Entrenar en la factoría

Elvan Abeylegesse se quita los spikes o zapatillas de atletismo. Tiene la punta de la media completamente ensangrentada. Una uña se le clavó durante el entrenamiento matutino, pero en ningún momento aminoró la marcha. “Fueron 36 kilómetros y medio en 2 horas y 22 minutos”, dice, con una leve sonrisa, la campeona etíope nacionalizada en Turquía. Desde las 6:30 de la mañana, Elvan corrió junto a un par de liebres (corredoras encargadas de marcarle el ritmo) por la rojiza tierra de Moiben Road: un camino aislado, abrupto y sin asfaltar en la provincia occidental keniana del Valle de Rift.

“Has hecho una muy buena marca”, la anima el rumano Santa Carol, entrenador del equipo nacional de atletismo turco, mientras ella aún jadea sin mediar palabra. Elvan mide 1,60 metros y no pesa más de 40 kilos. Parece que va a salir volando cuando sopla un viento fuerte. Carga en la espalda, sin embargo, varias medallas, entre ellas las de campeona europea de atletismo en 5000 y 10.000 metros, ganadas en el campeonato de Barcelona de 2010. “Llevo aquí más de dos meses”, cuenta la turco-etíope, ya en el Centro de Alto Rendimiento de Iten, el Hatc, uno de los mejores complejos deportivos del país.

“En Turquía vivo en un lugar muy elevado y puedo entrenar bastante bien. Pero cuando entreno en Kenia me es mucho más fácil psicológicamente. Aquí lo hacemos en grupo y tenemos a Santa, que nos ayuda diariamente”, explica la atleta de 32 años, quien en el momento de nuestra conversación se preparaba para los más recientes mundiales de atletismo, celebrados del 22 al 30 de agosto de este año en Pekín, China.

Pocas semanas más tarde, los sueños de Elvan se desvanecerían. No ganó nada. La representante de Turquía, una de las favoritas, fue descalificada después de que la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (Iaaf) analizó muestras de sangre de 2007 y encontró esteroides anabólicos prohibidos.

Pese al fracaso de Elvan, el Valle de Rift, situado a 2400 metros de altura, sigue siendo el hogar perfecto de entrenamiento para atletas de élite de todo el mundo. En especial, un pueblo de la zona, Iten, es reconocido como ‘fábrica’ de récords. Esta tierra guarda los secretos del éxito de los mejores corredores de larga distancia del mundo: los kenianos. Las pruebas están ahí. En los mundiales de Pekín, Kenia encabezó la lista en los resultados por países. Siete medallas de oro, seis de plata y tres de bronce levantaron la euforia de un país que casi hace enrojecer a los participantes de otras nacionalidades.

“¿No has visto cómo llegaron a la meta nuestros atletas? Aminoran la marcha porque saben que si hacen marcas demasiado extraordinarias, les va a costar incluso a ellos mejorar sus propios récords en el próximo mundial, ¡son gacelas!”, dice un espectador que mira la competencia por televisión desde un bar en Nairobi, la capital keniana. En el lugar, ondean banderas con el negro, el rojo y el verde del país y la gente celebra medalla tras medalla. “Somos los mejores”, corea la marabunta.

“¿Saben lo que es esto?, ¿lo saben? —grita sudado James, un corredor aficionado, en el mismo bar—. Se llama sangre kalenjin”, indica el joven ante los aplausos del resto de los aficionados.

Sangre kalenjin

En un pequeño enclave de la región del Valle del Rift, un grupo nacional o étnico de tan solo tres millones de personas, el 12% de la población keniana, ha producido los mejores corredores del planeta. Tras ganar su primera medalla en los Juegos Olímpicos de Tokio 64 (bronce en 800 metros, gracias al kalenjin Wilson Kiplugut), cuatro años después, en México 68, ganarían siete preseas y se convertirían en los corredores más veloces en medias y largas distancias del mundo. En los últimos 40 años, ningún país ha podido superarlos en maratones. También las mujeres kalenjin han pasado a dominar el panorama del atletismo global en la última década.

Descendientes de emigrantes etíopes, kushitas, sudaneses y demás sociedades nilóticas (etnias del valle superior del Nilo), los kalenjin de Iten, un pueblecito de unos 4000 habitantes, cuentan con un millar de corredores profesionales. El investigador de la evolución humana Daniel Lieberman, de la Universidad de Harvard, ha pasado varios años estudiando los distintos factores que hacen que los atletas de la región sean tan rápidos.

Entrenamiento, cultura, biología y predisposición son algunas de las teorías que podrían explicar el éxito de estos deportistas. Según Lieberman, no se trata solo del ADN. “No se puede subestimar la importancia de lo duro que entrenan los corredores del este de África y el grado de motivación que tienen para ganar —advierte—. Francamente, nadie sabe por qué los africanos de esta región son los mejores corredores del mundo. Es, probablemente, una combinación de hechos como que andan largas distancias a pie durante toda su vida, que tienen una disciplina estricta o que viven a gran altitud. Pero, por supuesto, también influencian su cultura, sus genes y otros factores difíciles de medir y de evaluar”.

Muchos son los rumores que se oyen alrededor de los corredores kalenjin, la etnia mayoritaria de esta región, de la que proviene la mayoría de los corredores kenianos. “Se dice que es la economía de oxígeno, la forma de los músculos o el hecho de que caminan descalzos”, cuenta Richard Mukche, entrenador en Iten. Pero, según Lieberman, ninguno de estos factores es decisivo. ¿Qué los hace los mejores? La respuesta sigue siendo un enigma; un misterio que cada día atrae a más y más atletas de élite, especialistas e investigadores a la zona.

“En la maratón, por ejemplo, los mejores kenianos son más rápidos por poco más de dos minutos que los mejores atletas estadounidenses. Ningún científico puede explicar cómo ni por qué pueden sacar esta diferencia en 42 kilómetros. Hasta hoy, nadie ha sido capaz de encontrar los genes que hacen que los kenianos de élite sean más rápidos. Así que creo que la respuesta honesta es que no sabemos por qué los kalenjin son más veloces que el resto”, reconoce el profesor de Harvard.

La meca del turismo deportivo

Los viajes de norteamericanos que organiza la asociación Run With Kenyans, las visitas de la compañía Victoria Safaris a las obras caritativas de atletas de élite, como Usain Bolt o Serena Williams, y otros paquetes turísticos han desarrollado una industria pujante en la región. Los extranjeros vuelan encantados para entrenar al lado de los mejores del mundo. Por ejemplo, días antes de mi visita al Valle de Rift, el número uno olímpico Mo Farah, somalí nacionalizado en Reino Unido, quien este año se llevó las medallas de oro de los 10.000 y los 5000 metros en Pekín, se preparaba en Iten junto a otros atletas de su talla.

Los lugareños levantan cafeterías, tiendas de víveres, humildes restaurantes y pequeñas pensiones con nombres referentes al atletismo y a algunas de sus estrellas alrededor de los resorts para corredores, que se multiplican por doquier. El Hatc, fundado en 1999 por la keniana Lornah Kiplagat, cuatro veces campeona del mundo, alberga a atletas de primer nivel de todo el planeta. Cada día, cientos de personas salen a trotar antes de que amanezca, ya sea en la pista de atletismo del Centro o en los caminos que bordean Iten. Vestidos con mallas de licra y camisetas térmicas, cada cual tiene en mente sus propios objetivos: prepararse para una media maratón (21 kilómetros), una maratón entera (42 kilómetros) o una ultramaratón (100 kilómetros); practicar la carrera continua; realizar entrenamientos de fartlek (literalmente, “cambios de velocidad” en sueco).

Al acabar el entrenamiento de la mañana, los atletas del Hatc se tiran a la piscina, descansan un rato al sol o se sientan a admirar las increíbles vistas de la Reserva Nacional del Valle de Kerio, a tan solo 1 kilómetro del lugar. Por las tardes, algunos vuelven a la pista, mientras otros se machacan en el gimnasio con las máquinas de última generación con las que Lornah, la fundadora, ha dotado las instalaciones. El resto del tiempo pueden tumbarse en las austeras y tranquilas habitaciones que rodean el edificio principal o conectarse al wi-fi en la sala de sofás. Allí, distendidamente, los atletas comparten experiencias con compañeros de todas partes del mundo. Además, lunes, miércoles y viernes por la tarde, el coach keniano Richard Mukche exprime en la sala de estiramientos a los atletas internacionales que se hospedan en el complejo.

Cincuenta minutos de entreno non-stop para fortalecer la musculatura de abdominales, piernas y brazos. “No pain, no gain!” (¡sin dolor no hay ganancia!), repite Richard a los deportistas que intentan ganarse un lugar en sus respectivos podios nacionales. Michael Peters, corredor e investigador estadounidense establecido en Japón, respira profundo mientras Richard le acomoda la espalda en uno de los ejercicios. “¡Si no están dispuestos a sufrir, pueden irse a sus casas ahora mismo!”, les grita el entrenador. Una docena de atletas de Estados Unidos, Australia, Francia y España contienen la risa. Cualquier derroche de energía será contraproducente.

“Yo gané una carrera en Sacramento. El premio era venirse a entrenar en Iten”, cuenta Dennis Mui, estadounidense de ascendencia china que lleva dos semanas en el Hatc. “A mí lo único que me ha hecho sufrir aquí ha sido la altura. Tardé unos días en acostumbrarme, pero ahora ya me siento en plena forma”, expresa la disciplinada corredora de fondo Kirstin Bull, campeona de ultramaratones del equipo nacional australiano. “Fíjense en esta mujer de acero, así deben ejercitarse”, dice Richard al resto de atletas mientras apunta a Kirstin, quien sigue la clase al pie de la letra.

Richard Mukche, corredor kalenjin retirado y uno de los entrenadores más duros de Iten, proviene de la región fronteriza entre Sudán del Sur y Kenia. Según su punto de vista, el motivo por el que todos quieren aterrizar en Iten es para encontrar la Piedra de Rosetta del atletismo, para entender el secreto que guardan los superatletas de su grupo étnico. Está convencido de que la superioridad tiene una explicación biológica. “Está en nuestra sangre, hay algo en nuestro ADN que nos da ventajas por encima de los demás”. Sin embargo, Mukche, que ha entrenado a atletas kenianos de élite como Edna Kiplagat, Florence Kiplagat o Wilson Kipsang en el Hatc, reconoce que la única forma de triunfar en este negocio es entrenar duro. “Los kalenjin merecemos todos los logros que estamos obteniendo porque somos los atletas más disciplinados”, reconoce el veterano.

Raquel Landín, atleta española que entrena por segundo año en Iten, sostiene la versión del especialista Daniel Lieberman y cree fielmente que los dos factores que más determinan el éxito de los corredores kalenjin son la pobreza que afrontan los atletas y la disciplina para soportar entrenamientos salvajes. “Tienen una capacidad de resistencia superior a la de los corredores europeos”, dice. Por eso mismo, la joven corredora no titubea en afirmar: “Mientras los países europeos sigan otorgando la nacionalidad a africanos como los que salen de Iten, el resto de corredores de Europa no tenemos nada que hacer en el campo del atletismo. Ellos son y serán los mejores”.

No solo de sueños vive el hombre

Que los atletas kenianos quieran ser fichados por equipos nacionales extranjeros no es raro. Aunque algunos lo consideran un auténtico éxodo del atletismo local, para otros es una simple estrategia de supervivencia. “En Kenia, solamente el 15 % de las ganancias generadas por un atleta olímpico son percibidas por este al final de toda la cadena de pagos y tasas”, se lamenta Richard.

El año pasado, cuando la Autoridad de Ingresos de Kenia anunció la intención de aplicar a los triunfos en competencias un impuesto del 30 %, la tasa máxima de gravámenes aplicada en el país, el colectivo de atletas kenianos se levantó en protestas. Esta medida impopular fue recibida con ira por los atletas locales, quienes ya pagaban entre el 30 y el 35 % de sus impuestos al país. Si a esto se le suma que tienen que dar el 15 % a sus agentes particulares, nos encontramos con que los kenianos, a pesar de ser los mejores atletas del planeta, son de los que menos acaban cobrando.

Mientras los caminos y las calles de España, Francia o Australia se llenan de personas dispuestas a dejarse la piel para el deporte, aquí no se trata ni de salud ni de metas personales. Se trata de salir de la pobreza. “Esto es un negocio. Es duro, pero corremos por dinero”, dice Elvan. Lo secunda Santa Carol: “La mayoría de atletas locales dejan de correr cuando ya no les proporciona dinero”, cuenta en el centro de entrenamiento de Lornah Kiplagat, en Iten. Y sin dinero, no hay meta a la que llegar ni sueños que cumplir.

“Yo tendría suficiente con poderme comprar un terreno donde cultivar verduras”, dice Alice, una joven kalenjin de 16 años que corre a diario por los caminos de tierra de Iten. “Mis padres tienen un pequeño huerto con papas. Las vendemos en el mercado y a veces las intercambiamos por leche de las vacas de los vecinos. Si pudiera comprar una tierra grande, nos haríamos una casa y plantaríamos de todo. Quizá compraríamos ganado. En Iten hay algunas competiciones locales que pagan bastante bien. Voy a competir en la próxima”, cuenta.

Cifras oficiales revelan que el 42 % de la población keniana vive con menos de un euro (3500 pesos) al día. Actualmente, hay de 7000 a 20.000 corredores solamente en el pueblo de Iten y las aldeas aledañas. Todos intentan hacerse un hueco en el mundo del atletismo nacional e internacional. Sin dinero ni patrocinadores que les ayuden a proveerse de material, rebuscan entre las miles de mallas y zapatillas de segunda mano que se encuentran en el vital mercado regional. El atletismo se cuela por la porosidad de la sociedad kalenjin, primero, y keniana, por extensión. “El que no puede competir, intenta vivir del comercio que se desarrolla en torno al atletismo. Los turistas son mis mayores clientes. Pero creo que los que más dinero se llevan son los propietarios de los hoteles y pensiones que van creciendo en la ciudad”, dice Ezequiel Oketch, joven propietario del Champions Training Store, una tienda especializada en atletismo situada a pocos metros del Hatc.

Pero no todo es comercio y ánimo de lucro en la región. La ONG Shoes 4 Africa reparte zapatillas usadas y realiza labores de ayuda humanitaria. Sus zapatillas apuestan por los sueños de todos los adolescentes y adultos que entrenan en el pueblo. Junto a ellos, el epicentro de los estudiantes, Saint Patrick’s High School, fundado en el corazón de Iten en 1961 por padres patricios irlandeses, alimenta las esperanzas de los que sueñan con ser como sus paisanos Ibrahim Hussein, Peter Rono, David Rudisha y demás corredores kalenjin de la región de Iten.

Sin embargo, faltan apoyos gubernamentales. Faltan subvenciones. Faltan patrocinadores. Faltan cazatalentos. Falta entender lo que representan estos campeones mundiales para Kenia y para toda la región. Y, sobre todo, falta conciencia de lo que significa el negocio del atletismo para la población local. Lo sabe la atleta Elvan Abeylegesse. Lo saben los entrenadores Santa Carol y Richard Mukche. Lo sabe el investigador Daniel Lieberman. Lo sabe Lornah Kiplagat, fundadora del Hatc. Y lo saben todos los kalenjin que galopan como liebres y gacelas antes del amanecer por los caminos de Iten con una única meta: un futuro mejor.

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