La primera vez en mi vida que recuerdo haber visto un robot fue cuando tenía 6 o 7 años. El cacharro era de hojalata, con formas cuadradas y de color azul metálico. Me lo regalaron mis padres por Navidad y la única vez que lo vi moverse fue cuando lo prendí, apenas lo saqué de la caja, porque luego se dañó y no hubo técnico, baterías nuevas o fuerza humana capaz de hacerlo funcionar de nuevo.

Con el tiempo, y a pesar de ser completamente inservible, el robot pasó a ocupar un lugar en una de las repisas de mi cuarto (“¡Cómo lo vamos a botar!”, exclamó mi madre, recicladora innata como casi todas las mujeres de su generación). Desde su rincón, inmóvil y lleno de polvo, el trasto me recordaba que un mundo lleno de robots solo era posible en las películas, y únicamente si estas eran gringas, porque cuando yo era niño la palabra “cine” en Latinoamérica significaba, por lo general, la sala donde la gente acudía para ver producciones made in Tío Sam.

Han pasado más de 40 años desde aquel entonces y actualmente vivo en Japón, el país más avanzado del mundo en robótica y tecnología, donde casi es pan de cada día encontrar humanoides y robots a la vuelta de cualquier esquina: juegan con los niños en las casas; ayudan en las labores industriales de las fábricas; ofrecen indicaciones en las recepciones de los hospitales y los centros comerciales más modernos; ayudan en tareas de búsqueda y rescate; les asignan turnos de atención a los clientes en las tiendas de telefonía; lo divierten a uno en restaurantes futuristas, y, para completar, acompañan y entretienen a los ancianos. Estos últimos robots, los que ayudan a los viejos, están hechos en forma de peluches cariñosos o de esqueletos robóticos que aparentan ser una especie de Iron Man de la tercera edad.

Sin embargo, Japón está lejos de ser una de esas sociedades automatizadas que muestran las películas de ciencia ficción. Y no solo por el hecho de que lo descrito líneas arriba solo se puede palpar en las grandes ciudades de un país en el que siguen predominando las tradiciones agrícolas arraigadas y ancestrales; también porque, a pesar de su presencia cada vez mayor, los robots todavía no afectan directa ni masivamente la calidad de vida del japonés común y corriente.


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De todo el batallón de robots que pueblan empresas, universidades y centros de desarrollo tecnológico japoneses, hay dos que sobresalen nítidamente: Asimo, el humanoide de la empresa automovilística Honda, y Geminoid, el androide. El padre de Geminoid es Hiroshi Ishiguro, científico y catedrático de la Universidad de Osaka e investigador principal de la empresa encargada de construir este tipo de personajes, ATR Intelligent Robotics and Communication Laboratories.

Tanto Asimo como Geminoid se encuentran en el tope del árbol evolutivo de las máquinas en todo el mundo. El primero, porque es prácticamente el único robot bípedo en el planeta que puede moverse con una fluidez digna de un hombre. El segundo, por su sorprendente, realista y —debo admitirlo— a veces perturbadora apariencia humana. De hecho, el aspecto de la creación estrella de Ishiguro no parte de una fantasía, sino que se trata de la réplica en silicona de una persona de carne y hueso. Es como si el primer humano en ser clonado hubiera sido el propio Ishiguro, quien, sin ser dios, fabricó un androide a su imagen y semejanza.

Debo aclarar, para que se entienda, que esa semejanza no se limita al aspecto físico, incluye también el carácter. Porque un Geminoid, además de un androide, es un clon informático de un ser humano y trata de copiar y reproducir su comportamiento, sus manías, su formar de hablar, su tono de voz y hasta su manera de respirar.

Lo inquietante que puede llegar a ser la apariencia humana de un androide se debe a un hecho netamente comparativo. Mientras un robot cualquiera no puede ser comparado con nada más que con él mismo, porque su forma parte de la imaginación de sus creadores, a un androide solemos compararlo inmediatamente con nosotros mismos: debido a su apariencia humana, evaluamos qué tan real, tan articulado, tan natural o tan grotesco es.



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El Miraikan o Museo Nacional de Ciencias Emergentes e Innovación es un espacio de prueba donde los constructores de Geminoid estudian las reacciones del público frente a los androides. Es allí donde se puede experimentar de cerca el Japón tecnológico y futurista. No es un museo tradicional, ni mucho menos. De hecho, lo de museo solo se le ve en el nombre. Está ubicado en un hermoso y moderno edificio en el área de Odaiba, frente a la Bahía de Tokio.

En sus salones se encuentran Otonaroid y Kodomoroid, un androide adulto y otro adolescente aceptados de manera natural y sin recelo por los japoneses. En este país, la gente está acostumbrada desde hace un buen tiempo a la antropomorfización de este tipo de máquinas, lo cual quiere decir, en buen cristiano, que los robots adoptan formas y características humanas.

Otonaroid fue fabricada —sí, es una mujer— en junio de 2014 y su misión es fungir como anfitriona y conversar con los visitantes. La máquina tiene la capacidad de mostrar diferentes estados de ánimo, entre ellos uno que hasta hace no mucho era propiedad exclusiva de los seres humanos: sonreír. La función de Kodomoroid, en cambio, es más mediática, ya que se dedica a transmitir las noticias del día dentro del circuito cerrado del Miraikan. La información que reproduce es proporcionada por la televisora pública NHK.


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Si revisamos el mundo del cine, las historietas, el anime y el manga, los androides que allí cobran vida tienen voluntad propia, son completamente funcionales, se movilizan sin problemas y tienen, incluso, cierta capacidad para responder por su propia cuenta a estímulos externos. En la realidad, la cosa es abismalmente diferente a ese cliché popularizado por el cine de ciencia ficción. Incluso las versiones más avanzadas de los actuales androides no pasan de ser máquinas teleoperadas a distancia gracias a señales de radio o internet, para las cuales caminar de forma fluida sería una empresa digna de un milagro bíblico.

Aunque, para ser justos, si los androides de Ishiguro todavía no caminan, saltan o corren, como su primo hermano Asimo, es porque el científico y su equipo le han dado mayor importancia al desarrollo de otro tipo de movimientos, los faciales, debido a su impactante apariencia humana.

En el mundo de los robots que actualmente funcionan dentro de la sociedad japonesa, la mayoría tiene como único objetivo trabajar de forma eficiente. Un buen ejemplo de esto son las máquinas industriales o las que se utilizan para emergencias y rescates. Hablando de forma coloquial, a estos robots no les importa lo que la gente piense de ellos o cómo reaccione quien los ve. Tener buenos modales o interactuar con su entorno parecen aspectos primordiales solo para un androide.

En japonés hay una palabra para explicar la sensación que causa en un ser humano estar frente a otro de su especie, así este no hable o se mueva: sozai-kan. El término significa, básicamente, “presencia”. El principal objetivo de Ishiguro desde que decidió convertirse en padre de un robot ha sido precisamente dotar de “presencia” a sus máquinas. Y la forma que encontró para hacerlo fue reproducir en los androides esa serie de micromovimientos y detalles prácticamente imperceptibles que conforman la conducta humana. Un lenguaje no verbal en el que se incluyen la manera de respirar, la frecuencia del parpadeo, la forma en que levantamos los hombros al hablar y los gestos. Ishiguro ha logrado reproducir estos y muchos otros rasgos humanos gracias al desarrollo de diversos programas de captura de movimiento. “Como humanos nunca dejamos de movernos. Son movimientos inconscientes. Y estos detalles son los que hacen a nuestro robot diferente de los otros. Son movimientos muy difíciles de explicar y reproducir, pero lo estamos logrando poco a poco”, indica el científico.

Por lo que he podido experimentar, Ishiguro ha logrado avances asombrosos, pero todavía insuficientes. Si bien al interactuar con cualquiera de sus máquinas uno no tiene la sensación de estar frente a un conjunto de tuercas, circuitos y silicona, tampoco siente que se encuentra frente a un ser vivo.


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¿Qué tanto puede llegar a cambiar esta realidad? ¿Qué tan pronto los Geminoid comenzarán a moverse, al menos, como lo hace Asimo? “Construir un androide implica automáticamente la creación de un robot con apariencia humana —dice Ishiguro, quien basa su creación en un concepto filosófico más que en un mero ejercicio de ciencias aplicadas—. Para hacer mi trabajo, es necesario preguntarse qué es un ser humano. Cuando comencé a pensar cuál era la mejor forma de entender a las personas fue que se me ocurrió desarrollar un androide, porque para fabricarlo necesito conocer profundamente la naturaleza humana”.

Según el propio Ishiguru, su objetivo es crear un robot capaz de interactuar con los humanos, no una máquina que se comporte como un hombre, eso lo ve imposible. “Actualmente tenemos androides que pueden leer las noticias en televisión o conversar con una persona —dice—. El próximo paso es desarrollar máquinas más independientes, que puedan interactuar con varias personas a la vez en todo tipo de ambientes. Pero estas versiones no estarán listas de forma inmediata”.

Además de las consideraciones filosóficas que se plantea Ishiguro sobre la “humanidad” de sus máquinas, otro tema que está comenzando a ser importante dentro de los círculos científicos es la parte moral del asunto. A muchos les preocupa el uso ético que se les pueda dar a estos frankensteins modernos. En países como Corea del Sur se ha planteado, incluso, la necesidad de una Carta de ética para robots que recoja los principios que deben regir la relación entre humanos y máquinas.

El documento toma como base las tres leyes que los robots deben seguir dentro de Runaround, obra de ciencia ficción escrita por el ruso Isaac Asimov en 1942:

1) Un robot no debe agredir a un humano ni permitir que este sufra algún daño.

2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, salvo si estas entran en conflicto con la primera ley.

3) Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando no entre en conflicto con las leyes primera y segunda.

El aspecto ético aplicado a los robots es un tema que también ocupa la agenda del Centro de Investigación Europeo de Robótica. El instituto cree necesaria la aplicación de un código de pautas y conductas respecto al uso de estas máquinas, pues considera que el encuentro entre humanos y robots puede provocar “problemas de tipo ético, social y económico”.

Para comprender este punto, absurdo para muchos, se tiene que entender que, fuera del campo de la ciencia ficción, el mundo nunca ha contado con máquinas más parecidas a los seres humanos que los androides de Ishiguro. Tan cercano es el parecido entre el Geminoid y los hombres que el modelo Geminoid-DK, el más realista fabricado hasta el momento, servirá para estudiar la reacción que genera sobre la psicología humana la interacción con un robot.



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A pesar de que llamamos a los androides en general así, “androides”, si nos ponemos puristas la palabra solo describe a las máquinas de género masculino. Las que encarnan a una mujer se denominan ginoides. La Eva del Geminoid HI-4, que es el nombre oficial con el que se bautizó a la réplica de Ishiguro fabricada en 2006, nació cinco años después que el primero de su especie y fue bautizada con el nombre de Geminoid-F.

A pesar de que el costo de fabricación de cada uno de estos androides no ha sido dado a conocer oficialmente, sí se sabe el precio con el que la empresa ATR Intelligent Robotics and Communication Laboratories los comercializa: 110.000 dólares (unos 280 millones de pesos) la versión femenina y 300.000 (más de 750 millones) la masculina. La diferencia de precios se basa en la capacidad de movimiento de los androides, que no se fabrican de forma masiva sino por pedidos específicos. El proceso puede tardar un año, dependiendo de las características que el cliente desee para su máquina.

¿Quiere uno? Ya puede tenerlo, pues los robots no son cosa del futuro. Ya se encuentran entre nosotros, aunque todavía de manera muy tímida y, la mayoría, enfocados en sectores específicos de la sociedad. Todo parece indicar que expandirlos a todos los ámbitos de la vida diaria no es un tema que depende únicamente del progreso que alcancen las máquinas, sino también de lo preparados que nos encontremos nosotros, los humanos, sus creadores, para recibirlos en casa. Porque ya no son inservibles cacharros de hojalata que se dañan con la primera prendida, sino seres capaces de imitar, y muy bien, a las personas de carne y hueso.

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