La señora Kim y sus amigas charlan alrededor de un falo que les llega hasta el cuello. Revolotean nerviosas frente a la entrada de Love Land, el parque sexual más grande de Corea del Sur, ubicado en la Isla de Jeju, a una hora en avión de Seúl. Una vez dentro, el grupo podrá ver las esculturas que les fueron comisionadas a estudiantes de arte de la Universidad de Honkik en el año 2002. La consigna dada antes de empezar su trabajo parece haber sido clara: los eufemismos están prohibidos. Así, las 140 piezas distribuidas a lo largo de varios senderos de Love Land terminaron por componer un muy completo Kamasutra heterosexual en tres dimensiones. La señora Kim y sus amigas caminarán entre vergas enhiestas, coños abiertos, tetas descomunales y culos pantagruélicos. Todo en la orilla opuesta de ciertas normas coreanas que obligan, rayando en lo absurdo, a que, por ejemplo, en la televisión pública la Venus de Botticelli aparezca pixelada.

La señora Kim y sus amigas llevan una chaqueta de montañista o una blusa de estampados florales, pantalones anchos de seda, zapatos especiales para evitar el desplazamiento de los discos cervicales y el pelo muy corto con una rígida permanente. Por lo general esa especie de uniforme permite que se las identifique como ajummas. Sin él, los demás verían en ellas simplemente a mujeres cuarentonas, cincuentonas, sesentonas. Ahora bien, puede que una ajumma no porte ningún distintivo de estos, pero siempre llevará una visera para protegerse del sol. Para las ajummas, la visera es el equivalente al pecho colorado del petirrojo o al dorso ajedrezado del tiburón ballena.

La de la señora Kim, que ya pagó sus ocho dólares por entrar a Love Land y ahora deambula a su aire por el parque, es de un tamaño estándar en comparación con algunas de las que llevan sus amigas, verdaderos platillos voladores que les cubren las caras. La absoluta palidez es un sinónimo de belleza en Corea —y Asia en general—, así que no es raro encontrarse a ajummas con guantes hasta los codos en pleno verano o amplios tapabocas que apenas dejan ver sus ojos.

Poco a poco, las carcajadas empiezan a aparecer y terminan en un estallido algo siniestro frente a una de las esculturas del parque. Es la imagen de un hombre famélico color rosa que trata de huir de una gorda verde menta —claramente una ajumma— y su temible vagina dentata. Las ajummas sin duda se reconocen en aquella escena.

Kim y sus amigas siguen orondas su camino. En su deambular se encuentran, por supuesto, a otras ajummas. Cerca a la cafetería descubren un largo banco para los visitantes cansados. Un par de ellas hacen uso del pene color pistacho que sirve para ese propósito. Sentadas, con helados en la mano que se derriten con pereza bajo el sol del final del verano, ven en el horizonte una colinita recubierta de hierba y coronada por un pezón rosa, unas piernas doradas de cuatro metros sirven de arco de entrada a una galería con más penes —en madera, en metal, en acrílico—, un dedo de un metro que se abre camino entre los labios de una vagina en busca del clítoris.

Reanudan su camino y llegan hasta una bicicleta estática con una rueda central recubierta por lenguas de plástico. La señora Kim se anima. Se sube al aparato, empieza a pedalear y la llanta a girar entre sus piernas. Le imprime velocidad. Se oyen los aplausos de sus compañeras y los sonidos de las cámaras fotográficas. Son ajummas, son dueñas del mundo.



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Al contrario del vecino Japón, donde abundan las subculturas, Corea del Sur solo tiene un grupo humano diferenciado, con sus propias reglas, su manera de vestir y hasta su manera de insultar. Las ajummas se automedican. Las ajummas bailan solas, entre ellas. Las ajummas se bañan en el mar con camiseta y cachucha. Si alguna se atraviesa en el bus o en el metro durante la hora pico, lo indicado es dejarla pasar o una cartera volará por encima. Muchas ajummas las tiran desde la puerta para salvar un asiento libre. Ser ajumma es una manera de estar en el mundo.

A pesar de que son el blanco predilecto de los comediantes en la televisión, pocos se meten de frente con una ajumma. No en vano sobre sus hombros descansa el poder de Corea. Levantaron a los hijos que hoy engrosan las filas de las fábricas, las empresas, los bancos, los astilleros y algunas todavía se ofrecen a hacer lo mismo con los hijos de sus hijos. Además, administran un negocio, el que sea, con tal de hacer unos pesos extra. ¿Cual es la probabilidad de que una joven coreana termine convertida en una ajumma? Las propias mujeres dicen que por lo menos es del 60 %. Quizá un 70 %.

Algunas arman viajes y se entregan al nomadismo. Hay agencias especializadas en viajes solo para ajummas. Un buen hijo coreano siempre tendrá dinero para pagar un ajumma-tour. Las llevan a las montañas, al mar, a los monasterios budistas. Las que no se han convertido al cristianismo tienen como destino predilecto el parque temático de Love Land en Jeju, una isla que siempre ha representado para los coreanos la posibilidad de escapar de ellos mismos. En Jeju son y no son.

Cuando estaban apenas arañando la modernización en los años setenta, después de una guerra que dejó al país humeante —lo mandó a la edad de piedra sin escalas—, la clase media coreana no tenía dinero para hacer turismo fuera del país. Solo estaba Jeju a la mano. Las parejas de recién casados pasaban su luna de miel en esta isla volcánica de clima subtropical, donde las palmas se mueven al ritmo del incansable viento que llega del desierto de Gobi y se consiguen mandarinas durante todo el año. Ir a la isla además significaba escoger un destino turístico-erótico-pedagógico. Por esos años, muchos matrimonios todavía eran arreglados por los padres, y la pareja de esposos se iba de luna de miel después de verse las caras a duras penas un día antes de la ceremonia.

En Korea, libro de Simon Winchester publicado a finales de los años ochenta, el autor cuenta que algunos hoteles de Jeju preparaban a las parejas para su primer encuentro sexual a través de espectáculos en vivo, shows de striptease con instrucciones o folletos. Educación sexual sobre la marcha.

A esa sensación de apertura en Jeju, lejos de la Seúl donde los policías iban con regla para medir el pelo de los hombres y el largo de la falda de las mujeres, hay que sumarle la fuerza huracanada de las ajummas de Jeju, especialmente corajudas, quizá por la misma historia trágica y rebelde de la isla, que en 1948 se opuso a la posesión de Syngman Rhee, el presidente escogido por los militares de Estados Unidos para gobernar a Corea, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial. En la protesta fueron acribilladas 30.000 personas. Incluso antes de aquella masacre, las haenyeo ya se habían levantado contra los japoneses, quienes se anexaron a Corea por casi 40 años.

Las haenyeo o mujeres del mar se han sumergido en las aguas heladas de la Jeju desde principios del siglo XVIII. Lo hacen sin ningún tipo de equipo. Buscan algas y mariscos que luego venden en los mercados. Son el tipo más agreste de ajumma. La mayoría son viudas de marineros jóvenes, muertos en naufragios, que han aprendido a hacerse a una vida sin necesidad de hombres.



Vea aquí la galería de Love Land, el Jaime Duque del sexo



La señora Kim y sus amigas van hasta las salas de exhibición del parque, donde la falocracia les da risa, a pesar de los penes descomunales regados por todas las esquinas. O por eso mismo. Bajo los senos de cristal y acero —cúpulas normales, si se tratara de otra clase de parque— estudian una colección de dildos de todos los tamaños, observan dioramas que escenifican costumbres sexuales de diferentes países, visitan la tienda de souvenirs, que en este caso es un completísimo sex shop donde pueden comprar desde un tajalápiz en forma de un gordo trasero por un dólar hasta sofisticados vibradores a 200 dólares. En el segundo piso, entre codazos fraternales, ven un corto sexual-educativo que rescata la fama de la isla durante los años setenta.

El sol se oculta, ya casi son las cinco de la tarde. La señora Kim y sus amigas, esas amazonas de oriente que se echaron el país al hombro en los años difíciles, llegan hasta el aviso de madera que anuncia la salida en forma de amigable pene. Abandonan Love Land después de un exhaustivo recorrido de hora y media. Son una declaración frontal de libertad, una célula feminista radical en un país condicionado por estrictas normas sociales heredadas del confucianismo. Aún hoy muchas universitarias se abstienen de fumar frente a sus profesores, por eso hay que celebrar que la señora Kim monte en su bicicleta estática y pedalee enloquecida.

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