Se murió Emiliano Zuleta Baquero, uno de los últimos juglares de la Provincia y la noticia corrió como corrieron sus canciones. Mi celular sonó urgente, todo el mundo llamó para contarme. Tuve la leve sensación de que se sentían en la obligación de darme el pésame. Entonces supe que tenía que llegar. ¿Dónde estaban la corbata negra y la gomina? ¡Me vine para El Valle!
Ya estoy en un bus de camino a la plaza al entierro de Emiliano. Sentado, muy cerca de mí, va Escalona acompañado de su Mona. También veo a Lorenzo Morales y a Calixto Ochoa. ¡Increíble, juglares que aún viajan por la vida! Me miran tristes, recuerdan versos que se esfuman inconclusos y caminan mirando al piso como pensando. Y yo, que quiero estar triste, no puedo. Por más que me esfuerzo por poner cara de circunstancia, no puedo llorar. Me da pena con la gente, con la familia. Ni viendo la plaza flotando en pañuelos blancos, ni con Poncho y Emilianito llorando y abrazándome, ni con la tristeza de Sarita, la más pequeña de sus hijas. Nada me podía hacer llorar. Yo estaba feliz de estar allí en Valledupar y de escuchar tantas historias del viejo.
Emiliano fue vida, vida que yo quisiera para otros juglares. Que todos murieran como él: de viejo, feliz, rodeado de familiares y amigos y buscado por sus amores.
Yo estaba allí para celebrar, para darle las gracias nuevamente por La gota fría, pero también por su copla pícara y amorosa y por amar a la mujer por sobre todas las cosas como le enseñó su madre, Sara María Baquero Salas. Por sus primeros años en ese matriarcado fascinante de El Plan, en donde vivió hasta los trece.
En 1924, el juglar se soltó de las faldas de la Vieja Sara para viajar y empezar a agarrarse de otras faldas, para comenzar a vivir como él mismo dijo de esta, "su mejor vida".
Emiliano llega a La Jagua del Pilar como concertado bajo la protección de otra mujer: Conchita Ustariz, quien se hace cargo de todas sus necesidades mientras el juglar trabaja en labores de hombres: corta leña, ordeña el ganado, repara la casa y busca en los ojos de las muchachas a esa musa que lo haga buen compositor.
Muy pronto se topó con unos ojos verdes y las caderas de una hermosa criolla a la que llamaban La Pule. La creyó el amor de su vida, la llevó por las correrías, la hacía reír con sus versos, durmieron a la orilla de un río y no alcanzaron a soñar con hijos cuando ya tenían dos. Pero el amor comenzó a morir, La Pule quería su casa, no más correrías, ser su mujer "de asiento". Emiliano, sin un peso en el bolsillo, solo rogaba por un poco de comprensión y paciencia. Hasta que un día La Pule le dijo que "yo de quería, no!", y rompiendo en mil pedazos el amor se llevó a los hijos y lo demandó ante la oficina de Villanueva para reclamar sus derechos.

Para que le dé una casa
llevan a oficina a Mile,
pero tengo que decile
que Pule metió la pata.

Era una mañana de 1942, cuando a la casita de Villanueva donde vivía Emiliano llegó un hombre adinerado de apellido Henríquez, quería contratarlo como músico para que tocara una serenata en Manaure a la mujer de sus sueños. Emiliano buscó a sus compañeros, se terció el acordeón y salió rumbo a Manaure. Ya en la serenata frente a la puerta de la casa de la mujer adorada, los ojos felinos de Emiliano se abrieron bien grandes ante la presencia de una niña sencilla, pero elegante y espigada. Era Carmen Díaz, solo tenía 16 años y no le quitaba la mirada. Esa noche no pudo dormir, la única melodía que tenía en sus labios decía Carmen Díaz, recordaba su mirada profunda, su vestido ceñido al cuerpo que resaltaba sus caderas y de donde escapaban alegres unas piernas largas.
A la mañana siguiente muy temprano, Emiliano cruzaba cabizbajo la plaza de Manaure con rumbo a Villanueva, cuando de repente una niña con vestido de florecitas lo llamó por su nombre y le dijo: "Emiliano, Carmen Díaz, mi prima quiere que usted vaya a conocerla". Emiliano no lo dudó un segundo y cuando estuvieron cerca se reconocieron inmediatamente. Aunque hablaron a prudente distancia, sus cuerpos ejercían el efecto de un imán poderoso, se miraban y al rato se reían por nada, se querían besar y abrazar como el amor que se ha buscado por siglos y de repente se encuentra. Parecía que ambos ya se habían olvidado del pobre señor Henríquez.

 
Esa noche había cumbiamba en Manaure. Estaban los jóvenes y los viejos, la sensualidad a flor de piel. Emiliano y Carmen muy cerca, casi se tocaban, se erizaban, a él le preocupaba que Carmen se diera cuenta de la agitación que había en su corazón y que le quitaba el aire. Bailaron y cantaron toda la noche y cuando se fueron los tamboreros y los viejos para sus casas, los jóvenes no querían dormir. "que vamos a comer arepuelas donde doña Ligia". Emiliano tomó a Carmen de la mano y los dos se alejaron de la fogata que ya comenzaba a morir, caminaron por el campo. Hacía un poco de frío y el amanecer olía a pasto mojado, no pararon de hablar y de reír, se recostaron a un tamarindo gigante que los recibió complacido. Se abrazaron con ternura y él cubrió su cuerpo de besos. Al despertar, se despidieron jurándose amor eterno y él le prometió volver en pocos días. Pero el juglar se perdió varios meses en parrandas y piquerías para regresar después corriendo a las faldas de su amada. Buscó el calor de sus besos y ya no halló esa sonrisa, ahora Carmen lo miraba seria y fijamente, con esa mirada que conocemos los hombres, y entonces le dijo a Emiliano: "Si no nos casamos, no hay amor" y entonces Emiliano cantó:

Yo me encuentro muy contento
porque resolví casarme
si me caso en otro tiempo
me vuelvo a casá con Carmen.

Y se casaron. En el año 43 nació Emiliano Alcides 'Emilianito', después María y Carmen Emilia y luego Tomás Alfonso 'Poncho' y Fabio y Mario y Carmen Sara. El viejo Mile soportó el dolor más fuerte que un padre pueda sentir con la muerte temprana de su hijo Héctor Arturo, músico y compositor como él.
Entre el campo, sus hijos y la música, el juglar vivió años muy felices al lado de Carmen y así como crecía la fama del juglar, así también crecían las malas caras de Carmen.

Me le dice a Carmen Díaz
que sufra y tenga paciencia
o es que ella no sabía
que Emiliano es sinvergüenza

Y las cosas empeoraron:

Las vacaciones de Emiliano
fue peleá con Carmen Díaz
conseguí un poco e' quería
pero no me resultaron.

Y aún más:

Mañana me voy pa'l Javo
porque Carmen se me fue
pa' quitarme este guayabo
ahora me pongo a bebé.

Su vida libre de juglar venció sus promesas y encontró el amor nuevamente en Ana Olivella, más paciente y resignada. Y la felicidad de sus últimos años en la juventud de sus hijos Efraín, Belisario Misael (a que no adivinan su corriente política) y Sara, quien nació cuando el juglar tenía 83 años. Se murió uno de los últimos juglares, buen amante, patriota y amigo y nace una leyenda que seguirá dando canciones.
Llora el presidente y la ministra María Consuelo, el gobernador y el alcalde, el locutor de radio y el taxista. Llora el procurador y también La Cacica, lloran las mujeres y Claudia, mi mujer, también llora. Lloran los hombres y Pedro Castro y Alfonso López, Araújo y Pavajeau. Llora Félix Carrillo y Tomás Darío. Lloran Gabo, Enriquito Santos y Daniel Samper. Lloran los reyes Mesa, Cuadrado y Molina, y millones de corazones que en todo el mundo gozaron con su música. Y yo no entiendo, entonces, por qué carajo estoy tan contento.

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