La bandera de Bolivia flamea sobre la cabina del timonel que mira taciturno las montañas que lo rodean. El cielo de mediodía está exageradamente azul, las nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe. Mientras tanto, media docena de marineros, que están disfrazados de buzos con aletas, se ponen sus antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que llegue la indicación para empezar. La lancha mediana avanza a velocidad de carretera. El vaivén de las olas miniatura de este mar dulce y helado la hace rebotar sobre el agua. En otro bote, uno inflable y con motor fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan para una operación submarina, como si jugaran a la guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver al soñado charco azul, a ese mar que está a miles de kilómetros de aquí.

Alguien da una orden por radio y la división de buceo de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir lo obvio. Al ver esas maniobras uno recuerda que los marinos siempre se están preparando para el combate. Miro las caras de dos marineros que llevan salvavidas fosforescentes al cuello. Su apariencia de niños es perturbadora. Un militar siempre está dispuesto a morir por defender un pedazo de tierra (o de mar), y da la impresión de que estos dos no se han enterado aún. Me acerco al más risueño y callado y pequeño para indagar. "¿Por qué quisiste ser marino?" —, le grito para que oiga la pregunta por encima del rugido del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como si nunca se lo hubiera planteado. Este marino pertenece a la tropa, del último escalafón de la Armada. Es del tipo de soldados que van en la primera línea, como carne de cañón. De pronto él despierta y responde: "Para recuperar el mar, ese es mi deseo". Lo dice como si repitiera un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe. De fe ciega.

Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia, en el mejor remedo del mar que tiene este país, el lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos está el océano de verdad, el gigantesco continente azul. Aquí los marinos bolivianos entrenan sin descanso, como cualquier hombre de mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando llegue el día. Su día soñado, cuando tengan una costa de la que puedan zarpar hacia otros continentes. Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de Tiquina y donde se construye el primer buque hecho por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición y han sido recogidos por el bote inflable, en el que van los capitanes. Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile no les hubiera "robado el derecho de tener mar", como me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y con un ligero aire campechano que lo hace parecer un hombre pacífico, improbable en la imagen de disparar un cañón. Está acompañado por el capitán Y, un moreno huraño a quien nada parece emocionarle. Ellos han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un bus casi vacío que solo llevaba a algunos lugareños. Unos anfitriones que han preferido el anonimato para poder contar, libres de la versión oficial, sus traumas acuáticos y sus sueños portuarios.

Habíamos salido de la base a tomar desayuno en un cafetín de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a entender cómo se vive en un país que se siente amputado de una pierna. Un país que no soporta verse al espejo mutilado de su costa. Ellos lo explican más o menos así: "Imagínate que tienes una casa, tu casa. Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a salir por la ventana o por encima del muro, porque te resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes recuperar tu puerta. Así nos sentimos los bolivianos", explica el capitán X, quien ha puesto el ejemplo para ver si entiendo. Después de la Guerra del Pacífico de 1879, Bolivia perdió 400 kilómetros de costa y se quedó atrapada dentro de su propia casa. Desde entonces ha tenido que salir al mar por la ‘ventana‘ del vecino. Para el capitán X, igual que para la mayoría de los bolivianos, la falta de mar es una de las formas que tienen ellos de explicar la pobreza de su país. "Si tuviéramos mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las puertas del mundo".

Ahora dicen sentirse encerrados, encarcelados. No les parece justo que los chilenos no les den una salida, comenta el otro capitán tras sorber su café. A ellos se lo han repetido desde niños de muchas maneras y lo han creído como un dogma: cuando uno tiene mar la economía mejora, las exportaciones se multiplican y llega más gente de todo el mundo. Los cálculos oficiales en Bolivia dicen que la economía deja de crecer un 1,5% por cada año de privación marítima. Para ellos es mucho lo que pierden. Aunque la playa importa más que la estadística. Más de uno ha soñado desde niño con pasar los días de verano en la orilla y las noches caminando en familia por el malecón. Y el mar, además de ser el lamento boliviano más popular, ha sido la coartada más predecible de sus presidentes y dictadores. "Cada vez que necesitaban conjurar sus divisiones internas o disimular su impopularidad, la causa del mar ha resucitado", asegura Vargas Llosa, quien pasó sus años de infancia en Cochabamba.

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Rebobinemos. La historia boliviana, antes de Evo, cuenta que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada fue uno de los últimos políticos que tuvo que dejar el Palacio de Gobierno de Bolivia antes de tiempo. Hace unos años el mundo supo que los bolivianos se habían ganado una lotería subterránea, y que muy pronto serían millonarios. En Tarija, al este de La Paz, había tanto gas bajo tierra que ni en 600 años de consumo creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una veta gigante y llena con el combustible del futuro. Lo primero que se dijo es que Estados Unidos y México serían los compradores inmediatos. La pregunta que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez de Lozada, era, ¿por dónde sacamos el gas si no tenemos mar? ¿Por Perú o por Chile? Pasó el tiempo. El Presidente se reunió con sus ministros, negoció en privado posibles acuerdos, le hizo falta el mar más que nunca y quizá pensó que, ahora que tenía el gas que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca de veranear en las playas de Bolivia. Sánchez de Lozada intentó reaccionar deprisa. Estimó los riesgos, evaluó las posibilidades, calculó las reacciones, habló mucho por teléfono con sus asesores y decidió. Fue muy criticado por el precio que convino con los importadores. Sus enemigos denunciaron de inmediato que prácticamente le estaba regalando el gas a Estados Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno (los técnicos decían que era el camino más corto) para que estallara una revuelta popular, que degeneró en batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las calles de La Paz. Ese día el Presidente también murió, políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con una aprobación de más del 70%. Todos querían al nuevo. Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de las Américas en México, le exigió a su colega chileno Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Una franja costera. Para los bolivianos ese fue un acto de dignidad histórica. Un atrevimiento público que habían esperado durante años de sus políticos, y que nadie se había lanzando a hacer jamás. Para los chilenos eso no fue nada. La noticia estuvo al día siguiente en los diarios de América. La prensa de Bolivia apoyó a Mesa y a los pocos días ya se notaban varios puntos más de popularidad ganados por el flamante presidente-periodista quien parecía dominar su oficio. Sin embargo, el reclamo de Mesa no tuvo ningún resultado concreto. Pasado un tiempo Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia, con quien desde la era Pinochet había roto vínculos diplomáticos. Las relaciones se enfriaron aún más. Hasta que todo se congeló. Evo Morales era aún un error estadístico. Un disparate. ?

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El capitán X es de aquellas personas que se emocionan cuando pronuncian la palabra "patria". Cruzamos la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno en el que está colgado el único teléfono público del pueblo. Vamos de regreso a la base para seguir con el tour militar. El capitán Y, que parecía cumplir un papel secundario en esta película marina, ha empezado a hablar con menos cautela. Se nota que han sido entrenados para callar. Al comienzo habían dicho con timidez que casi no tenían nada que opinar sobre el gas y las posibilidades de salir al mar. Pero el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia calculada para que el gas logre abrirles aunque sea una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que es lo justo. La vena en su frente se hincha cuando alza el tono de su voz y golpea el aire con sus manotazos, mientras pretende interpretar el drama boliviano. El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en medio de la base. Unos 200 soldados bajitos y flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de dos tallas más. Se parecen a la tropa peruana, y quizá a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército pobre, como los de América Latina, siempre parecen tener diez años. Ahora uno lo puede ver marchar y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos de plomo que no saben por qué ni para qué: repiten lemas nacionalistas, marchan y dan vueltas sin parar. Pero tienen como escenario una postal estupenda: nítido cielo azul sobre un mar artificial.

El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina. Es como una piscina angosta que conecta y delimita a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito: el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros y el viento helado, que por las mañanas cuartea los labios, esta tarde arrullan. Y la calma que se siente es tan rotunda que es difícil imaginar cómo se cultiva una mentalidad bélica en tan pacífico escenario. "Si este lago tuviera tres o cuatro grados más de temperatura, todo sería distinto", me dice el capitán X. Los bolivianos extrañarían menos la costa de Calama que Eduardo Abaroa, héroe naval, murió defendiendo. Pero el sereno lago Titicaca los ha conminado de por vida a un agua glacial y despiadada. Bañarse aquí es suicida. El capitán X pertenece a una estirpe que solo existe en esta base naval. Una estirpe en la que habita una suerte de marino sentimental: los marinos de hoy son esos niños que en la escuela rabiaron y soñaron con el océano perdido y que, de adultos, están dispuestos a recuperarlo, a vivir su propia novela épica. "El día que volvamos al mar, quiero estar ahí", dice el capitán X como si se tratara de un juramento. Para un boliviano igual que para cualquier mediterráneo, dicen ellos, conocer el mar es una obligación casi fisiológica. Muchos viajan a la costa peruana para perder su ‘virginidad marítima‘.

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Cada vez que conversaba con algún marino de cualquier rango, la conclusión era la misma: Bolivia con gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, que reclamaba desde hacía 100 años una salida a la costa. Ahora se trataba de un país con la segunda reserva más grande del continente, después de Venezuela. La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50 trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70.000 millones de dólares. Dinero suficiente para pagar 14 veces su deuda externa. Y para comprar una docena de veces más armamento del que adquirió Chile en los últimos cinco años, que fue además el país que más gastó en América Latina hasta que Hugo Chávez se robó el show. Mientras Bolivia se convertía en probable millonario, el vecino de la estrella solitaria renovaba su arsenal. Semanas más tarde del anuncio de Bolivia sobre sus nuevas reservas, el canciller de Perú aparecía en los diarios de Lima y Santiago declarando que aún estaba pendiente la frontera marítima entre Tacna y Arica. De inmediato, La Moneda respondía que no había nada que resolver. Un viejo pleito limítrofe resucitaba, y con la necesidad de Bolivia de salir al mar, se volvía un tema de agenda obligatorio. De nuevo, Chile, Perú y Bolivia quedaban enredados con el mismo nudo fronterizo que no se había logrado desatar desde hacía un siglo, después de la Guerra del Pacífico. La disputa sobre la frontera marítima iba a durar años, incluso el Perú llevaría el asunto al tribunal de La Haya y Chile se defendería con toda su artillería diplomática. No solo entre esos vecinos de Suramérica las relaciones habían sido frágiles cuando la palabra "soberanía" estaba de por medio. Casi todas las amistades guardaban un pasado tortuoso: Bolivia y Chile, Chile y Perú, Perú y Ecuador, Ecuador y Colombia, Colombia y Venezuela, Argentina y Chile. Con ese panorama, con el gas aún bajo tierra y sin una solución cercana a su necesidad marítima, Bolivia no tuvo más opción que detener cualquier decisión y dejar que los ánimos se calmaran. Sin embargo, al presidente Carlos Mesa le quedaba poco tiempo. El fenómeno Evo Morales, ese líder sindical que había arrastrado a más de la mitad del país con un discurso de reivindicación étnica, estaba próximo a desatarse. Sería el nuevo presidente Morales quien se haría cargo del peligroso tema del gas. Pero eso ocurriría después.

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Había llegado a Bolivia un día antes de ir a conocer la base naval del lago Titicaca. El taxista iba contando las últimas noticias del mar. Contó que se esperaba un próximo referéndum para decidir por dónde saldría el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían que fuera por Perú y que muchos temían que, si salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa. Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba mucho más cerca que la de Perú.

Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor de la Armada de Bolivia. Se trataba de un hombre sereno, corpulento y de una notoria corrección al hablar. Una de las primeras cosas que dijo: quien escogía ser marino boliviano era porque tenía, en cierto sentido, alma de sacerdote. Según él, el marino boliviano es el militar más sentimental de las fuerzas armadas. Porque ocurre con él un efecto inusitado: cuando camina por las calles de La Paz la gente lo saluda y lo felicita de lejos y de cerca. Los marinos son como carteles humanos que le dicen a toda Bolivia "no se olviden del mar, que volveremos a él".

Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor, este estaba terminando de reunirse con el agregado naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene 40.000 kilómetros de ríos navegables y un acceso al Océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque Insignia, la embarcación más importante que tiene su Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el capitán Fernández, un tipo mestizo de mejillas infladas que siempre está sonriendo, me sorprendió con la historia de la marina. Después de la guerra con Chile, la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el presidente Paz Estensoro decidió reabrir la marina boliviana. Fueron más de 80 años los que este país vivió sin marineros ni sueños de mar. Como diría después el director de la Escuela Naval, en los años sesenta se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar. Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros que le gritaban al país "el mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber", lema que hoy es el más repetido por el Ejército.

Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los marinos más jóvenes. Cerca de 15 cadetes habían formado un círculo espontáneo en el salón de recreo. La Escuela Naval quedaba a unos 15 minutos del centro de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de Miguel Grau, el héroe nacional de la Marina peruana. ¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo Punta Angamos, en la antigua costa boliviana. Tenían razones para quererlo. En el amplio salón había cadetes de quinto año, de tercero y de primero. Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente a él apareciera el océano que había confeccionado con tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los retazos de los cientos de fotos del mar que había visto en internet, pero que él jamás había visitado.

—No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico, sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y en el que la gente busca algo como el infinito.

Otro cadete, que parecía ser el más sabio del grupo, me dijo:

—Al principio me impactó la brisa marina que te entra a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no tener una costa propia. El agua es saladísima, como te la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es gigantesca.

Todos han empezado a confesar cómo fue su primera vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen demuestra que uno tiene gran incapacidad para descubrir las sorpresas de lo obvio. Oigo al cadete Albán, un tipo pequeño pero corpulento, quien cuenta haberse quedado asombrado con una puesta de sol en Mar del Plata, donde entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete Suárez y jura que hay que tener vocación y gusto por el mar desde que naces. Y otro cuenta que se enamoró del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también hay alguien que dice que adora el mar y no lo conoce.

Al oír hablar a estos marinos de los Andes es imposible olvidarse que en las casas y las escuelas de Bolivia, los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que el mar les pertenece. Por derecho, por deber. Porque no permiten que sus marineros sigan imaginando el mar gracias a las fotos que cualquiera podría bajar de internet. Lo veremos.

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