno para Colombia, que firmaría yo solo aunque Alejandra, más que fuente, fue coautora. Y otro que ella publicaría en España. No lo sabíamos en ese momento, pero ahora el libro ya tiene título: Mi padre, Aleksandr Dmitryevich Ogorodnik.

Al segundo día de estar revisando las fotografías, cartas y otros papeles y recuerdos de su madre y de su padre —en su casa de Madrid, Pilar siempre tuvo una fotografía de Sacha con una corbata amarilla—, Alejandra me sugirió que fuera a visitar a Pilar para ver si ella me mostraba las cartas que Sacha le escribía desde Moscú y que ella había visto alguna vez en la casa familiar de Madrid, husmeando en el escritorio de Pilar.

Alejandra está distanciada de su madre hace años. Su marido me llevó a su casa, pero Pilar ya no vivía allí. Descubrimos que había sido llevada a una residencia para mayores. Como su apartamento era de propiedad de Alejandra, entramos. Encontramos todas las cartas, fotografías, libros y objetos que ella había acumulado a lo largo de sus 79 años. Toda la vida de Pilar estaba reflejada y documentada en esos papeles. Fue un hallazgo asombroso, extraordinario. Para un investigador era ganarse la lotería.

Allí descubrimos la historia de los otros amantes, novios y pretendientes de Pilar Suárez Barcala en Colombia y en España. Escribió en cuadernos varios relatos de su vida. Es ella misma la que cuenta que el colombiano que la contrató en Madrid supuestamente para trabajar en la gran empresa española cuya representación él tenía para Colombia, en realidad la trajo con la intención de instalarla como su amante en un apartamento en Bogotá. Ese colombiano que le pagó el boleto de avión se llamaba Luis Carlos Angulo Hinestrosa. El día que Pilar llegó a Bogotá, en 1961, la recogió con su esposa en el aeropuerto y la llevó a un hotel. Al día siguiente la invitó a almorzar sin su esposa pero con dos amigos, a los cuales les manifestó: “¿No les dije que la españolita era un bombón?”.

Luis Carlos Angulo Hinestrosa fue hijo de un adinerado notario de Bogotá. Era un cachaco, un dandi, le encantaban las fiestas, tomaba trago, jugaba polo, fue socio del Jockey Club y gozó de las mieles de la diplomacia. Fue cónsul de Colombia en Le Havre, Francia, en el gobierno de Alfonso López Michelsen; primer secretario de la embajada en Bruselas, en el gobierno de Belisario Betancur, y primer secretario en la misión colombiana ante las Comunidades Económicas Europeas, en el gobierno de César Gaviria.

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Delia Rivera, la esposa española de Angulo, también se interesó por Pilar. Durante una fiesta en la casa de los Angulo, Delia y Pilar entraron al baño. Delia “se acercaba a mí con la intención de besarme en la boca, ni siquiera sé cómo logré apartar la cara y quedé completamente paralizada”. Fue un acoso matrimonial.

Pilar se liberó de Angulo y esposa y se fue a vivir a una residencia para monjas. No se sabe cómo se conocieron, pero en 1962 el poeta Jorge Zalamea Borda estaba prendado de ella. Fue la primera gran conquista de la española en El Dorado. En el apartamento de Pilar había poemas inéditos de Zalamea y ella guardaba los libros que él le había dedicado. “Para Pilar, mi adorado territorio todavía incógnito, con la más dulce esperanza”, reza una de las dedicatorias.

Pilar registró el idilio en uno de sus relatos: “El maestro se enamoró de mí, me volví su musa y su duende, todos pensaron que yo era su salvación y empezaron a rogarme que no lo rechazara al menos por el momento hasta que él reanudara su obra con la fuerza y euforia que le daba el amor, a mí francamente no me gustaba mucho la idea, pero tanto me pidieron e insistieron que yo, ante la responsabilidad de ser la salvación del maestro o su perdición total, acepté seguir la corriente, claro que me puse en un plano digno de novia anticuada”. Zalamea tenía entonces 57 años y Pilar, 24.

Como Luis Zalamea Borda, el hermano del poeta, era director de la Corporación de Turismo, Pilar obtuvo en concesión el Parador del Neusa, que atendían sus padres, los cuales había traído de España. En casa de Pilar encontramos varias fotografías tomadas en el Neusa. Una de ellas muestra a quien fue su amante por varios años, el sucesor de Zalamea en el plano amoroso. De él me había hablado Rosario Puerto, la mejor amiga de Pilar, pero sin darme su nombre. Solamente me había contado que Pilar, que nunca contrajo matrimonio, tuvo por años un amante de Cali, un señor casado con el cual se encontraba cuando él viajaba a Bogotá. A fe que Rosario tenía razón. Ese señor casado era Alfredo Cadena Copete, uno de los fundadores de la Universidad Santiago de Cali. En la fotografía aparece Cadena Copete sentado a manteles en el Parador del Neusa con Pilar de pie, a su lado. Es una de las fotografías de los dos en que no tienen los brazos entrelazados. En casi todas las demás aparecen sonrientes en restaurantes o en fiestas, siempre con un brazo de Pilar perdido entre los brazos de Alfredo, que falleció en 2005.

Pilar dejó este testimonio de su idilio con Alfredo Cadena Copete: “Me chiflé por él, hablábamos de muchas cosas profundas y me contó sus problemas íntimos, estaba separado de su mujer, su vida había sido un martirio pero tenía hijos y aguantó hasta que no pudo más, era un hombre muy inestable emocionalmente, yo sentía un gran pesar, pero cosa cruel en el fondo me alegraba, mujer al fin. Nunca hubiera imaginado que volviera con su mujer porque ella lo amenazó con suicidarse. Tuvo que hacer un viaje y me llevó con él, fuimos como marido y mujer y esa fue mi luna de miel, conocí el amor en su plenitud, él parecía más enamorado que nunca”.

Pero el amor de su vida fue Aleksandr Ogorodnik, de quien encontramos fotografías tomadas en el Neusa. En el viaje que hizo a Bogotá en 1974 y en el que quedó embarazada del ruso, Pilar también tuvo tiempo de yacer con otro hombre. Se llama Aníbal Gómez Restrepo y fue director de Impuestos Nacionales hace 50 años, en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. Mi asombro fue clamoroso cuando descubrí su nombre entre los papeles de Pilar, pues Gómez Restrepo fue mi profesor de Derecho Tributario en la Universidad de los Andes a comienzos de los setenta.

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Que sea Pilar la que lo presente: “Yo me hospedaba en el Hotel Hilton y él (Sacha) trataba de escaparse para estar juntos, pero cada vez le era más difícil porque lo tenían muy vigilado. Un día que me había asegurado que pasaría el día y la noche completa conmigo, vino un momento de prisa y corriendo, rogándome que le disculpara por no poder quedarse. Siempre era así, una intimidad acelerada. Ese día ya no pude más, fui a casa de unos amigos y conocí a un gran hombre, Aníbal”.

Continúa el relato de Pilar: “Al terminar la fiesta me acompañó al hotel y subimos a la habitación a charlar un rato y tomar una copa. Yo nunca he tomado alcohol, pero esa día creo que tomé una copa de champán y ocurrió lo inevitable. Fue algo inefable, completo, maravilloso, tierno, apasionado y tan distinto”.

El encuentro ocurrió el 27 de mayo de 1974, fecha de la dedicatoria de su libro El reloj del presidente, que Aníbal le obsequió a Pilar. En 2003, Pilar localizó a Aníbal en los Estados Unidos, donde vive con una hija en Seattle, y le escribió una catarata de correos electrónicos —los cuales imprimió, por eso los conocí— en que le pide que se someta a una prueba de ADN, pues un amigo de Bogotá le ha dicho que su hija Alejandra se parece a Aníbal y que Sacha no podía engendrar.

¿Cómo reacciona un caballero al cual le atribuyen una paternidad 29 años después de una aventura ocasional en un hotel? Aníbal negó conocer al amigo que detectó el presunto parecido y le contestó: “¿Por qué te lo dicen después de tanto tiempo?”.

Hay un último amante, no colombiano sino español, que no he mencionado. Su nombre es Olegario Torralba. Fue amante de Pilar después de la muerte de Sacha. Vivía en Madrid. Era diagramador de revistas y periódicos. Diagramaba la revista española Gigantes del Básket. Diagramó dos revistas sobre educación infantil que Pilar fundó en España. Era casado y tenía cuatro hijos. Estaba con Pilar en algún hotel de España la noche en que lo buscaron afanosamente para avisarle que su esposa había muerto atropellada por un taxi. Hace unos días un amigo de Medellín que leyó el libro sobre el espía ruso me dijo que hace muchos años había conocido a Olegario Torralba, que alguna vez fue contratado para diagramar el periódico El Mundo.

Es imposible que vuelva a encontrarme por azar un archivo tan rico y sorprendente como el que me topé en Tenerife en el apartamento —allá dirían el piso— de Pilar Suárez Barcala. Fue un hallazgo único, singular, irrepetible. Sería más probable que vuelvan a estrellarse dos aviones jumbo en la pista del Aeropuerto de Los Rodeos.

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