Aunque no tantos como los que tiene el álbum de chocolatinas Jet, llevo muchos años proponiendo un cambio trascendental en sus láminas: ya es hora de que incluyan más especies auténticamente colombianas, más animales de los nuestros-nuestros, y si para lograrlo hay que descabezar a algunos bichos extranjeros, que así sea, pues bien puede salir el perro pequinés y entrar el gusano de guayaba, y bien puede irse para un carajo la tortuga matamata (aunque el nombre suene como de por aquí) y dejarle su lugar al cucarrón mierdero.

Mis gestiones por un álbum verdaderamente nacional empezaron durante el gobierno de Belisario Betancur. A punto estuvo de apoyarme, pero le presenté el proyecto recién acontecido lo del Palacio de Justicia y cometí el error de mencionarle otro oso: el de anteojos. Me echó, se sintió aludido. Lástima, imagino el texto que el ex presidente hubiera escrito para poner debajo del oso: "Cuán circunspecto se aposenta en el Ande este hirsuto plantígrado...".

Con Samper insistí, pero mencioné como candidatos a salir al buey almizclero, al hemifracto acorazado y a la cacerola de Las Molucas, y su ministro Horacio Serpa se calentó, juzgó por su condición, pensó que se trataba de insultos y me sacó con estentóreos ¡mamola! Solo alcancé a gritarle ¡bupréstido de Java! y correr.

Llegó como del cielo el gobierno Uribe y mi propósito vio luz al final del túnel; ese sí era un gobierno patriótico. Un tipo capaz de reformar la Constitución en su provecho era el idóneo para meterle mano al álbum intocable y poner a trotar en sus páginas un caballo de paso, como mínimo.

Me pararon bolas. A José Obdulio le pareció excelsa propaganda nacionalista y decidió ayudarme con la condición de que no sacara al escribano de siete colores. Quiso colar otros animales políticos pero me opuse; consideré que Valencia Cossio estaba perfectamente representado por la rana marsupial, esa que carga los huevitos en la espalda. José Obdulio también aconsejó la "batería jurídica": atacaríamos, hasta arrodillarla, a la Compañía Nacional de Chocolates, dueña y ama del álbum, diciendo que no era tan nacional, "pues con dulce y taimada apariencia envuelve el desdén apátrida por la fauna raizal" (palabras suyas). Todo marchaba hacia el éxito pero alguien del DAS le contó al ministro Arias que pensábamos sacar al trepatroncos pigmeo. Herido en su orgullo, enfureció, y boicoteó la operación quitándole los subsidios.

Hoy sigo en la lucha. Reconozco que la CNC, aunque tardó 39 años en corregir la injusticia, hace poco elevó significativamente la cuota de participación de nuestras criaturas (seguramente el mismo agente del DAS les chivateó mis planes y se asustaron), y con la entrada del cóndor, el perezoso, la guagua, el bocachico, el tití y otros pagó parte de la deuda. Pero considero que aún faltan muchos animales colombianos en el álbum, sobre todo los más humildes, los de estrato bajo.

Exijo que de inmediato incluyan al gallinazo negro y que el ambiente de la lámina lo refleje tal y como es: rodeado de bolsas de basura picoteadas (si son de Carulla, mejor) o catando un cuerpo inflado en el río Cauca. Quiero ver pronto en sus páginas, celebrando el bicentenario, a la nigua, sifonáptero que acompañó a las tropas bolivarianas y ahora sufre el olvido. Y a la hormiga arriera, el perro de reciclador, el piojo, la paloma guarumera, la tilapia, el gorgojo, la chanda de mecánico, el jején, el marrano de carretera, el grajo, la tatabra, el abejorro, la solitaria, la mítica machaca, la mula rucia, los impúdicos manetos y el más nacional de nuestros animales: la cucaracha de laboratorio coquero (equivalente actual de la cucaracha de panadería).

Y si esta nueva visión del álbum de chocolatinas no casa con los objetivos de la empresa que lo rige, o rompe con su imagen, tengo una idea salvadora: hagamos un álbum de tamales. Tiene una gran ventaja: entre las hojas de un tamal también pueden salir, sin que a nadie se le haga raro ni molesto, las láminas del mono jojoy, el burro mocho, los pájaros de la violencia o cualquier lagarto de los que abundan.

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