Hristo Stoichkov era "el enemigo", pero me conquistó. Es verdad, él colaboró para eliminar a México del Mundial 94 en octavos de final, pero un verdadero aficionado del fútbol sabe que la calidad no tiene fronteras. Aunque a veces duela.

Recuerdo que aquel 5 de julio, en el Estadio de los Gigantes, en Nueva Jersey, habían pasado nada más seis minutos de juego cuando Balakov robó una pelota en media cancha y sin pensarlo metió un trazo largo a Stoichkov, quien sacó un balazo desde la punta izquierda del área directo al ángulo. Esa no la paraba ni Jorge Campos, ni Dios ni nadie.

Tengo que admitir que el tipo me caía bien. Me gustaba su manera de jugar. Era muy explosivo, caracoleaba mucho. Además el nombre se me hizo curioso, con buen acento. Por eso decidí ponérselo a mi primogénito: Uriel Stoichkov Rosas Vargas. Sonaba bien. Así, con suerte, podría heredar su carácter, su garra, su carisma, su voluntad de echar adelante a todo el equipo.

La posibilidad de que también heredara su mal temperamento, ese que le hacía reclamarle a gritos cualquier decisión al árbitro, no me desanimó. Para triunfar en la vida tienes que tener actitud, fijarte metas y sacar el carácter cuando haga falta.

Al principio mi esposa no estuvo muy de acuerdo, la verdad, pero le terminó agradando porque era Stoichkov o Emiliano, por Emiliano Zapata, el caudillo de la Revolución mexicana, a quien también le tengo mucho respeto.

Uriel también reaccionó bien cuando tuvo conciencia de su nombre. Él también es muy futbolero, ha jugado en divisiones infantiles y ahora está en juveniles. Estampa su segundo nombre en la camiseta con orgullo. No voy a decir que es muy bueno, pero sí es aguerrido, aunque lo veo más como un delantero poste.

Que yo sepa, lo de Stoichkov nunca le ha causado problemas o burlas en la escuela. Atrae la atención de la gente, pero para bien. Por eso en el kínder la maestra siempre lo llamaba por ese nombre, y no por el de Uriel.

Tampoco en el registro civil causó ningún inconveniente. Lo más que pasó fue que el juez me dijo, como chascarrillo, que debía ser muy fanático del fútbol cuando le expliqué lo del búlgaro.

Hace poco dejé de jugar, y aunque mi posición siempre era de defensa o medio, Stoichkov ha sido uno de los más grandes ídolos que he tenido, junto con otros delanteros como Romario, Ronaldinho o Cuauhtémoc Blanco, acá en México.

El juego siempre me ha fascinado, pero si tuviera otro hijo, se me hace que ahora sí le pondría Emiliano.

Al último que tuve le puse Julio César, en honor de Julio César Pinheiro, el extremo brasileño que llegó a finales de los noventa a Cruz Azul, el equipo de mis amores, aunque siempre quede subcampeón.

El del medio se llama Diego, por obvias razones. Así que yo creo que ya fue suficiente de nombres de jugadores. Si pongo otro así, mi esposa me va a pedir el divorcio. Para qué correr el riesgo, ¿no?

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