La Ley de Víctimas que aprobó hace unas semanas la aplanadora uribista (es decir, la que les da la espalda a las víctimas y aplaude a los victimarios) es un esperpento jurídico que debería avergonzar al país. Pero como en Colombia se pasa de un día para otro de la salida de Jorge Luis Pinto a los Falsos Positivos, del Nobel de Paz que le robaron a madame Íngrid Betancourt a la elección de Michelle Rouillard como mademoiselle Colombia y del derrumbe de las pirámides a la caída del referendo para reeligir a Uribe en 2010, los temas pasan a mejor vida, se vuelve noticia del siglo pasado, y la gente queda muy tranquila. Como si nada.

Y resulta que en la Ley de Víctimas que aprobó la Comisión Primera de la Cámara, tal como señaló el senador liberal Juan Fernando Cristo, queda plasmado que "el Gobierno tiene más sentimientos a favor de quienes descuartizan que a favor de las víctimas".

Sin duda, la perla más perversa de este proyecto (cito textualmente un párrafo tomado de Semana.com para no caer en imprecisiones), "las víctimas de agentes de Estado, como las madres de Soacha, deberán iniciar un proceso judicial para poder ser reconocidas como tales. Su reparación se hará solo cuando ganen la batalla judicial que puede tardar varios años, mientras que las demás víctimas (las de grupos ilegales) no tendrán que hacerlo".

Argumentan los legisladores de la aplanadora uribista que no se pueden comparar los crímenes atroces que cometen integrantes de grupos al margen de la ley con los crímenes atroces que cometen integrantes de las fuerzas de seguridad. Son dos cosas distintas, concluyen. Claro que son distintas. En eso estamos de acuerdo. En un país civilizado sería doblemente atroz que alguien a quien la sociedad le paga y lo arma para que defienda a los civiles utilice la fuerza para abusar de la confianza que le han dado. Pero no, en esta Colombia que se acostumbró a que cualquier cosa que se haga en el nombre de la Seguridad Democrática viene con bendición celestial, a amplios sectores de la población les parece que los soldados, policías y agentes del Estado pueden hacer lo que quieran porque de todas maneras todos ellos, sin excepción, son los héroes de la Patria.

De acuerdo con la argumentación de la aplanadora uribista, podría decirse entonces no es lo mismo que un niño haya sido abusado sexualmente por un desconocido que por alguno de sus padres o familiares. Por lo tanto, deben excluirse a niños víctimas de sus padres y familiares de las leyes contra el abuso sexual a menores.

Y, para ponerle un poco de contexto histórico, de acuerdo con la aplanadora uribista las siguientes personas no tendrían ningún derecho a que se las repare ni que se les haga justicia:

Los seis millones de judíos asesinados por los nazis, porque fueron ajusticiados por las fuerzas de seguridad del Tercer Reich.

Los millones (cifra indeterminada) de asesinados en las purgas de Stalin, porque fueron ajusticiados por las fuerzas de seguridad de la Unión Soviética.

El millón y medio de armenios masacrados a partir de 1915 por las fuerzas de seguridad del Estado turco.

Los torturados y desaparecidos durante los regímenes militares del Cono Sur en los años 60 y 70, porque fueron víctimas de las fuerzas de seguridad de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay.

Los más de tres millones de asesinados por el régimen de Pol Pot en Camboya entre 1975 y 1979, porque fueron ajusticiados por integrantes de las fuerzas de seguridad de la República de Mampuchea Socialista, como se denominaba entonces aquel país.

Los cientos de miles (cifra indeterminada) de kurdos asesinados por el régimen de Saddam Hussein, porque fueron ajusticiados por las fuerzas de seguridad de la República de Irak.

Bosnia, Sudán, Nigeria, la antigua Unión Sudafricana… la lista completa de víctimas que de acuerdo con la doctrina de la aplanadora uribista no merecen justicia ni reparación llenaría todas las páginas de una edición de aniversario de SoHo.

Qué rico sería escribir en estos días sobre temas relacionados con la nostalgia de la Navidad, los pesebres, los voladores, los buñuelos. Pero de vez en cuando no sobra recordar las tristes navidades que cada año, y desde hace ya ni idea cuánto tiempo, les esperan a los millones de colombianos que han sido víctimas directas de la violencia y los atropellos de la guerrilla, los paramilitares, los narcos, como también de miembros de las Fuerzas Militares, la Policía y otros agentes de seguridad del Estado.

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