Los niños son el futuro, Equis tal vez no. Él es una letra, en realidad un número: 66. La policía lo capturó con un alijo de marihuana: 5 libras y 250 gramos, lo que pesa un bebé al nacer. Su madre también era una niña. Cuando Equis nació, ella tenía 13 años. La mataron seis años después. Su abuela recibió la llamada de un funcionario de Medicina Legal, quién sabe cómo supo el teléfono. Él estaba jugando con una prima en el suelo de la casa. Gritos, rezos. Llanto. Corrió a la calle diciendo que no, que no. Eso recuerda. Se escondió adentro de un camión abandonado donde a veces jugaba. Por la noche vio llegar el carro de la funeraria, ladrido de perros. Fueron dos puñaladas, dice, después cuenta que su abuela murió de cáncer en el estómago pero que ella no era su abuela sino su bisabuela. La mamá de su mamá niña era indigente y murió en la calle, o quién sabe. Él pronto cumplirá 18 años y es uno de los 37.000 menores de edad cuya protección y cuidado dependen del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF. Es decir, para efectos legales, su papá y su mamá son el Estado con el escudo, la bandera y lo demás. ¿Si la niñez es la época más feliz, se supone —eso dicen los cartelitos en todas partes—, Equis debería tener miedo de lo que pronto seguirá en su vida?

En el hogar San José, en Bello, al norte de Medellín, hay 470 jóvenes involucrados en hurtos, secuestro, asesinato, lesiones personales, tráfico de estupefacientes. El término legal es jóvenes en conflicto con la ley. Llovizna y, sin embargo, esta es una tarde de sol radiante, como si el mundo fuera una canción de cuna. Un verso infantil dice que pronto saldrá el arcoíris, pide un deseo y se hará realidad, no importa cuál sea. Equis cumplirá 19 meses aquí y deberá irse pronto, pero él no quiere. Su deseo sería quedarse. Es la primera vez que no pasa hambre, se baña a diario, estudia, aprende, no fuma marihuana, lo tratan con respeto, se siente una persona, dice, se siente a salvo. San José es la casa que nunca tuvo, eso también dice, pero la norma le impone marcharse. ¿A dónde irá?

Las cifras cuentan que en Medellín y su área metropolitana delinquen 250 bandas criminales, que aquí se llaman combos, lo mismo que si se tratara de grupos musicales. Se calcula que entre 3000 y 5000 jóvenes hacen parte de ellos, pero la verdad es que nadie tiene idea y ese número es una cifra al azar. Hace unos meses, un niño de 13 años fue capturado con un fusil y dos granadas. Se sabe que nueve de cada diez jóvenes en conflicto con la ley provienen de las llamadas comunas, los barrios más peligrosos de la periferia de la ciudad, donde también es mayor el número de niñas embarazadas antes de cumplir 16 años. Es un círculo vicioso, dice Juan Restrepo, educador del hogar San José: es como si lo peor de la vida se concentrara en estos niños que se hacen viejos a puñetazos. Un zancudo revolotea en su nariz.

El taxista que me trajo tiene su propia opinión: los jóvenes hacen lo que les da la gana porque no hay ley para ellos. Si les dieran de comer de la misma sopa que les ofrecen a los demás, dejarían de servirla. Él se llama P. Sánchez y era dueño de un restaurante hasta que un par de jóvenes lo asaltaron. Me metieron dos tiros, aquí y aquí, y suelta el volante para señalar dos puntos en el pecho que, sabrá Dios cómo, no lo dejaron frito. Lo suyo es la comida, dice. Quizá vuelva al negocio de los almuerzos a domicilio ahora que tiene un revólver y las vísceras curtidas. Por tratarse de menores de edad, las penas que reciben los jóvenes pocas veces superan los dos años, incluso en casos de asesinato y de secuestro, justo los delitos con las condenas más altas entre los adultos. ¿Se subestima su poder criminal, ¿se idealiza su condición de niños recién crecidos?

La trabajadora social Yaneth Villa cree que la responsabilidad recae sobre la sociedad, que engendra los males y los reparte de manera tan desigual, en mayor medida, dice, sobre las personas más vulneradas, las de menos oportunidades. Ella es la directora de Éxodo, el programa de seguimiento a quienes salen del hogar San José después de cumplir la sanción impuesta por los jueces. La idea es que, de regreso a las calles, los jóvenes sean capaces de sobrevivir sin incurrir en delitos, sin acrecentar sus dramas. Muchos no lo logran y regresan. Peor aún: algunos mueren o, ya mayores de edad, enfrentan penas por crímenes que les imponen encierros del doble de sus vidas recién estrenadas. Ahora algunos llevan bolsas con golosinas de Navidad que una compañía de galletas acaba de regalarles antes de que el moho se las coma. Diciembre a finales de mayo. Equis dice que su mejor regalo del Niño Dios ha sido la sobriedad, no drogarse en tanto tiempo, 19 meses.


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Sebastián Rodas es entrenador de atletismo en San José. Él también fue capturado por la policía con un alijo de marihuana. Tenía 12 años y vivía en Lovaina, el barrio de los travestis más famosos y uno de los expendios de droga más antiguos de Medellín, inmune a gobernadores, alcaldes, presidentes, políticos que prometieron erradicar el narcotráfico de sus calles. En Lovaina, todos bailan, dice un refrán, y es rumor dado, por cierto, que los policías que patrullan sus esquinas reciben dinero de los mafiosos para que, si hacen operativos, los hagan de tal forma que no les quiten grandes cantidades de droga ni apresen a sus mejores vendedores. Rodas, de 19 años, fue la cuota de eficacia policial de entonces: cae niño vendedor de marihuana. Aquello ni siquiera fue noticia.

Él recuerda que en esos días hacia cosquillas en el centro, de eso también vivía: de robar carteras, celulares, relojes, dinero; sus dedos eran de viento. Y se metía a los almacenes a llevarse ropa, zapatos, y leche de bebé y pañales. Esos eran el mejor botín porque, con tantos recién nacidos en Lovaina, vendía aquello como si fuera droga. La pobreza y el vicio parecen llenos de bebés, dice Rodas, ahora selección Colombia de atletismo, medallista internacional y viajero frecuente de pistas en Brasil, México, Chile, Estados Unidos. Tanto aprendió a correr que se hizo campeón, pero ese no era su sueño. De esos días, cuando se supone que los niños aprenden a responder lo que quieren ser de grandes, los ojos de Rodas recuerdan sombras y humo y sangre y gritos y miedo. Sonido de motos. Él quería ser un sobreviviente.

No será coincidencia: su prueba más exitosa es la de velocidad con obstáculos, lo mismo que la vida, con paso por el foso, al que acaba de irse de bruces en la pasada competencia, donde apenas fue sexto. “Pero éramos más de 40”, dice. En algún lugar del patio se oye un gallo. Ya no llovizna. Cuando llegó al hogar San José obligado por una orden judicial, Rodas entró disfrazado de albañil. Era 31 de octubre, día de los niños. Se había hecho un adobe de espuma y tenía dulces en los bolsillos, como una provisión de la felicidad. Para él, aquel encierro tampoco fue la cárcel. Por primera vez se lavó los dientes todas las noches, comió sin miedo, durmió en cama limpia, habló, le hablaron, dejó de correr, comenzó a correr.

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¿Cuándo se deja de ser niño, ¿cuándo se hace uno adulto? Equis dice que fue cuando probó la droga, que el primer cigarrillo de marihuana marcó ese momento, la pérdida de la infancia. Yo imagino que esa primera exhalación, ese humo en espiral, sí se lleva algo, y es tan grande que se tose, y raspa, quema, duele. Inaprensible, la niñez es una idea, un estado de ánimo. Un poeta la llamó país. Exiliado de sí mismo, Equis pronto se convirtió en vendedor de marihuana, de bazuco, obrero a sueldo de la banda de su barrio. Tampoco nadie sabe cuánto dinero mueven los narcotraficantes en las periferias de Medellín, pero es seguro que se trata de un botín multimillonario, el más grande del comercio ilegal de la ciudad, uno diario, en efectivo, billete tras billete, moneda tras moneda. La droga se cuenta en toneladas y paga, además de su propio ejército de distribuidores, uno alterno de corruptos, empleados judiciales, funcionarios de la Alcaldía. El humo es telaraña inaprensible. Medellín es ciudad de viciosos, de niños drogadictos, lo mismo que Bogotá, Cali, Barranquilla, que el resto del país de arriba y de abajo. Equis tiene suerte. Él lo sabe.

Juan Restrepo intenta matizar una sentencia: el pasado no perdona, a veces. Los riesgos son muchos, reconoce el educador. Él ha visto salir a la calle a sus alumnos luego de meses de progresos, después de ser evaluados por un juez, por sus profesores y psicólogos. Se van felices, cantando, oliendo a limpio, con ganas de mostrar que han mejorado, pero no regresan. Los matan en sus barrios antes de terminar la transformación que comenzaron, alguien les cobra, y Restrepo usa esa palabra, que es el nombre de una serpiente venenosa. Le pasó al hijo de Eme, a quien torturaron con flamas de encendedor y golpes de piedras. Su pecado, cuenta la mujer, fue negarse a volver a caminar los mismos pasos. Los capos de las bandas no admiten renuncias, y esa tal vez sea una clave: se supone que los jóvenes de los barrios más violentos solo pueden ser peligrosos. Es mentira, claro. Se trata de un engaño.

La verdad es que, pese a las cifras que cuentan en miles a los violentos, a los enfermos drogadictos, otra mayoría de jóvenes en las periferias de Medellín estudian, juegan. Cientos son músicos de la red de escuelas musicales, por ejemplo, y son deportistas, van y vienen, seguros de lo que sí son, de lo que pueden. El prejuicio es lagaña en el ojo.

Un padre le muestra con el dedo los techos de las casas de la comuna nororiental a su hija adolescente. La comodidad del teleférico inauguró un tipo de turismo social en la ciudad más innovadora del planeta: ellos no tienen lo que tú sí puedes, mi amor. Ellos no tienen que ser lo que tú sí debes. A 20 metros de altura, el prejuicio sentencia que la criminalidad tiene algo de natural, de comprensible, que en eso de ser malo hay un algo de sino trágico, de inevitable. Por eso, cuando dices groserías —le explica el padre a la niña perpleja— te oyes como ellos, y su dedo hace círculos sobre las casas abajo.


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En total, bajo protección del ICBF, 17.000 niños esperan ser adoptados. Son huérfanos sin más parientes que el cóndor del escudo, así de triste, así de cierto. Antes, deben cumplir con ese ritual de salir por televisión por si alguien los reconoce. Todos los hemos visto, justo después del comercial que invita a los niños a lavarse los dientes para irse a dormir: los niños buscan su hogar. Así dice la canción: un hogar, es decir, una casa con papá y mamá, ojalá una mascota y abuela y tíos y hermanos y vecinos. Hogar es de donde uno no quiere irse, dice Equis, y ahora él no quiere irse de San José. Él lleva un diario de su experiencia desde que fue internado. Ahí ha escrito, al lado de un árbol que dibujó con tinta de lapicero, con frutos y una paloma en su nido, que sueña con ser administrador de empresas, profesor, viajero, tener una casa bonita, vivir muchos años, dos hijos buenos. Así lo escribió.

En las lecciones de atletismo que le dicta Sebastián?Rodas, Equis aprende la técnica del braceo, un gesto necesario si se trata de ganar una carrera. “Me motiva saver (sic) que mi vida puede ser mejor”, escribió. La incertidumbre es la mala ortografía de ese sueño. En el hogar, bajo la lluvia que escurren dos palmeras, hay una estatua de San José y el Niño Dios, ambos sin manos, los muñones de cemento astillados, los ojos abiertos, las bocas cerradas, las aureolas intactas. Equis se siente parte del futuro del país, así de niño todavía es, y propone devolver con creces lo bueno que le han dado aquí. Esto escribe: “Yo quiero volar lo mas (sic) lejos posible, quiero alcansar (sic) la alegría que hay en mi alma, y cambiar las limitaciones que conosco (sic) y sentir como (sic) crece mi espíritud (sic) y mi mente. Yo quiero vivir, existir, ser y oir (sic) las verdades que hay dentro de mi (sic)”.

Es uno más, dirán algunos, un Equis. Otros, en la comodidad de sus casas limpias, sentenciarán con voz de predicador que cada quién se merece lo que tiene. Será tiempo de creer otras cosas, ¿no? Por ejemplo: que estos jóvenes sí pueden ser lo que ahora anhelan. Los dueños de las bandas apuestan lo contrario, y cuando ellos ganan, los demás perdemos. Si se trata de escribir el futuro, como suelen decir los políticos en sus largas homilías electorales, no bastan unas letras. Se necesita todo el alfabeto. Sin la equis no es posible escribir bien existencia, esa palabra.

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