Segundos después de haber tocado el timbre de su casa, en el barrio Restrepo, de Bogotá, William Sarmiento abrió la puerta con entusiasmo. Su mamá, Fanny Hernández, se apresuró a saludar y a ofrecernos asiento en la sala contigua al garaje. William preguntó de una:

—Cuénteme, ¿para qué soy bueno?

—Estoy aquí porque la revista SoHo tiene la idea de contar la historia de tres bogotanos nacidos el mismo día, y usted es uno de ellos.

—Ah —respondió efusivo—, ¡como los Victorinos!

La asociación era, por supuesto, inevitable. La serie de televisión, que en realidad se llamaba Cuando quiero llorar no lloro y se emitió entre abril y agosto de 1991, fue un fenómeno de sintonía en su momento, y con el tiempo pasó a ser un gran clásico en su género. Basada en la novela del venezolano Miguel Otero Silva, contaba la historia de tres individuos nacidos el mismo día en hogares de distinto rango que, por designio de un oráculo que rezaba —“cuando Victorino encuentre a Victorino y otro Victorino, quién sabe qué pasará… ¿morirá?”—, fallecieron violentamente el día en que se encontraron. Tal vez por esta sentencia macabra me vi obligado a aclararle:

—Algo así, William, algo así, pero no vaya a pensar que queremos que en ustedes se cumpla semejante fatalidad.

Javier Machicado y Manuel Antonio López comparten con William el azar de haber nacido el 27 de noviembre de 1975, en Bogotá. Cuando les conté, a cada uno por aparte, el propósito del artículo, reaccionaron igual: “¡Ah, como los Victorinos!”.

Y sí, como los Victorinos. Si de algo sirvió la serie de televisión fue para dejar sembrada la curiosidad de imaginar dónde andan hoy los que nos acompañaron en el partidor, en el inicio de esa carrera de obstáculos que es la vida.

William quería ser bombero, pero apenas aprendió a manejar, supo que su futuro era la conducción.

Manuel Antonio estaba destinado a ser artista, pero una enfermedad le aplazó el sueño. Javier le coqueteó a la música, pero luego decidió que lo suyo era la Economía.

Nada de eso podía colegirse cuando nacieron: William, en la clínica La Concepción, de Santa Isabel, a la 1:30 de la madrugada; Manuel Antonio, en el hospital San Ignacio, a las 3:05 de la mañana; Javier, en el hospital San José, a las 6:15 de la tarde. Pero curiosamente, sus vidas componen el tríptico de la Bogotá de los últimos 40 años. William creció en el barrio Restrepo —de hecho, todavía vive allá— en medio de la estrechez económica. Javier creció en La Soledad, en el seno de una familia acomodada; y Manuel Antonio, entre el Quiroga, el Restrepo, el centro y El Chicó, en una alternancia que lo llevó a conocer tanto la escasez como la opulencia.

El estudio no es para mí

El primer recuerdo de William es el de la señora Rosa Adela Moreno, una vecina que fue como su segunda mamá. El esposo de ella era bombero del aeropuerto. William le tenía terror, pero le inspiró su primer sueño profesional: convertirse en bombero. Los Sarmiento vivían en un inquilinato, y Fanny, la mamá de William, lo amarraba de vez en cuando al árbol del patio para que no hiciera travesuras. “Es que el niño era hiperactivo —se defiende ella— y me daba susto que provocara algún daño”.

Estudió en varios colegios, porque no hacía sino perder años. Cursó dos quintos de primaria, dos primeros de bachillerato, tres segundos y un tercero. El último lo pasó en limpio; sin embargo, ya su currículo anunciaba que el muchacho no estaba hecho para el estudio sino para el trabajo. A los 12 años le gustaba acompañar a su padre, Álvaro Sarmiento, en el taller de reparación de neveras. Y cuando no estaba con él, se la pasaba en la calle, con los amigos. Todos los días, al caer la tarde, Fanny tenía que llamarlo al orden. “Es que no era fácil —dice ella—. En esa época, entre el 87 y el 90, era frecuente que cogieran a los pelados para llevarlos de mulas”.

Gracias a la generosidad de un tío, William aprendió a manejar bus a los 14 años. “Mi tío me lo soltaba algunas veces y después de unos cuantos viajes, decidí que sería conductor”.

Como ayudante de su padre, aprendió a desarmar, lijar y pintar neveras hasta que se cansó del oficio. Trabajó en una empresa de divisiones para oficinas, en parqueaderos del centro de Bogotá acomodando carros y hasta de “lavafierros” en un taller cercano a la casa. Allí conoció al que hace 16 años es su jefe, don Luis, dueño de la empresa de buses de servicio especial Lincoltur S.A., quien acostumbraba llevar los vehículos para que les hicieran el mantenimiento habitual. William le pidió “una manito”, pasó los papeles y el 3 de agosto de 1999 entró a trabajar como relevador.

Mejor la economía que la música

Javier Machicado dice con desparpajo que su nacimiento fue producto de una embarrada de los papás, un par de abogados hippies, él boliviano y ella nortesantandereana, que habían crecido juntos en Cúcuta y se encontraron más tarde en la Universidad del Rosario, en Bogotá. Eran demasiado jóvenes. Él tenía 25 y ella, 20. En consecuencia, Javier fue el primer hijo de todo el grupo de amigos de sus padres. Sus recuerdos más remotos se remontan al apartamento de La Soledad, en el límite del barrio con la carrera 30 y la calle 39. Era un apartamento de primer piso, oscuro pero acogedor, lleno de candelabros, velas y tapetes de lana gruesa, con un patio al fondo en el que sobresalía un enorme pino al que solía trepar con Jairo, un vecino de la misma edad que ha sido desde entonces como su hermano. En las mañanas, el parqueadero del edificio se desocupaba, y ambos jugaban fútbol contra el único carro que nunca salía, el de una pareja de húngaros entrados en años que no hacían sino reclamar.

Estudió primaria y secundaria en el colegio Refous, en el norte de Bogotá, primero en la sede de Suba y luego en Cota, al pie del cerro del Majuy. De manera que su estilo de vida no varió mucho durante aquellos años. “Era llegar del colegio, donde andábamos metidos entre las chambas cogiendo ranas; almorzar, porque el almuerzo del colegio era horrible, encender Plaza Sésamo y, luego, a la calle: al Park Way”.

En la época de su adolescencia, a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, el Park Way era una especie de taller de músicos en ciernes. César López (el famoso inventor de la escopetarra) había fundado un grupo que se llamaba Los amantes de Lucía, cantera de músicos como Pablo Kalmanovitz y Pablo Miranda, que se destacarían en bandas como 1280 Almas y Los Elefantes, respectivamente. Javier y Jairo eran un poco más jóvenes que ellos, pero allá terminaban metidos lunes y martes en deliciosas sesiones de improvisación. Incluso intentaron conformar su propio grupo, una banda de punk tropical que ensayaba en un cuarto diminuto al lado de una bodega de desinfectante industrial que los papás de Jairo utilizaban en la lavandería de la que eran propietarios. “Era un cuartucho sin ventanas en el que tocábamos y fumábamos como salvajes y yo creo que hasta nos trabábamos con el olor del desinfectante —ríe Javier—. No sé cómo no nos intoxicamos”.

Pero la vena musical cedió frente a otros intereses sociales. Aunque aún ama la música, terminó estudiando economía en la Universidad de los Andes, de donde se graduó el mismo año en que William se licenció, al natural, de conductor.

Su hijo es un genio

Manuel Antonio creció, como él mismo lo afirma, “entre la mierda y el caviar”. Y semejante polaridad se explica de la siguiente manera. Su padre, Guillermo López, un paisa echado para adelante que se volvió rico con el negocio de la porcelana en una época en que la porcelana era muy apetecida, tuvo una relación extraconyugal con la mamá de Manuel Antonio, una mujer humilde de Caicedonia, Valle, 20 años menor, cuyos medios de supervivencia eran más bien precarios. Guillermo, que todo sería menos irresponsable, resolvió velar por ambos (y luego también por un segundo hijo, hermano de Manuel) a pesar de que sostenía ya un hogar compuesto de una esposa y cinco hijas. Así que los visitaba cada 15 días, primero en el barrio Quiroga y luego en el Restrepo. Todo iba bien hasta que a su mamá le empezaron a dar ataques de nervios, crisis que se fueron convirtiendo en verdaderos delirios producidos por la esquizofrenia. “Nos tocaba salir corriendo —afirma Manuel Antonio—. Una crisis, y a cambiar de casa y hasta de barrio, porque armaba escándalos y se peleaba con los vecinos”. Manuel tendría unos 10 años cuando su mamá tocó fondo y, alucinada, intentó agredirlo. Fue necesario internarla. Su padre decidió, entonces, llevarse a sus dos hijos para su casa. Mientras tanto, su madre se fue para Caicedonia.

El cambio fue tan drástico que todavía hoy a Manuel Antonio le sigue pareciendo sorprendente. Pasó a vivir a la calle 94 con carrera 11, el núcleo del encopetado barrio El Chicó, en una casa con su cuarto privado, televisor propio, equipo de sonido y juegos electrónicos. Entró a estudiar al colegio Jordán de Sajonia, en la Circunvalar con 68, cerca del Nueva Granada, el colegio más costoso de la ciudad, y comenzó a vestirse con ropa de marca. “Era la época de los Reebok y a uno los compañeros le hacían quitarse los zapatos para revisar si eran legítimos. Y, claro, eran legítimos”. De vez en cuando almorzaba en La Fragata, un restaurante carísimo de mariscos, y tomaban vacaciones en San Andrés. “Yo, sin embargo, no estaba pleno, porque me hacía falta mi mamá”. Esos sentimientos encontrados se hicieron evidentes el día en que la mamá regresó de Caicedonia a reclamar a sus hijos. “Me acuerdo de que estaba en el paradero del bus cuando la vi. Del reflejo, salí corriendo. No quería retornar a la vida de antes”. Pero le tocó. De El Chicó, se trasteó con su hermano y su mamá a una pieza del barrio La Estrada y desde ahí siguió estudiando en un colegio donde ya lo miraban con sospecha: “¿Y luego este no vivía en El Chicó? —remeda Manuel a sus compañeros—, ¿cómo así que ahora vive en La Estrada?”.

Manuel Antonio se interesó en el negocio de su padre, y también en el arte. Aficionado a la pintura, se matriculó en la facultad de Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y desde el primer semestre hizo notar a profesores y compañeros que sabía lo que hacía. Solo que en pocos semestres se volvió más excéntrico de lo habitual. Vestía de pantalón bicicletero, botas puntiagudas, chaqueta de gala militar blanca con botones dorados, peinado al estilo Robert Smith y gafas oscuras. Y esa excentricidad causaba preocupación en su papá. El decano, Paco López, lo contuvo: “Lo que pasa es que su hijo es un genio”. Pero de la genialidad saltó a la locura. La marihuana le disparó los mismos síntomas de su mamá, una esquizofrenia latente que amenazaba con acabarlo. “Se me corrió el champú. Llegó un momento en que yo podía jugar con el tiempo: cruzaba el pie derecho sobre el izquierdo, y transcurría más lento; cruzaba el izquierdo sobre el derecho y lo aceleraba. Y yo andaba acelerando y desacelerando el tiempo. Cuando por fin pude detenerlo, estaba con mis padres en el consultorio del psiquiatra. Y me remitieron a la clínica psiquiátrica Monserrat”. Así se aplazaron sus sueños de artista.

La madurez es la madurez

William ha tenido una magnífica carrera como conductor, pero no le ha ido bien consiguiendo novia. “He tenido todas las que he querido, pero mi Dios todavía no me ha dado la que es”, afirma. Su mayor felicidad ha sido el nacimiento de su hermana, a la que le lleva 16 años. Sueña con llevarla algún día a San Andrés, con su mamá, para que monten en avión. Mientras tanto, está a punto de cumplir con un antiguo propósito: comprar un carro para sacarlas a pasear los fines de semana que le queden libres.

Javier vive, quizá, su momento más determinante. Luego de graduarse de economista, viajar por Europa y cursar una maestría en París, regresó a Colombia tras cuatro años de brega y mochila, para enrolarse en la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura, donde ayudó a David Melo en el montaje de los mecanismos económicos que le dieran viabilidad a la Ley de Cine, que es un ejemplo para toda Latinoamérica.

Hoy tiene una firma consultora independiente que se encarga de medir el impacto económico de los proyectos culturales. “Es todavía como un bebé que está aprendiendo a caminar y se pega contra las paredes, pero ya casi camina solita y es chévere verla andar”, confiesa. Sin embargo, su empresa no lo hace más feliz que haberse casado hace tres años con Juanita, una paisa con la que piensa convertirse en padre. “Ya he marcado algunos chulos en la vida, pero todavía faltan. Bogotá es demasiado frenética, por ejemplo, y toca resolver si nos dejamos contagiar de ese frenesí y de la idea de la carrera capitalista en nuestros años más productivos, o si decidimos que la cosa es más bien por otro lado, más relajada. Por eso creo que el próximo será un año sabático”.

Manuel Antonio ha vuelto a pintar. Incluso, prepara una exposición. Después del tratamiento en la clínica Monserrat y de tomar medicamentos que le quitaban la energía y hasta el entendimiento, ha podido recuperarse. Incluso se casó, y su matrimonio duró 15 años, durante los cuales tuvo dos hijas, Mariana y Manuela, que hoy rondan la pubertad. Y ahora se ha vuelto a enamorar. “Creo que es el amor de mi vida, y eso y no la plata es el secreto de la felicidad”, afirma con orgullo. Así como reconoce su soberbia pasada. “Yo era muy sobrador y creía que estaba estudiando con tullidos. Luego tuve que tragarme el hecho de que personas que yo consideraba incapaces se graduaran y yo no —confiesa—. La vida le da a uno ese tipo de lecciones. Por eso no me quejo. Porque de eso se trata vivir, de experimentar las dos caras de la moneda. Sé lo que es tenerlo todo y lo que es no tener nada. Y sé tratar al que no tiene y al que todo lo tiene. Porque he estado en ambas orillas”.

Disminuido el mercado de la porcelana, Manuel Antonio está dedicado a la restauración de piezas, pero también a dictar talleres de arte en la misma sede donde su papá levantó un emporio del que solo quedan las ganas y la dedicación. Vive con su mamá, a quien ya le lograron controlar la enfermedad, en un apartamento de la avenida 19 con carrera cuarta, y espera a que el destino le vuelva a repartir. “A mí una vez una tía me leyó la baraja española y me salieron solo oros. Y me dijo que me iban a dar mucha plata, pero no la he visto por ningún lado”, ríe Manuel. Y su risa es la de quien se siente satisfecho con lo que es.

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