Llegamos a Chemesquemena buscando las huellas de la guerra: algún amputado por una mina quiebrapata; orificios de bala en las paredes, o por lo menos, una estación de Policía resquebrajada. Nada. En la Sierra Nevada las huellas de la guerra no están en el paisaje inmaculado. Están en la cara de la gente.

Tomamos la última camioneta que subía ese sábado de Valledupar a Chemesquemena, en el corazón kankuamo de la Sierra. La camioneta ya era un hervidero de pasajeros cuando descubrimos que todavía cabían unos cuantos más. Tres indígenas arhuacos lograron acomodarse de lado y lado antes de emprender las tres horas de camino durante las cuales no pararon de hablar en su lengua.

Cuando Camilo, el fotógrafo, sacó su cámara y comenzó a retratar a los indígenas, uno de ellos pidió una explicación. Quedó satisfecho cuando le dijimos que éramos periodistas de Bogotá yendo tras los rastros de la violencia que pasó por la Sierra. "Y que sigue pasando", balbuceó una señora sentada frente a mí. Había demasiados testigos para preguntarle más y nos quedaban tres días por delante para encontrar la respuesta.

Cuando llegamos a Chemesquemena, el pueblo estaba prácticamente desierto. Casi toda la comunidad estaba reunida en la escuela, discutiendo el nuevo plan educativo para los kankuamos. Jaime Arias, el Cabildo Mayor del Resguardo Kankuamo, con quien yo había arreglado una entrevista desde Bogotá, estaba a cargo de la reunión. Nos dijo que cuando terminara nos pondría en contacto con otras personas para que nos contaran sus historias. Con su visto bueno, una persona tras otra del caserío, como en un confesionario, fue narrando su tragedia.

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Tocaría esforzarse mucho para encontrar un pueblo que hubiera sufrido el conflicto armado en los últimos años de manera más intensa que el kankuamo. Entre 1996 y 2005, fueron asesinados 350 kankuamos. La cifra es en sí misma escandalosa, pero lo es mucho más si se tiene en cuenta que esta etnia indígena no supera los 13.000.

Los kankuamos son una etnia especial porque mientras muchos indígenas se han ido blanqueando, ellos, que ya eran en su mayoría campesinos, se han ido indigenizando desde finales de los ochenta. En los últimos 25 años, en parte para beneficiarse de los privilegios que la Constitución estableció para los indígenas, han recuperado varias de sus costumbres, han vuelto a mambear coca, a hacer pagamentos y a reconocer la autoridad de los mamos.

Los líderes kankuamos creen que parte de la violencia de los últimos años ha buscado debilitar ese proceso de recuperación cultural, romper la resistencia de la organización contra los megaproyectos planeados para la Sierra: el puerto carbonífero de Dibulla, la represa de los Besotes en el río Guatapurí que irrigará todo el Valle del Upar y un teleférico para llevar turistas a Ciudad Perdida, todos proyectos que necesitan contar con el visto bueno de las comunidades indígenas por el derecho de consulta establecido en la Constitución y que no lo tienen.

"Asesinaron a cuatro cabildos menores, a los mamos, a los médicos tradicionales —me dice Jaime Arias, el cabildo mayor—. Cuando un mamo muere uno pierde miles de libros, pierde a quienes orientan políticamente a la sociedad". Uno de los mamos que mataron era su papá. También le mataron a su hermano Freddy, un líder de 32 años, muy querido por la comunidad.

También hay otras teorías sobre por qué se ensañaron contra los kankuamos, no necesariamente excluyentes. La más asombrosa es la que tiene que ver con el apellido Arias. Hace unas décadas, cuando los kankuamos querían ser más blancos que indios, muchos se cambiaron el apellido por Arias que sonaba más elegante.

Y cuando en el 2001 las Farc, lideradas por el ‘Indio‘ Arias, asesinaron en la Sierra a Consuelo Araujonoguera, la ‘Cacica‘, todos los que tenían ese apellido —que, sin exagerar, es prácticamente uno de cada tres kankuamos— cayeron inmediatamente bajo sospecha de los paras, que arreciaron su ofensiva a raíz del secuestro de quien fue para muchos el alma de la fiesta vallenata.

¿Y qué más da si fue por los megaproyectos, por venganza o simplemente por quitarle el apoyo logístico a la guerrilla que se escondía en la Sierra? Igual los mataron, uno a uno, a puñaladas, a tiros, degollándolos con un cuchillo. Igual, los periodistas en Bogotá callamos.



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Nos dieron dos hojas de maíz con instrucciones precisas: tomar una en cada mano, cerrar los ojos, y vaciar en ellas nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestros miedos. "Vuélvanse un receptáculo vacío, que es capaz de absorberlo todo de nuevo", nos dice uno de los mayores, acostado en su hamaca, a quien no le puedo ver la cara, cubierta por la sombra de la hoguera.

Son las diez de la noche, y finalmente han concluido la discusión del plan educativo por el día. Los cabildos y los mayores y algunos de los líderes jóvenes se encuentran allí, en la cuncuruba, con sus poporos. Cada vez que llega alguien nuevo se descalza, y saca hojas de coca de su mochila y las intercambia con cada uno de los asistentes. Luego se sienta alrededor del fuego, a mascar coca, y a esperar que le vengan las palabras o a escuchar las de los otros.

"¿Qué es realmente lo que quieren

," me pregunta el mayor desde la hamaca. Le cuento que venimos tras los rastros de la guerra. Queremos saber qué ha pasado "después de la guerra". Me da un poco de pena decirles que es para un artículo de SoHo. ¿Es irrespetuoso hablar de sus muertos al lado de mujeres desnudas y carros lujosos? ¿Qué tanto cambia el contenedor su contenido?

Uno de los cabildos más jóvenes toma la palabra. Nos habla del proceso cultural de los kankuamos, y de cómo se ha enfermado la Madre Tierra por la sangre que se ha derramado y de lo que espera de nosotros. Yo trato de grabarme sus palabras porque en esa oscuridad y con las dos hojas de maíz en la mano no soy capaz de sacar un lápiz y un papel. Sé que él y todos los demás que hablaron después quieren que yo no mienta.

Yo me esfuerzo, pero no logro memorizar sus palabras. Solo la belleza de la escena: las sombras detrás del fuego de estos hombres vestidos de blanco, esculpiendo su poporo con la saliva de la hoja mascada. Han sufrido cosas horribles, y yo solo veo la coreografía. Me avergüenzo de pensar que a cierto nivel, las víctimas de la guerra puedan estetizarse tanto como las modelos al lado de las cuales saldrán. Es hora de irse a dormir.



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El conflicto en la Sierra tuvo su punto álgido entre 1999, cuando se consolidaron los frentes paramilitares, y 2004. En julio de 2004, a partir de una demanda interpuesta por los indígenas, la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA le ordenó al gobierno de Uribe proteger a los kankuamos con medidas provisionales. Una forma diferente de decir, con medidas efectivas.

A partir de entonces, tanto el Ejército como la Policía tuvieron presencia permanente. Cambiaron al teniente del ejército Leonardo Burgos Suárez, acusado por la comunidad —y ahora condenado por un juez— de asesinar jóvenes y presentarlos luego como "falsos positivos". Las viudas reciben un subsidio de Acción Social. Y se va a crear un centro de justicia en Atanquez.

Desde el día que implementaron las medidas provisionales, las incursiones de los paramilitares cesaron y solo ha habido dos homicidios. Sin contar los del 31 de diciembre pasado, cuando un joven celoso arrojó una granada en un bailadero en Atanquez y mató a su novia que bailaba con otro y a otras cuatro personas e hirió a 85 más. Aunque por la explosión él mismo perdió una pierna, muchos en la comunidad piensan que no fue un mero crimen pasional, como dijeron las autoridades, pero tampoco tienen otra explicación. La paranoia es otro de los rezagos de la guerra.

"Ahora entran comerciantes a buscar la mochila. Los precios se normalizaron y el comercio también —me dice Yenifer Daza, una reportera de Kankuama TV, el primer canal étnico de Colombia—. Desde hace dos años para la fiesta de Corpus Christi viene mucha gente de afuera. Antes bailábamos solos", afirma esta reportera de 19 años.

Bailar solos, pasar hambre solos, ser arrestados injustamente solos, buscar solos a los hijos desaparecidos, enterrar solos a los padres. Sufrir solos: esa ha sido la guerra para los kankuamos. Por eso la gente habla de las medidas provisionales como si fueran unos amigos de carne y hueso. Dicen "cuando llegaron las medidas provisionales", "ahora con las medidas provisionales". Otra forma de decir que alguien está con ellos.

Es difícil para la gente hablar de lo que ha pasado después del conflicto, porque no han pasado sino un par de años de relativa tranquilidad como para conjugar ya la guerra en pasado. Además, la violencia cambia tan drásticamente la vida de la gente, que aun cuando hayan cesado los ataques y las masacres, sus efectos perduran durante años, en algunos casos, toda la vida. Está la ausencia de los seres queridos, los que enterraste y los que tuviste que dar por muertos.

Paulina Anserma Villazón Martínez, una anciana de Ramalito, buscó a su hijo durante meses. Eris Manuel Arias Villazón negociaba panela de pueblo en pueblo y en eso estaba cuando las Farc lo secuestraron el 27 de marzo de 1998 en Potrerito, Guajira. Lo cogieron para intercambiarlo por la vida de su hermano, un ex soldado profesional, que recién había vuelto al pueblo. "Anduve por la Sierrita buscándolo —cuenta la señora, mientras teje su mochila—. Un día bajaba una comisión de la guerrilla a Sabana Grande y yo fui a buscarlos. Me alcanzaron diez guerrilleras. Una me enfrentó y me dijo que no lo buscara más". Así perdió la esperanza de encontrarlo.

Perder a un hijo es lo peor, pero también se pierden cosas más sutiles que son difíciles de recuperar.

Delvis Estrada perdió el derecho a que su hijo le dijera ‘mamá‘. La coordinadora de mujeres de la Organización Kankuama, una mujer alegre y emprendedora, nos cuenta su historia cuando termina la reunión de los profesores en el lugar sagrado, donde socializaron durante horas el domingo los planes de ejecución con la orientación de dos mamos arhuacos.

Ella fue desplazada junto con otras 400 familias de la Sierra. Su papá tenía una finca que también querían los paras y por eso los amenazaron, para quedarse con ella.

Trabajó primero como empleada del servicio interna en una casa en Bogotá, luego alquiló un cuarto para traer a sus dos hijos menores a vivir con ella y trabajó de por días en una empresa de aseo. "Como empleada del servicio uno vive como en la colonia, es una forma de esclavitud", me dice, reconociendo lo difícil que fue para una feminista como ella aceptar esa condición. Pero a eso también se acostumbró.

Lo duro fue cuando volvió y uno de sus hijos renegó de ella como mamá. "Yo lo entiendo porque en esa época él tenía 9 años y necesitaba mi presencia", me dice con los ojos llenos de lágrimas, seguramente repitiendo la excusa que le ha dado mil veces en su cabeza al comportamiento de su hijo. "Tú no eres mi mamá, mamá es la que me crió", es lo que le dice el hijo, ahora un adolescente de 16 años que aún vive con los abuelos que se encargaron de él durante los siete años que huyó de la Sierra.

Delvis ahora no va a ningún lado sin sus dos hijos menores: una niña de 13 años, que se llama Linda Lucía, y Díver, un chiquito de tres. Delvis nos cuenta que Linda Lucía aún tiene pesadillas en la noche, y se despierta diciendo "ahí vienen, ahí vienen¨.

Cuando hablé con Linda Lucía no se refirió a sus noches tormentosas. Pero me contó lo que había visto: "Cuando yo tenía 5 años, iban al lado de una caseta de llamadas en la lomita junto a la casa de mi abuela y los mataban como si fueran animalitos". Me muestra con los dedos cómo caían.

Le pregunto cuál ha sido la secuela de eso para ella. Dice que nada, que solo ver a su abuela triste por los dos hijos que le mataron. ¿Qué quiere ser Linda Lucía cuando grande? Quiere estudiar Criminalística. "Así uno aprende a defenderse", contesta.

"Nuestra juventud es una bomba de tiempo", dice Delvis cuando le cuento las aspiraciones de su hija. "Les arrebataron a un ser querido, les tocó vivir solos, no se ha trabajado ese odio. Ahí está la marca de esa violencia".



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Esa marca del odio la vio Mariluz Arias en los ojos de su hijo mayor cuando ella regresó de la cárcel, declarada inocente tras un año y nueve días de prisión.

Mariluz vive en Atanquez, un pueblo de 6000 habitantes a una hora de Chemesquemena y a dos de Valledupar. Atanquez fue el epicentro de la guerra en la Sierra, y allí nadie sufrió tanto como los habitantes del barrio San Isidro donde vive Mariluz. Varios jóvenes se habían ido a la guerrilla en los últimos años, entre ellos el hijo de la vecina de enfrente de Mariluz: el ‘Indio‘ Arias, responsable del asesinato de la ‘Cacica‘.

"Cuando los paracos dejaron de matar porque la organización indígena se quejó ante las ONG internacionales, mandaron al Ejército. Pero los militares empezaron inmediatamente a señalar a seis muchachos del barrio. Les imponían tareas forzosas como ir a limpiar los arroyos. Los familiares le decían al teniente que no eran guerrilleros, pero la persecución duró seis meses", dice Mariluz.

Un día, un grupo armado enmascarado entró a la una de la mañana en las casas de estos jóvenes, diciendo que era la guerrilla dispuesta a llevárselos. Los familiares comenzaron a gritar y entre todos los vecinos se agolparon y no dejaron que se los arrebataran.

Al día siguiente, Mariluz estaba comentando el incidente con sus vecinas, cuando bajó la señora Ilva llorando. El hijo —uno de los seis que tenía el Ejército entre ojos y que el día anterior se habían tratado de llevar los encapuchados— estaba desaparecido. A los dos días apareció muerto, y el Ejército lo presentó como un guerrillero dado de baja.

Esto indignó a Mariluz y a todos los habitantes del barrio que conocían al muchacho. Todos marcharon hasta la plaza y hasta Valledupar a protestar. El 4 de octubre de 2004 lo enterraron. Y el 5 de diciembre, a la medianoche, golpearon en la casa de Mariluz. Su esposo se había desplazado a Bogotá hacía cuatro años, y ella dormía con sus hijos y su mamá. Cuando volvió a oír los golpes en su puerta, Mariluz le dijo a su hija: "¿Serán los paracos?".

Eran varios agentes del DAS. "¿A quién buscan?", les preguntó cuando finalmente abrió la puerta para que no la tumbaran. La fiscal le mostró la orden de captura: la buscaban a ella. Estaba acusada de rebelión.

Mariluz llevaba 20 años siendo madre comunitaria, cuidando a los niños de todo el pueblo, y había salido de Atanquez solo un puñado de veces. "El que nada debe nada teme," les dijo a sus hijos, se vistió y salió con otras 15 personas que también habían sido capturadas. Una caravana de carros los esperaba para llevarlos a Valledupar.

El pueblo recogió más de 2000 firmas testificando de su inocencia. Los funcionarios del Icbf también intercedieron por ella, pero lo único que lograron fue que saliera a las 7:00 a.m. a cuidar niños en un hogar de paso y volviera a las 5:00 p.m. a su celda. El 11 de noviembre fue su juicio, y ese día se enteró de que tres personas del pueblo la habían acusado de cocinarle a la guerrilla.

El juez verificó que se trataba de un montaje y una semana después los declaró a todos inocentes. Entraron 16 y salieron 15, pues uno murió de pena en la cárcel.

"El pueblo nos hizo un recibimiento con banderas blancas, con sancocho de gallina," me cuenta Mariluz, como para alegrarme. El señor que la inculpó se murió y al otro lo mataron. Ella se alegra de que ya no estén vivos, no porque les guarde rencor, sino por su hijo.

Cuando regresó a la libertad, su hijo mayor había decidido enrolarse en el Ejército, a pesar de que los kankuamos están eximidos del servicio militar. "Me dijo que se iba a prestar el servicio para conseguir un arma para matarlos. Logré convencerlo que no valía la pena".

El hijo renunció a vengarla, pero le pidió a cambio un favor: que nunca volviera a hablar a favor de la comunidad. Lo mismo le prohibieron sus hermanos. Todos entendían que ese año de sufrimiento había sido una retaliación del comandante del Ejército por liderar las protestas por el joven asesinado como falso positivo.

"No hay quién hable en una reunión", me cuenta. Por lo menos, ella no lo volverá a hacer. Se limita a cuidar a los niños en su hogar comunitario. En un reciente censo que hicieron en el pueblo, contaron 250 niños huérfanos. Solo en su barrio hay 28 viudas.

Ya estábamos a punto de terminar la entrevista cuando llegó una amiga a visitarla. Dijo que iba camino al ensayo para el baile del Corpus Christi. Bailaba todos los años cumpliendo una promesa. Es una gran fiesta en honor al sol y los que bailan lo hacen porque ellos o sus papás se lo ofrecieron a Dios a cambio de que les hiciera un milagro.

Cuando comenzaron a sonar los carrizos y los tambores, fuimos con Camilo a ver el ensayo. Era increíble. Estaban los diablos y los negritos. Eran en total unas 30 personas, entre viejos, jóvenes y niños.

Viéndolos bailar llenos de energía, me preguntaba cuántos habían sido salvados de las balas de los paras, de las amenazas de los guerrilleros, de la humillación de los soldados. Y cómo era de increíble que en esa Sierra, en esas montañas donde los mamos adivinan, donde los viejos se sientan alrededor del fuego para convocar las palabras, donde los jóvenes renuncian a volverse asesinos, la gente nunca haya dejado de bailar. Y cómo era de maravilloso que el próximo fin de semana cuando lo hicieran disfrazados, viniera gente de todas partes a verlos. Que no lo hicieran solos, como lo habían hecho durante los últimos años.

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