El caddie es el voyerista en un campo de golf. Conoce el discreto encanto de la burguesía, sin tener que ir a esos aburridores cocteles que registran las páginas sociales y en los que clasifican los mismos lagartos de siempre.

Ese fue mi primer trabajo. Año, 1963. Edad, 12 años. Lugar, Country Club. Azcuénaga, Buraglía, Child, Samper, Combariza y Bickembach eran, entre otros, los apellidos que mandaban la parada. Tacaños como pocos, pedían rebaja hasta en un tinto. Para que la jornada valiera la pena, me tocaba madrugar a hacer fila a las tres de la mañana. Así, conseguía dos turnos que sumaban 36 hoyos, que bien contados eran 13 kilómetros de caminata. Eso me garantizaba 15 pesos de ingreso diario. Cargaba a mis espaldas una bolsa de cuero con 14 palos que entre maderas y hierros podrían pesar tanto como los expedientes de la Corte Suprema contra los congresistas. Las de ahora son una pichurria comparadas con aquellas talegas. Hoy los tacos son de titanio y las talegas se parecen al neceser del abogado Abelardo de la Espriella: llenas de cositas.

Pero lo disfrutaba. Aprendí que entre socios de los clubes hay discriminaciones. Allá, en el club, eso se llama handicap. Es decir, brutos e inteligentes. Los primeros, jugaban en una cancha llamada Pacos; y los segundos, en la denominada Fabios. Pero a veces se revolvían a jugar el paganini. Los que recibían ventaja casi siempre veían caer sus bolas en los lagos del campo que llevan el nombre de nuestro sufrido y bien atornillado ministro del interior. Y en esas heladas aguas, el caddie estaba obligado a encontrar, máximo en cinco minutos, la llamada Dunlop, marca de la pelota que hacía honor a su dueño.

El juego, sencillamente descrestador. Trasladar una bola por casi 400 metros y en cuatro golpes introducirla en un agujero de escasos 108 milímetros. ¡Una nota! Y cada impacto tiene su cuento. El primero, que se llama drive, es el que deberían practicar Robledo y Uribito, pues por su mirada política caen en el áspero pasto llamado rough y no en el centro, que es un césped bien peluqueado al que los golfistas describen como el fairway. De ahí viene mi obsesión contra los extremos, que tanto molesta a mi querido y venerable Carlos Gaviria. La siguiente jugada tiene que superar los bunker, trampas de arena parecidas a las que muchos contratistas les ponen a los gobernantes. Si usted les tiene miedo, haga un tiro corto y luego busque un acercamiento (approach). Si actúa a lo Villegas o a lo Tiger, va directo al llamado green, zona del campo cuyo césped está tan bien recortado que parece la cabeza de José Obdulio, rociada con glifosato. De no caer ahí, corre el riesgo de hacer el llamado bogey, lo que lo coloca en las encuestas como un virtual perdedor. De acertar, con un palito señoritero llamado putter, puede darles a los pájaros (eagle o birdie) y ganar el dinero que ni siquiera David Murcia Guzmán había soñado.

En ese trabajo pude ver que los ricos también lloran. Se conmovieron terriblemente con la muerte de John. F. Kennedy. El sábado 23 de noviembre de 1963, día siguiente a su asesinato, el club parecía expropiado por Peñalosa. Lúgubre y los pocos asistentes, en lugar de caminar, arrastraban las patas. Ahí me volví militante de los demócratas, no tanto por su ideario como por ese bizcochazo que se llamaba Jacqueline. Mi primer amor platónico. Lástima que no le gustaran los pobres.

Si Ricardo Pava asistiera con mayor frecuencia a un campo de golf, podría certificar que su cliente, el doctor Álvaro, no es el único que hace el ridículo con sacoleva. Las pintas que usaban los golfistas eran propias de una pasarela en Corabastos. Zapatos con puntillas como para saltar campos minados. Para los hombres, pantalones bombachos que parecían inflados con gases lacrimógenos. Y para las mujeres, faldas que bien podrían haber sido diseñadas por las monjas del colegio La Presentación. Lástima, no pude saber cuántas venas várices había que tratar y hasta dónde la celulitis afectaba la autoestima del estrato seis de la Bogotá de los sesenta.    

Corro el riesgo de recibir una de las reprimendas que en su columna suele hacerme mi admirado columnista, el proletario Antonio Caballero. Pero el Country fue mi primer albergue laboral. Con lo que ganaba en un fin de semana me alcanzaba para el transporte y las onces en el colegio Camilo Torres. A pesar de que no pagaban subsidio de transporte me gozaba el viaje de casi hora y media en bus desde el barrio 20 de Julio hasta la Autopista Norte. En esos verdes admiré a personas como el Profe Ansaldo, Juan Carlos Dapiaggi y un caddie de apellido Ávila. Siempre solidarios. Pero sobre todo me ayudaron a comprender un juego que, aunque no lo practico, no me lo pierdo, porque de él aprendo como fórmula de vida. Aprendo que el hecho de que Woods sea el primer negro en ganar en Augusta, equivale a que Juan Manuel Santos sea el campeón nacional de tejo. Que si Uribe lo jugara descubriría que además del oliva hay más verdes; el verde esperanza de la reconciliación. Que la reelección es a imagen y semejanza de un golpe en un campo cercano al mar, donde el cálculo depende de los vientos cuando estos no le son favorables.

No sé qué haya cambiado en estos 45 años en el Country Club. Intuyo que poco. Sus dueños mantienen una equivocación geográfica. Creen aún que el sur termina en la calle 72. Que los problemas de la ciudad son solamente sus problemas. Que sus compromisos se circunscriben a pagar impuestos y que la movilidad es un problema del alcalde, sin darse por aludidos con el trancón que produce el mantenerse en la política de inamovibles. Pero no por ello dejo de tener una grata recordación por esos bellos verdes. Ese fue mi primer jardín infantil.

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