Quiero saber qué ha estado haciendo Lucho Herrera desde que se retiró. Si, por ejemplo, monta bicicleta por ahí. Si se pasa los días contándoles a sus tres hijos qué se siente —qué se hace, qué se dice, qué se tiene en la cabeza— mientras se vive una sangrienta etapa de más de 300 kilómetros en el Tour de Francia. Quiero que me diga si de tanto en tanto, cuando no hay nadie mirando ni haciendo preguntas que sobran, cae en cuenta de que lo que él hizo en los años ochenta le sucedió a todo el país. Si desde que tomó la decisión de dejar el viacrucis del ciclismo, en diciembre de 1992, “porque uno no tiene vida cuando está compitiendo”, ha podido vivir sin revivir día por día sus victorias heroicas en el Alpe d’Huez, en Lagos de Covadonga, en Tres Cimas de Lavaredo.

Esa es la pregunta que le hago para empezar la conversación: si, después de haberles ganado a todos en las peores cimas del mundo, después de haberse convertido en la infancia de tantos y de haber puesto a la gente de Colombia a sentirse parte de algo parecido a un país, ha podido ser en paz un hombre de negocios. ¿De qué vive? ¿Qué tal la está pasando? ¿Cómo se le van los días? La respuesta va llegando palabra por palabra. Herrera, que ahora mismo está mirando hacia la carretera que va a Fusagasugá, a su casa de siempre, desde la terraza del restaurante en forma de medialuna que montó a finales del año pasado, va poniendo una frase escueta encima de otra frase escueta como si estuviera haciendo una lista de hechos.

Y al final del primer intento de respuesta queda claro que el escalador increíble que levantaba los brazos en las metas como encogiéndose de hombros, el hombre serio que la prensa llamaba ‘el Jardinerito de Fusagasugá’ con ese cariño que en cualquier momento iba a volverse desprecio, es mucho más tímido que esquivo, mucho más cauto que serio. Está más que claro, también, que poco a poco va a ir encontrando la manera de contarme cómo ha hecho para llegar a los 50.

¿Qué ha estado haciendo desde el retiro?
Me retiré del ciclismo hace exactamente 20 años. Pesaba 55 kilos: todavía era chiquito. Estaba a punto de cumplir 32 y quería salirme de las carreras, porque uno no tiene vida cuando está compitiendo. Desde esos últimos días, finales de 1992, he estado pendiente de todos los detalles de los negocios que tengo. La verdad es que no son tantos. Unos hoteles, unos restaurantes. Pero no puedo bajar la guardia porque en todo caso son de cuidado. Sí, es en eso, en fijarme que nada salga mal ni aquí ni allá, en traer acá lo que haga falta, en lo que se me va prácticamente todo el tiempo que no paso con mis hijos. De vez en cuando hago paseítos de una hora en bicicleta. Me gusta ir despacio. Ir viendo el paisaje. Ir encontrándome con amigos. Pero, como por estos lados no hay cómo salvarse, termino subiendo montañas igual que antes.

¿Se ha vuelto a ver con sus compañeros de esos tiempos? ¿ha vuelto a correr, así sea de paseo, con alguno?
De vez en cuando nos invitan a todos a algún evento especial. Hace dos años, cuando el Clásico RCN cumplió 50, pasé tiempo con muchos de ellos en lo que llamaron la Caravana del Ayer: la gente de la organización nos invitó a varios ciclistas de mi época a que llegáramos a la meta media hora antes como parte de las celebraciones. Pero en realidad nunca veo a nadie. No me he metido en líos con ninguno, pero, por ejemplo, ni siquiera tengo el número de teléfono de Fabio Parra. Sé que tenía una fábrica en Bogotá, pero no sé si todavía la tiene. Me imagino que debe ser como salir de la universidad: cuando todos nos retiramos, a principios de los noventa, cada uno agarró para su pueblo. Y ya. Muy de vez en cuando nos encontramos por ahí y nos ponemos al día en menos de cinco minutos, y toda esa vaina.

Se sabe, porque sus papás fueron tan famosos como sus victorias y solían decirle “mijo, somos tus hinchas”, que usted fue un muy buen hijo, un trabajador desde el principio. ¿Qué tal le ha ido con sus niños?
Tengo tres hijos. Hoy traje solo a dos, porque el otro está con la mamá de paseo. Pero con los tres me llevo muy bien. La niña, Valentina, tiene 16. El mono, Luis Alberto, tiene 13. Y el chiquito, Juan Felipe, tiene 12. Tengo que irme en un par de horas, no tengo sino hasta las doce para que hablemos, porque me toca llevar a mi hija a unas clases de repostería que está tomando con un chef de Fusagasugá. Ella siempre ha querido estar pendiente del restaurante. Es muy pilosa. Fue mesera aquí en las pasadas vacaciones. Y, aunque el otro año se va para Bogotá a estudiar Odontología, sabe que algún día va a tener que estar pendiente de los negocios, porque son de la familia. Yo ya estoy en otra etapa. Estoy a punto de que en los bancos me sirvan las filas especiales para viejos.

Tengo la impresión de que, aunque siga existiendo una afición, en Colombia el ciclismo pasó a ser otro deporte invisible después de haber sido de lo poco que teníamos en común. ¿A sus hijos les gusta?
Mire que no. A ninguno de los tres le interesa. Ni siquiera piensan en eso. Ni siquiera salen a montar en bicicleta. El interés por lo que hagan los corredores ha bajado muchísimo en Colombia, no tanto porque el fútbol sea más negocio, que lo es, sino sobre todo porque hoy en día todo es un complique: las carreteras se llenaron de carros, los patrocinadores se fueron a otros lugares y las concesiones no prestan las vías para hacer competencias. La Vuelta a Colombia sigue. Sigue una pequeña afición. Pero como la televisión dejó de interesarse en las carreras, y las transmisiones no solo no son tan importantes, sino que se han vuelto producciones carísimas, parece como si ya no existiera el deporte, como si nadie quisiera meterles plata a los ciclistas.

¿Por qué no hubo mafiosos en el ciclismo colombiano, ni siquiera en esos tiempos, los años ochenta, en que todo empezó a moverse por obra y gracia del narcotráfico?
Aquí, en el ciclismo, no hay estadios por llenar ni partidos para arreglar: no se le puede cobrar boleta a alguien que sale a ver una carrera en una carretera ni se puede cuadrar el ganador de una etapa de montaña. Los traquetos se asoman por ahí como a cualquier parte. Pero —menos mal— prefieren ayudar en el fútbol, porque ese sí es un buen negocio. Si acaso algún personaje de esos habrá patrocinado por ahí a algún muchacho bien angustiado, si acaso uno que otro corredor se habrá metido en problemas por las puras ganas de salir de problemas, pero, en general, los equipos de acá han sido respaldados por empresas bien puestas: pilas Varta, Café de Colombia, Postobón.

Parece como si el país siguiera dando buenos ciclistas, pero estuviera lejos de dar otro protagonista de las carreras del mundo.
Hubo buenos corredores después de que nosotros nos fuimos. Y siguen saliendo pelados que a veces dan la sorpresa, pero no salen del mismo nivel. Toca hacerles esa pregunta a los entrenadores: ¿por qué no se ven en el panorama ciclistas como los que hubo en los ochenta?, ¿por qué ya no se ve gente que suba a 40 kilómetros por hora?, ¿por qué los ganadores de ahora ganan las competencias por tan pocos segundos? Parece que tuvieran mejores bicicletas, pero que no tuvieran suficiente preparación. Hoy en día los entrenamientos son por reloj, por pulsaciones. Y todos trabajan de la misma manera. Uno, en cambio, se decía “hoy me voy a hacer 200 kilómetros, hoy me voy de La Dorada a Mariquita, demóreme lo que me demore”. Porque la idea era simplemente llegar. Y después, en la Vuelta a Colombia o en el Clásico RCN, uno podía sacarle al segundo cuatro o cinco minutos, porque los ciclistas no estábamos cortados por la misma tijera.

¿Por qué se le metió en la cabeza volverse ciclista?
Todo empezó porque mi hermano mayor, Rafael, que me lleva cinco años, decidió dedicarse a montar. Y entonces yo, que iba en cicla para hacer los trabajos de jardinería con los que ayudaba en la casa, me fui detrás de él igual que siempre. Un día, Rafael no pudo seguir corriendo por falta de patrocinio. Pero yo, que tengo un temperamento más suave, que mi mamá decía que a veces ni me oía, sí conseguí que me apoyaran para correr así fuera clásicas de un día. Mis papás me animaron a continuar, porque veían que me gustaba. Mi papá me daba consejos. Mi mamá me preparaba la comida. Y mi hermano mayor estaba pendiente de mí en las carreras como si estuviera corriendo él: me acompañaba en la moto, me esperaba en la meta con la maleta con mi ropita, me llevaba a los hoteles de 3000 o 4000 pesos que podíamos pagar por el camino. Los primeros años, claro, sufrí mucho. Todo el tiempo me quedaba sin apoyo. Pero unos años después, por allá por el 81, las cosas comenzaron a salirme bien de pura suerte.

¿Se acuerda del momento exacto en que todo cambió?
Sí. Yo había corrido varias clásicas para ese momento. Al final de una etapa desde Girardot hasta Bogotá, tal vez en una clásica de Cundinamarca, me atreví a pedirle ayuda al viejo Julio Arrastía Bricca. Yo estaba acostado en el separador de la carrera 30, mamado, mientras mi hermano iba por la maleta con mi ropa. Y Arrastía, un ciclista argentino que se volvió uno de los periodistas más importantes del país, pasó por ahí de pura suerte. Yo le dije: “Don Julio, yo quiero correr el Clásico RCN”. Y él solo me dijo: “Pibe, estás andando bien”. Y se fue a la casa sin imaginarse que esa misma noche iba a llamarlo el dueño de Pantalones Valyin, de Pereira, a pedirle que le recomendara un novato que no le cobrara mucho para meterlo a un equipo que estaba armando. El viejo Arrastía me recomendó. Y al otro día, como no tenía mi teléfono, me mandó la razón en directo desde su programa de radio: “Si Lucho Herrera me está escuchando, comuníquese al siguiente teléfono, porque ya le tengo equipo”.

¿Y usted estaba escuchando?
No. Pero un amigo mío sí. Y esa misma noche me fui en un bus de Expreso Bolivariano para Pereira. Unos días después, Pablo Hernández, el hombre que estaba armando el equipo, me dio el visto bueno: le impresionó mi pulso después de ponerme a subir hasta la Virgen Negra de La Línea en el pedazo de bicicleta marca Moreno que tenía yo en ese momento. Y entonces, ya con una cicla Vitus en mi poder, comenzó la década en la que las cosas me salieron bien. En el Clásico RCN del 81 se me abrieron las puertas porque gané precisamente la etapa de La Línea. Por recomendación del doctor Óscar Gómez Domínguez, de la Organización Ardila Lülle, que supo de mí gracias a esa etapa, el entrenador Raúl Mesa vino a buscarme a mi casa en Fusagasugá. Y la verdad es que desde ese día me tuvieron en cuenta. Iba a cumplir 21 años.

Y estaba a punto de ganarse todas las competencias colombianas.
Porque desde ese momento no me faltó nunca el patrocinio: de Freskola, de Lotería de Boyacá, de leche La Gran Vía, de pilas Varta, de Café de Colombia. Gané el Clásico RCN cuatro veces. Gané cuatro veces la Vuelta a Colombia. Comenzaron a llevarme a las carreras europeas en los equipos nacionales. Y empecé a encontrarme en esas competencias, aquí y allá. Aquí, en el Clásico RCN y allá, en el Tour de l’Avenir, con gente como Bernard Hinault, Laurent Fignon, Greg Lemond, Pascal Simon, Robert Millar, Pedro Delgado, Stephen Roche y Sean Kelly. Y así hasta que, cuando acababa de cumplir los 23 años, en 1984, hice parte del equipo colombiano amateur que corrió por primera vez el Tour de Francia.

De ese Tour, todo el mundo recuerda la etapa del lunes 16 de julio, que llegaba al Alpe d’Huez, porque fue la primera que ganó un colombiano. Y la primera que ganó un ciclista aficionado. Todo el mundo habla de ese momento en que usted levanta los brazos, porque acaba de ganar, como un momento importante de la vida.
Ese fue un Tour durísimo. Todavía había jornadas de más de 300 kilómetros. Recuerdo una etapa de doce horas que empezó a las siete de la mañana y terminó a las siete de la noche. Recuerdo que después no me podía sentar. Y recuerdo que en la etapa del Alpe d’Huez me quedé con otros compañeros desde la salida, porque no me estaban dando las piernas, pero después, llegando a Grenoble, alcanzamos al grupo de punta. Yo no me quería volver a quedar. Y ni siquiera agarré comida en la zona de alimentación para seguir adelante sin problema. Desde ese momento estuve en una fuga de unos diez corredores mientras sucedía la batalla entre Fignon e Hinault. Hinault atacó a Fignon en una bajada. Fignon lo alcanzó en la montaña. Y yo los dejé a los dos cuando faltaban 10 kilómetros para llegar a la cima del Alpe d’Huez.

Desde esa etapa estaba más que claro que Fignon era tan buen ciclista como mala persona.
Fignon era un buen corredor, pero era un tipo complicado. Antes de morir, hace dos o tres años, escribió un libro en el que nos acusó de habernos robado hasta las competencias que no ganamos, simplemente porque los colombianos no éramos de su agrado. A toda hora estaba buscando hacernos alguna maldad. No respetaba nada. Empujaba. Atacaba cuando estábamos haciendo nuestras necesidades o cuando entrábamos en las zonas de alimentación. Conmigo se metía menos, porque me respetaba, pero era bueno tenerlo a la vista por si trataba de hacer algún mal. Hinault, en cambio, era todo un señor que hacía las cosas como se debían.

Y quizá haya sido el último de esos grandes ciclistas que se lo ganaban todo pero que también tenían malos días. Perdían. No eran máquinas como Miguel Induraín o Lance Armstrong.
Armstrong e Induraín se preparaban todo el año solo para ganar el Tour. Armstrong no ganó nada más, si acaso un par de copas en el Dauphiné Liberé, porque no le interesaba nada más. Induraín ganó el Giro de Italia. Pero ninguno de los dos fue un corredor como esos de antes, que sí eran verdaderas máquinas, preparados para ganarse todas las clásicas del año. Ninguno de los dos fue Jacques Anquetil ni Eddy Merckx ni Bernard Hinault, porque ninguno de los dos se ganó la Milán-San Remo ni la París-Roubaix ni el Giro de Lombardía. Tenían un contrato por concepto de “ganar el Tour de Francia”. Y claro que lo cumplían porque eran buenos corredores. Pero la razón por la que Hinault no ganaba siempre era esa: que lo corría todo.

En el Tour de Francia de 1985 usted ganó dos etapas: la que llegó a Morzine-Avoriaz y la que llegó a Saint-Étienne. La de Saint-Étienne es famosa porque terminó con la cara ensangrentada.
Porque ese era un descenso brutal. Yo iba escapado faltando cuatro o cinco kilómetros para llegar a la meta. Y en una curva cerrada, tratando de evitar una mancha grande de brea de esas que se forman allá en el verano, terminé botándome al vacío porque pisé con la rueda la gravillita peligrosa de la orilla. Pero creo que me demoré más en caerme que en montarme otra vez en la cicla. Tenía la dirección torcida y no me había dado cuenta de que me había partido la cabeza. Cuando empezó a caer sangre por todas partes, por el manubrio, por las piernas, y empecé a sentir ese ardor por culpa del sudor que me mojaba la herida, solo pensé: “Mierda, me rompí la cabeza, pero si estoy pensando bien, si me acuerdo de cómo me llamo, es porque no voy a morirme”, y le di con más berraquera, y más ganas me dieron de seguir, porque sabía que detrás venían todas esas hienas.

En 1986 le fue bien en las carreras colombianas pero mal en las competencias europeas. ¿Era más duro correr aquí o allá?
Aquí es más duro. Aquí, por la altura y porque todo el mundo sube y sube a un ritmo fuerte, los mejores ciclistas de los ochenta terminaban perdiendo 40 minutos al final del Clásico RCN. Allá, el gran problema para mí siempre fue el clima. Me hacía daño la velocidad en el llano porque no es nada fácil seguirles el paso a esos gigantes de 75 kilos cuando uno solo pesa 55. Es bien duro estar a la rueda en una de esas etapas de 300 kilómetros: uno se va dando cuenta por las motos acompañantes de que lo están llevando a 70 kilómetros por hora en medio de los vientos de costado. Correr allá en invierno era lo peor, porque hacía un frío tan penetrante que, sumado a eso de andar cinco, seis, siete horas mojado, al final comenzaba uno a encalambrarse, a congelarse, a torcerse encima de la bicicleta. Y esos hijuemadres, en su tierra, hechos también para subir hartísimo y acostumbrados a dormir empelotos entre la nieve, y toda esa vaina, no paraban ni un solo segundo. A uno con ese tanquecito antes le alcanzaba.

Hace 25 años, sin embargo, le alcanzó para ser el ganador de la segunda carrera más importante del mundo: la Vuelta a España.
Yo no quería ir porque me había ido mal en la Vuelta del 85. Fabio Parra se negó a viajar, porque los dos nos acordábamos de que por allá hacía un frío el hijueputa. Pero a mí me tocó ir, a pesar de todo lo que me negué, porque me decían que era la figura del equipo, que por lo menos fuera a hacer kilómetros para prepararme para el Tour, que el responsable iba a ser Martín Ramírez. La vaina fue que, cuando comenzó la carrera, no quise quedarme en la parte de atrás del grupo mamando gallo. Y, apenas llegó la montaña, me di cuenta de que estaba mejor de lo que me esperaba. Fui descontando los minutos perdidos en el llano. Y el día de la llegada a Lagos de Covadonga, durísima, apreté y apreté hasta quedar adelante solo. Estuve de líder once días. Sean Kelly me quitó la camiseta amarilla en una de esas contrarrelojes heladas que tanto me hacían sufrir. Pero al día siguiente la recuperé.

¿Por qué nunca aceptó ninguna de las propuestas que le hicieron para correr en equipos europeos?
Porque siempre he vivido tranquilo por estos lados, por La Aguadita. Acá tenía a mis papás, a mis hermanos, a mis amigos. Pero acá también formaba parte de un buen equipo nacional que iba a todos los lados a pelear las carreras más importantes del mundo. Durante un tiempo tuve ofertas de todos los equipos. Todas muy similares. No quise ir, más que todo, porque estaba seguro de que si aceptaba me iba a tocar trabajarle a otro. Si aceptaba la propuesta de Bernard Hinault, por ejemplo, estaba claro que no era para que él me trabajara a mí en el Tour de Francia. Creo que por no irme, por ejemplo, pude ganar la Vuelta a España. Y por no irme pude ganar dos veces el Dauphiné Liberé.

A veces se olvida, porque se recuerda más el triunfo en la Vuelta a España, que usted ganó dos veces otra de las carreras más importantes del mundo: el Dauphiné Liberé.
Cuando gané el último, en 1991, comencé a pensar seriamente en el retiro. Ya estaba muy cansado de ir de allá para acá. Había competido desde los 15 años. Y 16 años en ciclismo son una eternidad. El último Dauphiné que gané, siete días durísimos, terminó un domingo a las cinco de la tarde. A las seis y media estaba, sin bañarme, en el aeropuerto de Chambéry. Un par de horas después estaba dándome un duchazo en el de París. Llegué a Bogotá a las siete de la mañana y de ahí salí para Medellín, porque en unas horas me tocaba competir en no sé qué carrera, en la que me fue muy mal, como era de esperarse. Me agotaba cargar con la responsabilidad del equipo. Me pesaba que la gente se nos viniera encima cada vez que perdíamos. Siempre que me iba mal, la prensa me exigía que ofreciera disculpas, porque dizque me estaban pagando mucho para hacer tan poco. Sí que me cansaba tener que dar respuestas donde no las había.

Siempre dio la impresión de que se sentía incómodo cuando hablaba con los periodistas.
Los periodistas de fútbol eran los que hablaban paja. El otro día, Esteban Jaramillo, que jodía todo el tiempo en esa época, que amargaba tanto a mis compañeros, me contó que no volvió a hablar mal del ciclismo desde el día en que trató de subir en bicicleta una montañita en Manizales. Es que el ciclismo no es lo mismo que el fútbol. En los 90 minutos del partido, usted puede volver caminando cada vez que pega una carrerita. En las siete horas de una etapa, usted no puede descansar ni un solo minuto porque se le puede acabar la carrera. Pero eso solo lo entendían los periodistas que lo acompañaban a uno en la carretera, mientras trataba de quitarse de la cabeza las ganas de mandarlo todo a la mierda.

Sus triunfos han dado para componer canciones, escribir comedias, hacer esculturas. Me acuerdo de haberlo visto, a pesar de su fama de serio, en un capítulo absurdo de Dejémonos de vainas. Estaba con el toro que le regalaron en el 85 por ser el mejor escalador del mundo.
La gente me sigue reconociendo después de 20 años de retiro. Agradezco que me recuerden tanto como agradezco que exista ese monumento. Que me recuerden después de 20 años es mi verdadero triunfo. Del capítulo de Dejémonos de vainas me acuerdo que me tocaba cargar en una bicicleta a la gorda Josefa. Y que salió el toro, Busquets, que en ese momento era más conocido que yo, porque al cachaco protagonista se le metía en la cabeza montarse encima. El pobre toro duró como seis años. Una vez se me cayó por un precipicio, y se salvó por poquito de lo gigante que era, porque le entraban arranques de salir corriendo. Pero se murió de una virosis un año después de que yo me retirara del ciclismo.

Sus triunfos también lo salvaron del secuestro que puso en suspenso al país el 4 de marzo de 2000.
Piensa uno en lo que pasa cuando agarran a un pobre al que no lo conoce nadie. Yo estaba por los lados de La Aguadita, en donde mis papás, como a las once de la mañana. De pronto se bajaron de un campero tres manes de la guerrilla. Querían plata. Por ese tiempo se mantenían en ese alto que se ve allá, donde está la nube, comandados por el Negro Antonio. El caso es que me tocó subir la cordillera, encañonado, a pata, vendado con dos camisetas y toda esa vaina, hasta llegar a la pieza oscura en la que me metieron. Uno de los secuestradores todo el tiempo me hacía preguntas sobre las carreras, del Alpe, de Los Lagos, de La Línea, como si estuviéramos para eso. Pero a mí eso me ponía más nervioso: eso le meten a uno mucho terror. Lo bueno fue que, por la presión de toda la gente, por todas las llamadas que recibieron, en la noche me dijeron que me podía ir. Yo no me bajé ahí mismo porque pensé: “¿Qué tal que por el camino haya un enfrentamiento con el ejército?”. Me puse a contarles cuentos de la Vuelta a España y me dije: “Duermo esta noche aquí y que sea lo que Dios quiera”.

¿Y pudo dormir?
Sí. Al otro día, temprano, llamé a mi hermano Rafael para que me llevara de nuevo a La Aguadita. Estuve secuestrado 24 horas.

Usted tiene fama de serio, de callado, de esquivo, pero por sus respuestas tengo la sensación de que es mentira. De que, en medio de todo, en realidad se la pasa mamando gallo.
El ciclista tiene que tener mucha disciplina. El corredor que no tenga una vida sana, que se la pase por ahí haciendo bromas, simplemente no puede correr al día siguiente. No hay manera de irse de rumba ni de andar por ahí con viejas ni de emborracharse la noche anterior a una etapa, porque al otro día se amanece apaleado, jodido. Los futbolistas, por ejemplo, tienen tiempo de recuperarse, de mamar gallo: pueden entrenar dos horitas el jueves después de un partido. Pero en la Vuelta a España que gané yo, por ejemplo, corrimos 23 días seguidos sin un solo día de descanso. No había manera de irse una tarde por ahí a tomarse una cervecita. Yo ahora vivo solo. Pero los fines de semana, mis hijos se dan cuenta de que sigo teniendo la misma disciplina de esos años. Me levanto a las cinco y media de la mañana. Me quedo dormido, así no quiera, a las nueve de la noche. Y todo el tiempo que estoy despierto, estoy pensando, como ahorita, que tengo que ir a trabajar. Quedé así para siempre.

Lucho Herrera no se ha vuelto otro hombre que vive de lo que vivió: no es un exministro de aquellos ni es un veterano de guerra que sueña con las batallas a las que sobrevivió ni un boxeador encorvado que revisa una y otra vez la misma pelea de hace 30 años. Herrera es un patrón —el patrón del bien— querido por sus amables empleados, un padre adorado por sus hijos, un hombre respetado tanto por todo lo que hizo como por todo lo que hace. Lucho Herrera vive hacia delante. Todo el tiempo se le está haciendo tarde para ir a trabajar. Podría decirse que el reloj sigue siendo su fantasma, pero habría que aclarar de inmediato que no se lo ha tragado la nostalgia.
He hecho lo posible hasta este punto para ser algo que no soy: un periodista, un escritor que sabe dar un paso atrás. No le he dicho a Lucho Herrera que el único autógrafo que tengo en la vida es un autógrafo de Lucho Herrera ni me he dejado llevar por la extrañeza de tener enfrente al mismo hombre que levanta los brazos con resignación —en el pequeño televisor, en la mañana del lunes 16 de julio de 1984, cuando estoy a punto de cumplir nueve años— en la imborrable llegada hasta el Alpe d’Huez. Permítanme entonces que cuente que le seguí insistiendo en que no es tan serio como quiere hacer creer, que en ese momento se quedó mirándome con el ceño fruncido de quien no le ve la gracia a lo que acaba de oír, y después se murió de la risa.

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